Novela

¿Dónde esperar el fin del mundo?

Poco a poco, Antonio Muñoz Molina va metiendo al lector en el interior de Bruno, un jubilado que intenta reproducir obsesivamente la vivienda de Nueva York…
domingo, 28 de julio de 2019 · 00:00

Carlos Decker Molina
Periodista boliviano radicado en Suecia

“El fin del mundo es un hecho frecuente. En cualquier parte puede estar sucediendo ahora mismo un apocalipsis. En las selvas tropicales de América millones de ranas amarillas han sucumbido en poco tiempo a un hongo letal que se difunde tan rápidamente como la viruela europea que arrasaba a las poblaciones indígenas en el siglo XVII”.

Esa una transcripción de la novela Los pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina. El autor tiene un acercamiento a Bolivia gracias a su amistad con el poeta Eduardo Mitre considerado por el español como uno de los mejores poetas, además de buen amigo.

Bruno, el narrador de la novela, se prepara para el fin de mundo y decide mudarse de Nueva York a Lisboa. Acondiciona un piso en una casa de apartamentos con similitudes con el que tenía en Nueva York, donde vivía con Cecilia; ella aún no ha llegado, pero, Bruno tiene la compañía de Luria una perra que lleva el nombre de una científica rusa. Cecilia es neurocientífica y es la autora del nombre del animal.

Poco a poco, Muñoz Molina, va metiendo al lector en el interior de Bruno, un jubilado que intenta reproducir obsesivamente la vivienda de Nueva York; hace esfuerzos por ubicar escritorios, camas y lámparas en los mismos lugares, lo que lleva al lector a visitar Nueva York, comparar y volver a Lisboa. 

En ese ir y venir entre las dos ciudades, Bruno nos va contando el “fin del mundo”. El atentado del 11/9 que obliga a Cecilia a vivir el departamento de Bruno; o su propio despido en la crisis de Wall Street en 2008. 

El sólo pensar en el fin del mundo produce miedo y angustia que se explican a través de las investigaciones de Cecilia en torno al miedo y la angustia y su incidencia en el cerebro.

“He leído que una de cada ocho especies de pájaros están en peligro de extinción en el mundo. 230 millones de aves marinas han desaparecido en el último medio siglo. He leído que en 30 años no quedarán albatros volando sobre los océanos”.

La lectura se convierte en vital para Bruno, es una forma de salir de la soledad. El escritor nos menciona, quizá, a sus favoritos como Faulkner, Chéjov, Virginia Woolf, Conrad o McCullers. No deja pasar la ocasión para plantear su preocupación por la llegada del ultraderechista Donald Trump a la Casa Blanca y los ultrismos religiosos.

Y… Cecilia no llega, en la larga espera acude a una fiesta del posmodernismo en la inauguración de un castillo medieval donde no sirven comida, la mayoría son figurantes dirigidos por el artesano que ayudó a Bruno en las instalaciones eléctricas, digitales y caseras del departamento de Lisboa. La escena descubre la nueva forma de trabajo. Pequeñas empresas que disfrazan a su personal de señores de alcurnia en inauguraciones de viejos palacios para ponerlos a punto de la venta, personal que también hace de plomeros, electricistas o cerrajeros.

La recurrencia a la lectura es brillante. A veces llega a través del diario del almirante Byrd en la Antártida, donde vivió en solitario una temporada:

“Me gusta pasear la mirada por los lomos de los libros en la biblioteca. Es una manera de recapitular todo lo que hay en ellos, todo lo que ya he leído y lo que me falta por leer, y lo que leeré de nuevo según me vaya apeteciendo, en esta isla confortable a la que nos hemos retirado”.

 En La isla misteriosa, los náufragos, que llevan ya varios años en ella, descubren una mañana en la playa un cofre arrastrado por la marea en el que encuentran una biblioteca sucinta de obras maestras. El almirante Byrd llevó consigo a su cabaña en la Antártida una caja de libros, un gramófono y una colección de discos. Oía rugir sobre su cabeza una tormenta de nieve en la noche perpetua y leía a la luz de una lámpara de petróleo.

La mayoría de las obras de Antonio Muñoz Molina tienen la envergadura de frescos históricos, son novelas abarcadoras que se mueven no solo en España, sino por todo el mundo, como Sefarad, El jinete polaco y El invierno en Lisboa, pero Los pasos en la escalera, a pesar de tocar las pautas del fin del mundo que nos afectaría a todos, es una obra intimista. El lector se entera del nombre del narrador muy lejos de la primera página y para el caso, ni falta que hacía. 

Hay quienes califican la novela como suspense psicológico, quizá. Muñoz Molina se ampara en la ficción para hacernos saber sus reflexiones sobre la actualidad, ecología, política, la intolerancia. La neurosis de su personaje es tan parecida a la que, de vez en cuando, nos ataca a todos.

Es una novela muy bien escrita, tono pesimista, incluso amargo, parábola de la soledad.

No crean que es un libro difícil, al contrario, la novela de Antonio Muñoz Molina es un tratamiento realista de la vida. La mayoría de sus obras parten de lo real y se vuelve ficción gracias a su maestría narrativa.

Antonio Muñoz Molina estuvo en Estocolmo, cuando se despidió me recordó que había dejado definitivamente Nueva York, “mi nueva dirección está en Lisboa”, me dijo.

Cuando terminé de leer la novela recordé la advertencia del amigo y Cecilia, el personaje de la novela adquirió el rostro de Elvira Lindo y Bruno se convirtió en Antonio.

 

 

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