Creación

Libertad en el arte

A veces los gobiernos persiguen cobrar impuestos de prácticamente todo y controlar íntegramente al individuo. Es la pesadilla de la cual debemos despertar.
domingo, 07 de julio de 2019 · 00:00

Gonzalo Lema Escritor

Sucede a veces que los gobiernos desean copar todo el poder y hasta los numerosos oficios que se despliegan en la sociedad. Es una ambición de veras extraña. Un afán propio de dioses. Dominio total, observancia de lo absoluto, regencia resuelta a mutilar el libre albedrío. A esa triste fatalidad se llega vía capitalismo salvaje dispuesto a cobrar impuestos al ciudadano hasta por el aire que respira o vía ideas estalinistas que desean gobernar el fuero interno de las personas. Es decir: sus sentimientos, sus pensamientos íntimos, y hasta domeñar el fuego alto que llamamos arte. Creo que a veces también sucede que los gobiernos persiguen ambos fines: cobrar impuestos de prácticamente todo y controlar íntegramente al individuo. Es la pesadilla de la cual debemos despertar.

 Cuando el arte se descuida alberga ideólogos, no artistas. Es notable la diferencia entre ambos, sin embargo. Los primeros producen   arte. Quiero significar: sueños/interpelación, riqueza espiritual/trascendencia, grandeza y proyección del ser humano, amén de testimoniar su tiempo.

 Los segundos producen elocuentes manifiestos, forman asociaciones, se reúnen sin tregua ni descanso, acusan, gritan y manotean. Pocas ideas, generalmente, pero sí mucho pulmón. 

La diferencia está en todo: el artista ve personas mientras el ideólogo observa masas; el artista no predica, tampoco busca convencer ni adoctrinar; el ideólogo se encarama en balcones, plazas y auditorios para todo lo contrario. Unos siempre buscan la libertad, desde la chispa hasta la absoluta y los otros el poder, desde la uña mugre del meñique hasta el total. 

Cuando los gobiernos tienen buena fe y aspiran a que el pueblo viva bello y en libertad plena, cuando desean fomentar la libre creación artística como literaria, buscan al artista, no a quienes hablan en nombre de ellos. 

Cuando los gobiernos desean la grandeza espiritual de la gente, subvencionan estas actividades de acuerdo al alcance del bolsillo fiscal, pero jamás humillan al artista carnetizándolo, registrándolo en listas, clasificándolo, y menos con policiales instancias para evaluar su obra y vomitar su visto bueno. Repito: se limitan a subvencionar las actividades del arte en beneficio del artista y del público, nada más. 

El Estado, como también los sucesivos gobiernos, ni siquiera deberían opinar al respecto, sino mantener inteligente distancia. Es bueno decirlo ahora: el buen arte nunca es oficialista. Tampoco cívico. Ni patriotero. El arte es siempre algo diferente. El artista lo sabe bien, también quienes se le acercan. El buen político lo sabe y, sabio, se alza de hombros.

 Por todo el mundo, en diferentes épocas, se ha perseguido con ahínco tenaz engrillar al artista a una ideología. Los soviéticos sirven de ejemplo,  también aquellos chinos. Pero diversos gobiernos buscan modos de sujetar al artista con una garra en el cuello. Los llevan de gira, adornan sus fiestas y los promocionan. Es un triste espectáculo. Tanto los que profesan ideas de este extremo o aquél otro hacen lo mismo. 

Hay artistas que se prestan, seguro es que para sortear la falta de talento. Lo han hecho y es cuestión de aplicar memoria para explicarnos éxitos repentinos. Lo siguen haciendo, claro. Y esta conducta formula un espejismo: el arte “florece”, la sociedad florece. 

Me parece que ese convencimiento no dura ni un pestañeo. No hay nada mejor en la vida que la veracidad, aún sabiendo que esta se construye sin cesar. Esa verdad en construcción permanente indica que el artista es libre por designio vertical de la madre naturaleza, no es domesticable ni pedigüeño y no le gusta el poder político, venga de izquierda o derecha. 

Le  gusta sí la democracia para que la gente goce en pensar, sentir y expresarse en plenísima libertad. Le gusta para crear su obra sin pedir permiso a nadie. Para que el gobierno costee su pasaje y equipaje sin juramentarlo ni pedirle explicación. Le gusta aún tratándose de una democracia pobre de recursos materiales.

 La enfermedad del “absolutismo” se cura con respeto. Los gobiernos saben que por aquí, y por allá, en nuestros confines, la gente vive gracias a su inventiva porque hasta ahora no ha llegado la organización del Estado. Y resulta que vive bien. 

Lo mismo sucede en el seno de la sociedad. Vemos a la multitud con brillos de sol que nos enceguecen. Chispas, digo. Fuegos de artificio. Resortes de libertad. Bichos hermosos que adornan con su ser nuestro panorama social. Indocumentados. Desempleados. Con las manos en los bolsillos, la sonrisa de oreja a oreja: Artistas. Ningún gobierno tiene el derecho de agredirlos bajo pretexto de ayudarlos.

 

 

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