Historia

1519: inicio de una cultura denigrante

España impuso en los pueblos que invadía una cultura denigrante, basada en la desigualdad y el atropello, particularmente contra la mujer.
domingo, 07 de julio de 2019 · 00:00

Óscar Rivera Rodas Escritor

En 1519 empezó la invasión española con el miliciano Hernán Cortés (1485-1547) a México. También inició la “leyenda negra” de la monarquía católica, asesorada por sus clérigos Vitoria y Sepúlveda, que denigró a los pueblos de América tachándolos de bárbaros. Su intención real era convertirlos en esclavos, muy especialmente a la mujer. 

 Toda cultura incluye costumbres y moral. Costumbre, en griego, es ethos –origen de ética: moral–. La moral debe ser racional, pero hay otra irracional: la moral religiosa, variada según sus fábulas y dogmas. Las culturas como hábitos de vida, unas son ecuánimes y justas; otras, injustas y perversas, particularmente respecto a la mujer.

 La obra de la historiadora mexicana Josefina Muriel (1918-2008) es excepcional al respecto. Investigó tanto la cultura del México antiguo como la del coloniaje español. Se enfocó sobre la vida de la mujer. Algunos de sus libros son Conventos de monjas en la Nueva España (1946), Hospitales de la Nueva España (1956), Recogimientos de mujeres (1974), y Cultura femenina novohispana (1982). 

 Descubrió unos manuscritos del siglo XVIII redactados por mujeres indígenas sobre mujeres caciques, reunidas en el convento de Corpus Christi. Esos manuscritos en versión paleográfica de la investigadora fueron publicados en 1963: Las indias caciques de Corpus Christi. Precedido por un estudio, el libro muestra claramente la cultura ancestral mesoamericana, y la otra, foránea, impuesta los cristianos españoles en el siglo XVI.

 El capítulo II, Las indias nobles, inicia con un relato sobre el nacimiento de las niñas en los hogares honorables aztecas. Sucedía “de tal modo singular, que no había en ello nada que pudiera confundirlo con cualquiera otro nacimiento en el mundo”, anota la historiadora. 

Transcribe las palabras rituales de la partera tras el alumbramiento: “Seáis muy bienvenida hija mía, gozamos con vuestra llegada, muy amada doncella, piedra preciosa, plumaje rico, cosa muy estimada, habéis llegado, descansad y reposad, porque aquí están vuestros abuelos y abuelas que os estaban esperando”. La ceremonia y celebración se prolongaba y culminaba con el baño de la criatura y la asignación de su nombre. Continuaba con la educación de la niña hasta su juventud.

 El capítulo III, Las indias caciques, enfoca a la mujer azteca tras la invasión cristiano-española. Asolamiento y ruina material y espiritual, pues en su fanatismo e intolerancia los invasores destruían pensamientos y costumbres nobles de las comunidades. 

Muriel escribe: “A la destrucción propia de la conquista siguió la etapa de la colonización... Esto que en apariencia es algo meramente positivo, implica también una etapa destructiva, que fue la que llevó aparejada el sustituir unas cosas por otras”.

 Agrega: “si a esto añadimos los abusos y atropellos de los prepotentes, tendremos una visión realista de lo que ocurría en los albores de la Colonia con las mujeres indígenas, pues si para los hombres el choque fue duro, para las mujeres... debe haber sido desquiciante, pues quedaron totalmente indefensas”, enfrentadas a un mundo de “humillación, ultraje, abuso y esclavitud”.

 Los testimonios que recogió no son distintos de los escritos en otros pueblos de la región. 

Muriel continúa: “Centenares de indias sintieron el dolor, olieron su carne que se quemaba mientras sus juveniles rostros se deformaban al ser marcadas con el hierro candente que las sometía a la esclavitud. Luego sintieron la amargura de la deshonra cuando los conquistadores, conculcando sus propios principios morales, se llevaban a las mujeres casadas, haciendo caso omiso de los maridos, y ultrajaban a las doncellitas...”. 

Pregunta Muriel dónde quedaron aquellas celebraciones ante el nacimiento de las niñas en la cultura azteca. 

 El registro de estos crímenes fue narrado con alarde por los cronistas españoles. Así, Bernal Díaz del Castillo (1492-1581) y su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (1632). El capítulo 135 titula: Cómo se recogieron todas las mujeres y esclavos de todo nuestro real,... para que se herrasen con el hierro en nombre de su majestad, y lo que sobre ello pasó. En esta primera etapa de la esclavitud que imponían, los españoles quemaban y marcaban las mejillas de los americanos con hierro candente. 

 Los computaban como “piezas”: una quinta parte para el rey, y otra quinta, en este caso, para Cortés. 

El cronista relata: “acordó Cortés con los oficiales del Rey, que se herrasen las piezas y esclavos que se habían habido, para sacar su quinto, después que se hubiese primero sacado el de su majestad, y para ello mandó dar pregones” para que “todos los soldados llevásemos a una casa que estaba señalada para aquel efeto a herrar todas las piezas que tuviesen recojidas”.

Y reitera: “todos ocurrimos con todas las indias, muchachas y muchachos que habíamos habido; que de hombres de edad no nos curábamos de ellos, que eran malos de guardar, y no habíamos menester su servicio”. Los hombres de edad mayor eran inservibles.

