Novela

Política y paranoia: En la cumbre

El autor afirma que esta novela es una exploración creativa de los demonios privados del autor: Diego Ayo.
domingo, 18 de agosto de 2019 · 00:00

Bernardo Prieto  Ensayista

Puede que muchos arcanos de la política puedan entenderse mejor a través de una interpretación literaria. Por ejemplo, el último asunto público donde Diego Ayo estuvo involucrado: las famosas declaraciones sobre el presupuesto de su partido, no sean más que los resabios de un exceso de sinceridad retórica y literaria. Es por esto importante entender la política como una verdadera poiesis: un verdadero hacer creativo. Y, si como Oscar Wilde recuerda, “toda poesía mala nace de un sentimiento sincero”,   entonces podríamos afirmar que todo político corriente –como todo mal poeta– puede verse develado por la sinceridad sentimental de sus palabras.

Aunque En la Cumbre –novela escrita por Ayo y publicada en 2016– no pueda ayudarnos a entender la triste manipulación orwelliana, propiciada por propios y extraños, que sufrieron sus ya famosas declaraciones, esta novela, puede iluminarnos para entender mejor cierto stimmung (sentimiento/humor) de clase: la paranoia política que le invade. Pues, si juzgamos En la Cumbre como un texto sintomático al “proceso de cambio” que vive Bolivia, podemos afirmar que esta novela es una exploración creativa de los demonios privados del autor: algo así como la versión medio detectivesca y soporífera del filme Zona Sur de Juan Carlos Valdivia.

Y es que uno puede creer, leyendo la sinopsis del señor L. Sanabria (que se encuentra en la contratapa) que la novela pertenece al género policial –aunque es evidente que existe un crimen, acaso, contra la literatura– el asesinato de Lucía adolece de la fuerza narrativa suficiente, o peor aún, las revelaciones melodramáticas de este hecho se convierten en excusas para tragarse algo así como un lánguido J’acusse boliviano.

Algo muy alejado de las fantasías, tan entretenidas y a la vez serias de, por ejemplo, Hammett o Chandler, pero, sobre todo, alejado de una novela policiaca que devela la corrupción y la desolación de nuestro mundo a través de una mirada periféricay no a través de simples sospechas y una serie de alegatos morbosos y repetitivos. Y es que esta novela –como alguna vez escribió Ayo– “no es un libro para pensar, es un manual para generar adscripciones (…)”

Sin embargo, hay que reconocer ciertos méritos que nos brinda la novela, por ejemplo, uno puede notar que –superficialmente– este texto puede parecerse a alguna novela de Vargas Llosa o Manuel Puig, ya que la narración se encuentra dispersa en diferentes fragmentos: diálogos, cartas, mails, relatos, etcétera, que poco a poco, intentan abarcar la totalidad (Wilmer Urrelo logró con admirable maestría reconstruir el mundo de la posguerra del Chaco utilizando esta misma estructura) y aunque simplemente el parecido sea una desmesurada ilusión, al menos En la Cumbre yerra en su candorosa e intrépida ambición.

La novela, sin embargo, es admirable cuando la paranoia política se desvanece y da paso a la voz de un sencillo narrador. 

Las partes mejor logradas son aquellas que, por ejemplo, con cierta melancolía y asombro, el autor nos descubre la cuidad que Daniel desconocía; nos descubre –con esa natural sorpresa– que el mundo resulta más ajeno, más complejo y diferente, que la parcela sureña (Blanca Wiethüchter descubrió también que existía pobreza solo cuando entro a estudiar a la UMSA).

 O, cuando en medio de la telenovela política, se nos presenta una escena romántica entre Daniel y Lucía, justamente, la escena que termina con la elección del nombre de “Josefina” su hija; por un momento los personajes parecen estar llenos de vida –compartiendo sus pequeñas miserias y alegrías– aquí la escritura posee una cierta delicadeza y claridad; llena de la nostalgia de alguien que estuvo enamorado o llena del amor de un padre ausente que imagina abrazar –con una mezcla de ilusión y esperanza– al hijo lejano o ido.

La novela, quizás, podría leerse como una especie de crónica sobre la pobreza de nuestra vida política –o como una curiosa narración etnológica– no obstante,  es una tediosa caricatura que entiende que la historia puede figurarse como una especie de simple traducción. 

La lectura a la que nos invita el libro es pobre y puede resumirse en el siguiente método hermenéutico: un personaje “x” es en realidad un personaje “z”, o un hecho “y” es en realidad un hecho “a”, y así sucesivamente. Una especie de juego detectivesco que, como ya denunció Susan Sontag, resulta simplemente ingenuo y agotador.

Juzgar a En la Cumbre simplemente por las ideas políticas que desea trasmitir o, mejor dicho, juzgar una obra porque contradice o reafirma nuestras propias ideases síntoma no solo de cierta estupidez sino, sobre todo, de una poca capacidad de gozo.

Lo bueno como lo malo proviene de cualquier parte. Más incluso en la literatura que es, justamente, una felicidad polifacética.  Por ejemplo, y ciertamente Viaje al fin de la noche es una de las mejores novelas del siglo XX, digamos, a pesar del proto-nazismo de Celine, o incluso Dante, al hacer evidente sus odios y amores terrenales en la Divina Comedia –condenando a sus enemigos a los castigos del infierno– no hace más que confirmar esta famosa sentencia: “los hombres ante todo son hijos de su época”. 

En Bolivia muchos intelectuales han tratado de trasmitir sus ideas a partir de la ficción literaria. Ya lo enunció severamente L.H. Antezana: en Bolivia la literatura cumple una “suplencia representativa y cognoscitiva”.  

Habría que recordar que –en contra de esta manía de explorar y definir la sustancia del “ser nacional”– no es necesario saber quién o qué es un boliviano para escribir apasionadamente sobre Bolivia (o su historia o su vida política). Basta, al parecer, con escribir correctamente.

 

 

Confidencial

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