Especial

El paisaje como desliz irracional en Raza de bronce

Rojos, azules, grises, cafés, la increíble variedad de tonalidades y formas fueron los excesos que acompañaron magistralmente a la narración imprimiéndole efectos inesperados.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Omar Rocha Velasco Director de la carrera de Literatura de la UMSA

La novela Raza de bronce, amparada en una ficción, pone en movimiento todo un conjunto de intencionalidades socio-ideológicas. Presenta una descripción detallada de las “razas” que conviven en un mismo territorio, blancos, indios, y cholos o mestizos y trata de mostrar las complejas relaciones que entre éstas existen. 

En medio de la observación, que fue condición necesaria para esta escritura, aparece la intromisión del narrador que, a manera de análisis, no se resiste a dictar sus opiniones respecto a esto o aquello. Sin lanzar un juicio definitivo y general a propósito de la explotación del indio o de los demás problemas nacionales que abarca, el narrador participa activamente, orienta en gran medida ese juicio que advendrá del lado de la lectura. 

Aunque existe una considerable distancia temporal que separa en 10 años la novela del ensayo Pueblo Enfermo, muchas de las consideraciones allí vertidas en formato “descarnado”, sin mediación de la fábula narrativa, vuelven a aparecer, podemos tomar como ejemplo el famoso anuncio –retomado varias veces y desde distintos horizontes por la intelectualidad boliviana– “se alquila un pongo con Taquia”, o el cuestionamiento que Arguedas hace al censo realizado en 1900, donde la clasificación racial que se tomó en cuenta no distinguía claramente quiénes eran indios, quiénes eran blancos y quiénes eran mestizos. 

Al margen de lo anterior, que fue ampliamente trabajado por los muchos lectores que tuvo Alcides Arguedas, la obra deja ver algo más, una especie de rebalse que escapa a todas las intenciones precedentes. Un exceso, podría decirse, relacionado con la dependencia y detención que el relato adquiere ante el paisaje. El paisaje se impone siempre en la novela Raza de bronce, es el marco que da lugar a todo lo demás. 

La mayoría de los capítulos empiezan y terminan con la descripción del lugar que sirve de sustento para el desarrollo de las acciones, Valle y Yermo son las marcas que dividen claramente la novela en dos momentos. Raza de bronce se inicia en un atardecer y termina en un amanecer, dejando de lado la significación simbólica, destaco los colores, los juegos visuales que proponen esas horas de indeterminación, esos momentos intensos del día.  Rojos, azules, grises, cafés, la increíble variedad de tonalidades y formas que son característica del Altiplano cercano al lago Titicaca y los Valles que se extienden a las faldas del Illimani, fueron los excesos que acompañaron magistralmente a la narración imprimiéndole efectos inesperados.

Los personajes, a pesar de su insensibilidad o incapacidad de contemplar lo que la naturaleza les otorga, quedan sorprendidos, logran someterse al efecto que se deposita en sus almas situándose frente al infinito, frente al silencio y el dolor. Algo parecido le pasó a Alcides Arguedas en la escritura, a pesar de todo se detuvo, cedió ante el “espectáculo” de la naturaleza y trató –no lo logró completamente– de convertirlo en paisaje más allá de una simple descripción, trató de trasponer al mundo de las palabras aquello que desde afuera es capaz de producir los más diversos estados, dolorosos y/o jubilosos, en el hombre. 

Posiblemente este sea el pequeño desliz de su proyecto racional. Arguedas se dejó llevar por los dos azules –el del cielo y el del lago–, pasando por alto, incluso, su crítica al modernismo, expuesta claramente por el personaje llamado Suárez, escritor que contrapunteaba todos los abusos hechos por Pantoja, el dueño de la hacienda, y con el que Arguedas seguramente se sintió muy identificado –proyectó en él varias de sus concepciones sobre la escritura y la problemática social que trataba–.

 A pesar de sostener que la raza indígena es incapaz de sobrecogerse frente al espectáculo que se presenta ante sus ojos, encuentra inevitablemente esa sensibilidad en sus personajes, lo infinito, lo enorme, lo inconmensurable y los efectos espacio temporales de la línea recta, se imponen en la narración.

La geografía determina al hombre, esta tesis sostenida por Arguedas, encuentra puntos ciegos, límites de la descripción y el lenguaje que se ponen de manifiesto ante las pretendidas observaciones y análisis rigurosos que se hacen de la geografía y de los hombres mismos. Quizá eso ayuda a explicar las contradicciones que se presentan en su obra, porque si bien existe una continuidad en la problemática tratada, nadie puede afirmar certeramente que Arguedas tuvo una respuesta definitiva. 

Después de haberse presentado como un pesimista y haber visto en el indio las causas de las dolencias patrias, reaparece con una novela que denuncia el sufrimiento y la explotación que viven los indios. Los personajes de Raza de bronce muestran dos formas de conocer y tratar al indio, ambas tienen en común el desconocimiento que se tiene de ellos, ambas comparten un vacío, una es la de los patrones que los tratan como animales igual que Pantoja, el hacendado, y la otra es ideal, sabiendo de ellos por lecturas y exaltando sus sufrimientos. 