 La distribución de las esclavas y esclavos herrados entre los milicianos, después de separar las quintas partes para el rey y su soldado principal, ocurría al día siguiente; pero frecuentemente causaba descontento. 

Díaz del Castillo, de 27 años, denuncia que Cortés, de 34 años, la noche anterior había seleccionado a las esclavas jóvenes, dejando para los demás las mujeres mayores. 

El cronista escribe: “Pues ya juntas todas las piezas, y hecho el hierro, que era una G como esta, que quería decir guerra”, nos percatamos, que Cortés, “la noche antes, cuando metimos las piezas, como he dicho en aquella casa, habían ya escondido y tomado las mejores indias”, porque no apareció allí “ninguna buena, y al tiempo del repartir dábannos las viejas y ruines; y sobre esto hubo muy grandes murmuraciones contra Cortés y de los que mandaban hurtar y esconder las buenas indias”. Tal, la queja de cronista. 

La joven náhuatl Malinche tenía 19 años cuando fue esclavizada por Cortés.

 Esos delitos eran comunes en nuestra región. En la zona andina, el escritor indígena Felipe Guamán Poma de Ayala (1535–1615) acusó con denuedo en su obra El primer nueva crónica y buen gobierno (1615) los crímenes de la cultura española. 

El pasado moral perdido de “entonces” era anhelado desde el “ahora” presente carente de moral y justicia. 

En el pasado, los indígenas “comían y bebían y se holgaban sin tentación de los demonios, ni se mataban ni se emborrachaban como en este tiempo de español cristiano. Son todos borrachos y matadores, cambalacheros y no hay justicia”, (folio 67). El respeto a las mujeres en la cultura pasada desaparecía en el presente cristiano-europeo cuando las mujeres eran violadas y “desvirgadas” por milicianos y clérigos. 

Guamán Poma escribe que en el pasado las mujeres “se casaban doncellas de treinta años y cuarenta o cincuenta y algunas que no se casaban murieron doncellas. Ahora primero los sacerdotes las desvirgan con color (el pretexto) de la doctrina” (f. 67). 

 El cronista no idealiza a sus antepasados; reconoce que formaron sociedades sencillas, pero con moral y orden. Escribe: “con su poco saber, sin letra ninguna” lograron mantener justicia y norma porque “había grandes castigos de ladrones y salteadores y matadores, adulterios y forzadores de pena de muerte y de mentirosos y perezosos” (f. 67). 

Agrega: “los españoles se derramaron por todas las partes de la tierra de este reino... buscando cada uno sus ventajas... haciendo muy grandes males y daños a los indios, pidiéndoles oro y plata, quitándoles sus vestidos y comida, y los cuales se espantaron por ver gente nueva nunca vista”. 

Denunció claramente: “después de haber conquistado y de haber robado comenzaron a quitar las mujeres y doncellas, y desvirgar por fuerza, y no queriendo (ellas) le mataban como a perros y castigaban sin temor de Dios ni de la justicia ni había justicia”, (f. 395, 397).

 Los incas conservaron una institución honorable: las Vírgenes del Sol. El respeto a la mujer desapareció con el “imperio” colonialista cristiano. Así también llegaron a América con las culturas europeas los feminicidios. Quedaron como testimonios en crónicas y en relatos literarios, como las novelas Wuata Wuara (1904) y Raza de bronce (1919), de Alcides Arguedas (1879-1946).

 El historiador español Salvador de Madariaga y Rojo (1886-1978), en pleno siglo XX, pretendió justificar tales crímenes. En su libro El auge del imperio español en América (1955) escribió: “los españoles no sintieron nunca repugnancia a unirse con las mujeres indias y puesto que, además, durante los primeros años de la conquista y exploración, pasaron a las Indias muy pocas mujeres, pronto comenzó a producirse en el Nuevo Mundo una población mestiza” (1955: 47).

 Madariaga se jacta de los españoles estupradores que “nunca sintieron repugnancia”. Fue incapaz de pensar que las mujeres americanas, pulcras y decentes, sólo sintieron asco, repulsión, abominación, dolor y humillación por los crímenes sexuales que sufrieron de milicianos y clérigos. Quedaron embarazadas y abandonadas. Nacieron generaciones de “mestizos” que nunca conocieron a los violadores de sus madres. 

Estas asumieron con dignidad su responsabilidad. Así, la única figura paterna que tuvo Juana Inés de Asbaje fue su abuelo; y si no se casó, seguramente fue por la experiencia de su madre; eligió el estudio y el conocimiento, superiores a los dogmas cristianos. También, el Inca Garcilaso de la Vega que conoció a su padre cuando, después de varios años, retornó casado con “esposa española legítima”. 

 El escritor colombiano Germán Arciniegas (1900-1999), en su libro Este pueblo de América (1945) señala que en las “encomiendas” y fincas, origen de la esclavitud, los hijos de los violadores eran llamados “hijos del patrón”, que no llegaban al nivel de peones, pero tampoco al de los “retoños del hogar legítimo” que quedaban en España.

 En 1519 España impuso en los pueblos que invadía una cultura denigrante, basada en la desigualdad y el atropello, particularmente contra la mujer.

 

 

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