Óscar de la Borbolla, cómo escribir un cuento

El escritor mexicano habla de sus novelas y de cómo se le ocurrió que la mejor forma era manejar sus conceptos filosóficos en textos literarios.
domingo, 11 de agosto de 2019 · 00:00

Pablo Pérez Ayala Filósofo

Gracias a la gestión de la Embajada de México en Bolivia y el Club de Lectura La Paz, el escritor mexicano Óscar de la Borbolla dio una conferencia sobre “Cómo escribir un cuento” en la Feria Internacional del Libro de La Paz.

Usted sostiene que esencialmente es un filósofo, ¿cómo entiende su vocación filosófica y cuándo la descubrió? 

Desde niño creo que me quedé obligado a ser filósofo. A mi madre le dio embolia a mis cinco años, se quedó hemipléjica y tuve que hacerme cargo de ella. Tenía que vestirla, bañarla, darle de comer y leerle. Le leía a un autor mexicano, Antonio Plaza. Un día leí un poema terrible, A María la del cielo: “Si siempre he de vivir en la desgracia, por qué entonces murió por mi existencia, si no quiere o no puede hacerme gracia, dónde está su bondad u omnipotencia…”. Esta cuarteta se me quedó pirograbada y un día cuestioné a una monja usando la cuarteta: la respuesta fue una bofetada. Vivíamos en una situación muy precaria y a mí que Dios era bueno y que todo lo había hecho él no me cuadraba. Allí empezó una grieta entre lo que yo vivía y los que vivían de una manera uniforme, y me empecé a preguntar. Ahí empezó mi vocación filosófica. Entré a la carrera de Filosofía y Letras de la UNAM en 1969.

Entre sus primeras obras publicadas destacan los libros de cuentos, ¿cómo dio el salto de la filosofía a la literatura y específicamente al cuento?

Me fui a hacer un doctorado en filosofía a Madrid con unos profesores bastante malos quienes me tenían miedo, eran como lo último que dejó el franquismo. Yo había tenido mejores profesores en la facultad en México, muchos de ellos españoles. Uno fue Eduardo Nicol, de quien fui su ayudante siete años. Yo lo admiraba, me parecía deslumbrante, un expositor brillantísimo. Me parecía imperdonable que Nicol no fuera el ideólogo de México, que los ideólogos fueran los más miserables representantes de la televisión mexicana: Raúl Velasco, Guillermo Ochoa y Jacobo Zabludovsky. Me parecía aberrante que esos señores dijeran algo y al siguiente día todos lo repitieran; en cambio Nicol, quien decía maravillas, estuviera encerrado en un salón de clase. La filosofía me pareció un camisón de fuerza por su terminología y fue cuando empecé a salir del discurso filosófico. Se me ocurrió que la mejor forma era manejar mis conceptos filosóficos en textos literarios.

Son memorables los cuentos Las vocales malditas y Las esquinas del azar, este último premiado internacionalmente, ¿en qué se inspiró para escribirlos?

Tienen que ver con mi interés por la ciencia; cuando descubrí la Segunda Ley de la Termodinámica, que explica que todas las cosas tienden al desorden. La idea de que el azar es el que rige la metí en el cuento Las esquinas del azar y me pareció que, si en la antigüedad fuimos gobernados por dioses y moiras, ahora nuestras nuevas moiras son los artefactos tecnológicos. La central telefónica reúne dos personajes por azar, pero les clava un destino. Las vocales malditas surgieron del hambre. Estaba en mi doctorado en Madrid y no pude cobrar mi pensión. Caminando por la Puerta del Sol vi que los pintores hacían sus pinturas, las ponían en el piso y recibían monedas. Empecé a escribir: “Nada hará la gran dama ya tras la casa clara, nada hará la larga para alzar la palabra, dará la daga alada callada la garganta, atará cada planta la máscara naranja”. Lo puse en el piso y cayeron las monedas. Ya en México me quedó la idea de convertir ese poema en cuento. Me tardé un año en escribir los cinco cuentos con cada vocal. 

El cuento de la I parecía imposible. Se oye a Mimí hablando con Crispín: “Infringir mi civil vivir, si sin ti vi difícil, chipichipi sin fin, ni vi films, sífilis Crispín. Snif, snif, sí, mi Visir, sí, mi Rintintín…”. 

En sus cuatro novelas hay una mezcla de realismo mexicano, suspenso y el infaltable humor, ¿cuál le ha resultado más entrañable con el tiempo?

Yo trataba de explicar la posmodernidad, donde todo se vale. El título de mi novela Todo está permitido aparece en Los hermanos Karamasov de Dostoyevski. Yo leía a Nieszche y me daba cuenta de que la muerte de Dios es la muerte del absoluto, y que el último bastión de las verdades eran las verdades formales. Cuando se cambia el axioma de las paralelas de Euclides, la última verdad absoluta creada por el hombre se fue al demonio y coincide con Nietszche en que “Dios ha muerto, ¿qué queda?” Un relativismo, un todo se vale. Yo quería contar eso. Nada es para tanto y Todo está permitido son una picaresca posmoderna. Mi novela más entrañable es El futuro no será de nadie, que trata sobre el amor feliz. Había leído sobre la verosimilitud: solamente se admite lo que uno desea. Si tú estás ideológicamente de acuerdo con el autor, te parece verosímil. Esto lo rastreé hasta Francis  Bacon: “Los hombres hacen una ciencia muy a su gusto y no existe más verdad que la que ellos desean”. 

Siguiendo la tradición humorística mexicana de autores tales como Juan José Arreola, Carlos Monsiváis o Jorge Ibargüengoitia, ¿se siente parte de dicha tradición?

Creo que sí soy parte de esa tradición humorística, aunque mi humor es más cáustico, más negro, casi sardónico. Pero sí me siento parte de ella, aunque somos pocos. Creo que en la lista falta Enrique Serna. Hay otro con un humor maravilloso que se llama Marcos Almazán y también Rafael Bernal, el autor de la novela El complot mongol.

Al invitar a lectores bolivianos a leer sus obras, poco conocidas en nuestro medio, ¿cuáles sugeriría? 

Posiblemente mis dos primeras novelas son de asuntos muy locales y tienen muchos modismos mexicanos. La vida de un muerto es una novela que trata sobre el narcotráfico, pero con todo el aparato teórico de Schopenhauer por detrás. Asalto al infierno les puede resultar divertido, es mi libro de cuentos más cómico. La novela El futuro no será de nadie y mis libros teóricos El arte de dudar y Filosofía para inconformes son para consumo internacional.
 

 

 

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