El chicuelo dice

En mi corazón espinoso nacen las flores

De ese les hablo, del chinito. El que no podía sacarse esa canción de su cabeza de chinito. “Un caramelo de limón, en tus manos dejo yo y con él mi corazón...”
domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Como pasó con mi corazón, ahora prefiero cerrar los ojos y trajinar las calles. Caminar las calles desde temprano. ¿Ese medio chinito que a veces iba a pedir una moneda a la ferretería Los Tres Amigos? Ese, el que andaba desde temprano con su botellita bajo el brazo. El que tenía una cachucha mugrosa que decía Canadá. El medio chinito que recorría las calles desde temprano. Ese que vivía allá en el río junto a sus perritos, los que he bautizado como Uno, Dos y Tres. Aunque a veces también buscaba a mis amigos, a esos que venían a rogarse por la noche para que les demos una hamburguesa o dos, una salchipapa puede ser, y si la señora que atiende estaba de buen humor le pediremos un picadito. ¿Los borrachitos dices, no?

Los que ruedan por las calles de La Paz. Aunque sobre todo uno medio chinito que andaba con sus perros a todo lado. El que al pasar saludaba siempre con educación. Señor. Señorita. Joven querido. El que a veces deliraba en el río. Ese a quien nosotros, el Uno, el Dos y el Tres, oíamos recordar cuando trabajaba en el Banco Unión. El que se acordaba de la Marianela. Tan linda. Tan educada. Tan flaquita. La que lo miraba pasar desde la caja uno, dos o tres, depende dónde la mandaba el licenciado Ordóñez. La chica que estaba camote de mí, pensaba el chinito cuando deliraba, la que me mandaba mensajitos a la oficina con letra redonda: ¿tendrás tiempo para enseñarme una materia que no entiendo, por fis? 

Porque ahí donde lo recordamos, ese que trajinaba las calles desde temprano acompañado a veces de otros como yo, aunque acompañado siempre por el Uno, el Dos y el Tres, porque ahí donde lo veíamos ese chinito era un cráneo, un capísimo en contabilidad, y por eso la Marianela a veces subía a la oficina a que le enseñe. Sin embargo, el medio chinito no se atrevía a lo que ustedes se imaginan. Vamos a tomar un cafecito a la salida. O bien una cena el jueves. O mejor al cine el sábado. Más bien yo aclaraba sus dudas. Explicaba de forma didáctica. Ponía ejemplos esclarecedores: ah, ese, el que andaba todo rotoso por aquí con sus perritos. El de los tenis pobretones y sucios, el del pantalón grasoso y deforme, el de la gorrita que dice Canadá, el que ya no tenía media dentadura. Ese pues, el borrachito que pasaba por aquí bien temprano con su cola de perros. 

El mismo. El que daba clases de contabilidad a la Marianela allá en el Banco Unión cuando todavía laburaba: ¿el que ha aparecido tieso en la gradas que dan al río, dices? El que por casa tenía al río. El que sin embargo tenía un corazón sembrado de espinas. Porque para este chinito el río era como una casita con flores por todos lados, como una casita con jardín y con sol todo el día. Como una casita donde viviría con la Marianela de haberme atrevido por esos años: ¿tendrás tiempo para enseñarme una materia que no entiendo, por fis?

Aunque hay algo peor. Y es el peso mineral de las espinas filosas que vivieron en su corazón de chinito. Porque cuando terminaba de laburar en el Banco Unión ya lo sentía acercarse. Ven, chinito, te estamos esperando. Las botellas hablando en el idioma de las botellas. Apuráte, no hay tiempo. Y yo corría como desesperado al Papi Chulo. Llegaba jadeando al Tres Estrellas. Y, a veces, cuando no quería hablar con nadie, al Tío Lagartija. Un boliche de techo bajo y piso de cemento, ¿conocen? Y el Uno, y el Dos y el Tres no, qué vamos a ir nosotros por esos lados. Ahí  donde el chinito se hizo adicto a esta canción que dice así: “Te regalaré, te regalaré / un caramelo blanco de limón / y en el papel, yo dibujaré / un corazón y el nombre de los dos”. De ese les hablo, del chinito. El que no podía sacarse esa canción de su cabeza de chinito. “Un caramelo de limón, en tus manos dejo yo y con él mi corazón”. Canción por la que pensaba en la Marianela y en su desconocimiento de contabilidad. El que de adolescente no te aceptaba ni un trago. El que decía primero mis estudios y luego vendrá la diversión. El que explicaba a la Marianela los mundos velados de la contabilidad, las fórmulas que descifraban el amor de caramelo de limón que yo sentía por ella. Y el Uno y el Dos y el Tres moviendo las colitas y ¿por qué no decirle nada, por qué no abrirle tu corazón de chinito? ¡Claro, uno medio borracho! ¿Cierto que ha aparecido en las gradas todo cadáver, apoyado en la puerta de doña Sara, la que casi se muere del susto al salir a comprar pan? Porque de pronto al abrir la puerta los restos mortales del chinito se derrumbaron. ¿Han visto alguna vez una lluvia de flores caer del cielo y romperse sobre el piso del Banco Unión? No, nunca hemos visto. Pues igualito. Y el Uno, y el Dos y el Tres llame a una ambulancia, seño, no se quede ahí parada. Claro que todo en idioma perrito. ¡Guau, guau, guau! 

El chinito. El que en el colegio dibujaba las flores más hermosas en sus cuadernos. Ese chinito a quienes las chicas decían vas a ser un artista. Mejor deberías estudiar para pintor. Porque cuando estudiaba para contador público solo sabía estudiar y dibujar distraídamente flores en los bordes de mis cuadernos. ¡Exacto, el chinito! Ese que después la señora Sara vio cómo subían a la camioneta de Homicidios, y el Uno, y el Dos y el Tres ¿dónde se lo llevan?, somos su parientes cercanos, pedimos que se nos informe. Que en idioma perrito sonaba así: ¡guau, guau, guau! Ahora, en el minuto en que escribo esto, dentro del cuerpo del que en vida fuera el chinito emergen las flores. Quizá son las flores que dibujaba mientras estudiaba para convertirse en licenciado en contabilidad, quizá ellas desplazan a su corazón espinoso: este borrachito va a la fosa común, no hay parentela. Todo esto mientras el Uno, el Dos y el Tres regresan a la casita del río a recordarlo. ¿Se acuerdan cuando nos contaba de esa Marianela?,  ¿y que era flaquita y de ojos bermellón?, ¿y que le mandaba notitas con letra redonda redonda? Que en idioma perrito sonaría así: ¡guau, guau, guau!

Porque el chinito ya no enseñará contabilidad en el piso dos del Banco Unión, porque el chinito tampoco narrará su vida al Uno, y al Dos y al Tres allá abajo en la casita del río. Porque el chinito ya no saludará todas las mañanas. Señor. Señorita. Joven querido. Porque más bien el chinito traducirá esta frase al idioma perrito y sonará más o menos así: un caramelo de limón. Que en tus manos dejo yo: y con él también mi corazón. 
 

 

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