Letras

Arqueología de la verdad: Hayley de Adrián Nieve

Esta es una novela donde es la comunicación la que está primero. Desmenuzar las mentiras una a una para llevar a un diálogo más allá de la muerte.
domingo, 11 de agosto de 2019 · 00:00

Laura Ballesteros Escritora

Dicen las malas lenguas que la mentira tiene patas cortas. No llegan a su cometido, y si llegan, se cansan y se dejan agarrar. Las mentiras no pueden ir mucho más adelante, se caen, se aburren, se tropiezan con sus propios talones. Por esto mismo, para mentir hay que tener mucho talento. Hay que dominar las artes performáticas y de la narrativa. Hayley era una muy buena mentirosa, una chica que aprendió a ejercer el arte de mentir y que terminó sometiéndose al mismo. Fue una víctima de sus propias herramientas y ahora tiene que aprender a decir la verdad, y sólo cuando pueda obtener este nuevo conocimiento aprenderá a morir. 

Hayley (2018), de Adrián Nieve, es una novela sobre el aprendizaje de la muerte, aprendizaje sobre una misma, pero también el aprendizaje en la confesión. Revelar las mentiras primero, las omisiones también, para poder recién comenzar a desenterrar la verdad mientras se cava su propia tumba. La protagonista, Hayley, realiza una serie de confesionarios para su gran amor –nunca concretado-nunca realizado-nunca entendido– en un formato de video, donde trata de reflexionar sobre sus propias actitudes, su historia (auge y caída de la Abeja Reina del colegio), y lo más importante, la germinación de la depresión. 

Es con esto en que podemos entender mejor sobre este cuadro clínico que tan ajeno nos es. Con el viaje de Hayley, es cuando por fin entendemos la revelación de la verdad, y así entendemos. No se trata de estar triste. No se trata de la desgracia que pueda o no haber en la historia de una vida. Se trata de la falta de control, sobre la vida, sobre los mismos sentimientos. 

Ella no podía decidir no sentirse como se sentía, y entendió que la falta de control sobre su propia existencia era ya insoportable. Ceder el control a su propio cuerpo tampoco fue de ayuda, la ayuda que pidió  no fue de ayuda. Pero lo que sí supo controlar fue la búsqueda de la verdad. 

Y es en este punto que nacen los creepyfacts, por lo que la pesquisa sobre su propia verdad puede ser terrorífica, y tal vez esta sea una buena manera de definir el miedo y el terror, viéndose a sí misma. Conocerse y comprenderse sabiendo que morirá pronto es lo más espeluznante que puede hacer Hayley, pero al mismo tiempo es aliviador. Ya está. Fue. Ya entendió todo. Es un buen momento para morir. Hoy sí. 

Pero la revelación de la verdad no  es sólo para Hayley. Es para Alejandro, y no se trata de entender la muerte de Hayley, ni el porqué de la decisión de morir, es para entender su vida. Es comprenderla a ella mientras respire. Esta novela se trata de ella y de él, pese a que lleve como título el nombre de Hayley, la historia también se trata de la falta de control de Alejandro ante la muerte decidida. Cómo esa vida transformó la suya.

 La muerte, ya es otro tema, que es más difícil de excavar, y es más complicado de explorar. Pero no mucho más. 

Conocer a Hayley a través de las confesiones es también llegar a comprender el modus operandi que llevó a cabo a lo largo de su vida. Y no sólo ella, ya que esta novela se trata de comprender el suicidio como una consecuencia de una serie de eventos poco desafortunados y la falta de entendimiento dentro de la vida. Tal vez en el creepyfact se nos revela que al final, no hay nada que entender. Sólo habrá que seguir atentos para ver qué surge y si lo podremos manejar. 

La prosa es el lenguaje hablado de una adolescente que cree que podrá explicarlo todo acerca de su persona. Pero, pese a que ella es tan clara y transparente acerca de sí misma, lo que aún no sabe es que también ella debe verse a sí misma a través de las relaciones que mantiene: Franzy, Johnathan y el mismo Alejandro. 

Por un lado, es su lenguaje. Por el otro es el lenguaje de los impulsos inútiles de Alejandro que se absorbe del discurso de una imagen muerta al otro lado de la pantalla. Se trata de un lenguaje de reacciones, casi teatral o de didascalias, que se presenta como una interrupción involuntaria al monólogo de Hayley, porque es el dolor de Alejandro manifestándose, es el lenguaje de la impotencia. 

Y esta misma impotencia es la que define tanto la vida de Hayley como la unión que estos dos personajes mantienen. Porque la muerte sólo termina con una vida, no con una relación. 

Hayley fue una muchacha que terminó su vida a corta edad, y  la manera en que narra los acontecimientos y relaciones de su vida nos evoca a todos nosotros todas las malas pasadas, los errores y las metidas de pata que llegamos a hacer a esa edad. Nos recuerda qué fue la búsqueda de encajar en algún lugar. Me recuerda a mí qué fue lo que se sintió moverse en diferentes colegios, vivir en nuevas ciudades y empezar de cero cada cierto tiempo cuando era una adolescente idiota.

 Y Hayley lo sabe, sabe qué es crear nuevas relaciones, que con las tensiones y conflictos pequeños se vienen abajo. En la adolescencia hay un “me dijo-no-me-dijo” que puede destruirlo todo, existe el mundo del chisme y del estatus que dirigen muchas redes y que pueden dirigir la vida de una persona. 

Por eso ella miente y las redes de amistad se convierten en redes de caza de una misma. Me acordé. Me acordé de ese mundillo en el que entenderse sin tratar de lastimarse es una lucha constante. 

Por esto mismo esta es una novela en la que  es la comunicación la que está primero. Desmenuzar las mentiras una a una para llevar a un diálogo más allá de la muerte. En Hayley no hay explicaciones, ni un porqué. En Hayley las mentiras se revelan para poder desenterrar a una persona de una tumba creada por el descontrol. La tumba real, la tangible, es aquella que posteriormente podrá llevarnos a crear una arqueología de la verdad, donde se podrá descubrir lo real mucho después de la muerte.

 

 

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