El caníbal inconsecuente

Apuntes sobre un antiguo remedio de botica

En este artículo, la autora se centra en algunos productos de la farmacia decimonónica y su relación con la prensa escrita.
domingo, 07 de julio de 2019 · 00:00

Kurmi Soto  Literata e investigadora

La industria farmacéutica, tal como la conocemos hoy en día, tiene sus raíces en las primeras décadas del siglo XIX, período durante el cual asentó sus bases para, luego, expandirse por todos los rincones del mundo. Resulta significativo que este movimiento haya sido inaugurado por la Revolución francesa, que, muy rápidamente (el año IX), instituiría escuelas de farmacia, al mismo tiempo que se transformaban los espacios y los utensilios destinados al ejercicio de esta ciencia. Tras pocas décadas, el apotecario se convertía en un motivo literario y era inmortalizado por el célebre Monsieur Homais (1856), uno de los muchos personajes infaustos de Flaubert, quien, junto a Bouvard y Péchuchet, forman una curiosa manada de falsos sabios imbuidos de positivismo. 

 Tal vez la historia de los grandes laboratorios farmacéuticos franceses sea una de las más apasionantes, ya que revela prácticas propias de la época que se fueron expandiendo junto a la literatura, pero sobre todo junto a la prensa escrita. Esta relación se muestra aún más fuerte si es que pensamos en el imaginario que nos ha legado. 

En este sentido, la supervivencia del Almanaque Pintoresco de Bristol y sus anuncios para el agua florida de Murray & Lanman es un excelente ejemplo de ello. Al lado de esta colonia, se comercializaron pociones para hacer crecer el cabello o jabones de tocador, cuyo atractivo era reforzado por esmeradas ilustraciones y magníficas tipografías. 

 Los diarios bolivianos, como era de esperar, no son ninguna excepción y sus páginas están plagadas de este tipo de publicidades. Entre las hojas de los periódicos decimonónicos circularon toda clase de avisos, sin embargo uno llamó poderosamente mi atención. 

A finales de la década de 1870, la ciudad de La Paz contaba con dos grandes publicaciones periódicas: El Titicaca y La Reforma, ambas muy cercanas a los intelectuales más influyentes del momento, como Agustín Aspiazu, Nicolás Acosta o Emeterio Villamil de Rada, cuya Lengua de Adán se editó en forma de folleto el año 1877. Justamente, por estas mismas fechas, aparecía en estos medios un pequeño recuadro que anunciaba la llegada del producto estrella de los señores Grimault: unos cigarrillos indios que prometían sanar toda clase de males. 

Observemos por un momento una de las variantes de este rótulo: “Basta con respirar el humo de los cigarrillos indios, al cannabis índica, para hacer desaparecer por completo los más violentos ataques de asma, la opresión, la sofocación, la tos nerviosa, la ronquera, la extinción de voz, las neuralgias faciales, el insomnio y para combatir la tisis laríngea”.

 En efecto, tal como se puede apreciar en este pequeño documento, durante las últimas décadas del siglo XIX, el cannabis índica fue comercializado de forma legal en nuestro país, así como en varios otros, y disponemos de rastros similares de su uso en diarios peruanos o chilenos, pero también españoles, italianos, franceses (por supuesto) e incluso chinos. 

Estos cigarrillos, que llevaban la firma de Grimault y Co., impresa en cada uno de ellos, siempre vinieron con etiquetas que explicaban sus beneficios en la salud, fundándose en investigaciones recientes. Es así que, por ejemplo, en una publicidad fechada en 1875 y difundida en La Patria de Lima, se sostenía que “apenas se han aspirado algunas bocanadas, se nota ya mayor facilidad en la respiración, menos ahogos, en una palabra UN ALIVIO TAN COMPLETO como rápido” (con mayúsculas en el original). 

 Uno podría dudar de la efectividad de dicho medicamento, pero lo cierto es que los laboratorios Grimault fueron pioneros en el uso de productos de distintos orígenes y se dedicaron con ahínco a importarlos hasta los países más alejados. Instalados en el número 8 de la prestigiosa rue Vivienne, desde sus oficinas parisinas desarrollaron cápsulas de sándalo (muy populares en la época), vino hecho a base de coca, derivados de guaraná e incluso explotaron el matico, una planta que, aunque propia de nuestra región, incluso hoy en día no es de uso común. 

Junto a esta amplia y exótica farmacopea, también comercializaron almanaques, en el mismo espíritu que los Bristol, que se siguieron imprimiendo hasta bien entrado el siglo XX y que, en la actualidad, constituyen joyas de colección. 

Sin embargo, su éxito fue, evidentemente, mermando y, para principios de 1900, la intelectualidad biempensante de Latinoamérica se mostraba cada vez más escéptica con el uso medicinal del cannabis. El caso de México es muy ilustrativo, puesto que en plena revolución (1910-1917) las autoridades se empeñaron en erradicar su consumo y, en 1908, anunciaban el desmantelamiento de una fábrica de “cigarrillos higiénicos” que proveía a gran parte del Distrito Federal. 

En una investigación sobre prensa, criminalidad y drogas, Ricardo Pérez Montfort rastrea algunos retazos de esta polémica y menciona distintas percepciones al respecto, desde un elocuente discurso revolucionario en honor a la “yerbita libertaria”, hasta una muy graciosa carta de 1914 dirigida al “presidente constitucional”, en la cual el remitente denuncia a un tal Miguel Salas en estos términos: “…en lugar de conocer sus obligaciones, anda deshonrando al nuevo gobierno, diciendo en la prisión que usted es un desgraciado, que es un mariguano”. 

Pues, como ya vemos en esta última cita, el ser consumidor llevaba consigo un fuerte estigma que, más de 100 años después, todavía no ha podido ser borrado.

 

 

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