¿Cuál es la opción entonces?  En realidad los indios responden a una categoría indefinida que los acerca a la naturaleza, que los acerca a las bestias, no se puede saber sus reacciones, son impenetrables, la comunicación es imposible. Este punto de indefinición se manifiesta cuando la masa alcanza el estatuto de “horda” antes del amanecer. Surge el enigma, algo escapa al mundo de las palabras. Todos los intentos por entender e interpretar al indio se ven expuestos a un límite, más allá de las posibilidades que la fusión “hombre/paisaje” pueda otorgar, el punto ciego en la observación se manifiesta, algo queda impenetrable y no dicho.
 

 

Raza de bronce (1919), algunas entradas de lectura 

A 100 años de la publicación de Raza de bronce (1919), de Alcides Arguedas, corresponde dedicarle unas cuantas páginas, no sólo por aquello que representa, una lectura canónica de la literatura boliviana, sino por su capacidad de seguir diciéndonos cosas después de un siglo. Sin duda, son pocas las novelas que superan el tiempo, los regímenes gubernamentales, las apreciaciones y gustos estéticos y todo tipo de vicisitudes. En ese sentido, me propongo algo un poco más melancólico, un par de ideas que no se tienen presente cuando se la lee, aunque ya la leímos de muchas maneras.

El propio Arguedas cuenta que su novela más famosa se publicó intempestivamente, porque tenía que publicarse el año que lo nombraron diplomático y se fue a Francia cuando la novela se imprimió. Lamentó de muchas maneras esa primera edición, porque no contó con su vigilancia en relación a las pruebas de imprenta y a la calidad del texto, hecho que le hizo valorar más la edición posterior, la de 1945 que el autor considera como la definitiva.

Raza de bronce (1919), es la novela boliviana que mejor retrata a su época, no sólo por aquello que pensaban los intelectuales de principios del siglo XX, sino porque revela una forma de vida y de relaciones sociales que, de muchos modos distintos y contradictorios, perviven en los propios usos y costumbres nacionales. Me refiero al racismo que forma parte constitutiva de la subjetividad nacional. 

Sorprende recordar, por ejemplo, que los propios agentes de un gobierno que se autodenomina indígena y enarbola y ostenta su defensa, en ciertos momentos se hayan referido a la forma de vida de las poblaciones indígenas despectivamente; con frases tristemente célebres como “viven como animalitos” dichas sin empachos por alguien de cuyo nombre no quiero acordarme, porque rememora las formas de vasallaje y opresión que siguen caracterizando algunas prácticas sociales y culturales. 

Sin duda una buena lectura de esta obra fue la de mi profesora Rosario Rodríguez que planteaba muchos temas, pero el que mejor me quedó fue el momento en que describía el doble registro de la novela. Si por un lado, el propio escritor reivindicaba a la novela como una herramienta de defensa de los indios frente a la explotación que sufrían de parte de los hacendados que controlaban las tierras y, para decirlo en términos marxistas, los medios de producción; por otro lado, el registro del narrador es durísimo con su referente, los propios indios. No está demás recordar la escena en que Agiali y sus amigos pierden a Manuno, el líder del viaje, a consecuencia de una riada que lo arrastró río abajo y el narrador describe la escena diciendo algo parecido a que ellos estaban tristes, no tanto por el amigo, sino por el dinero que se iba con él. Revelando una opinión muy personal respecto a la conducta, lealtad y amistad de sus protagonistas. En cierto sentido, se podría decir que su bien el texto denuncia el maltrato, lo haría por medio de un maltrato discursivo hacia los protagonistas. 

Martha Irurozqui, en La armonía de las desigualdades: élites y conflicto de poder en Bolivia 1880-1920 (1984) sugiere que si bien le va mal al indio, en el discurso político, literario de la época le va peor al cholo. Cabe preguntarse, cómo aparece y qué registro del cholo o del mestizo hay en la novela ¿cómo se lo puede leer? Queda todavía, como materia pendiente, leer la novela desde esa entrada. 

Por otro lado, Mikio Obuchi me comentó cómo la novela tiene un registro visual y pictórico evidente desde las primeras líneas: “El rojo dominaba en el paisaje./ Fulgía el lago como una ascua a los reflejos del sol muriente, y, tintas en rosa, se destacaban las nevadas crestas de la cordillera por detrás de los cerros grises que enmarcan el Titicaca poniendo blanco festón a su cima angulosa y resquebrajada, donde se deshacían los restos de nieve que recientes tormentas acumularon en sus oquedades”. Y si bien hay referencias a esta entrada de lectura, las mismas todavía son sólo guiños, está pendiente hacer una lectura más en profundidad sobre éste y muchos otros posibles temas. También advertimos, con los estudiantes del curso de Producción de materiales educativos (2019) que hay una veta muy interesante siguiendo las descripciones de los animales, no sólo la fauna circunlacustre, sino el modo cómo se relacionan con los personajes y las prácticas culturales que se desarrollan alrededor. Un caso triste es el del burro que sacrifica el hijo del hacendado para dejarlo como señuelo para la cacería de cóndores. 

Resulta, bastante interesante explorar nuevas lecturas, no porque hay que dejar la denuncia, sino para hacer visible lo proteico de un texto que nos dejó muchos temas pendientes y posibles. El propio Arguedas decía  sobre su contexto personal de escritura que “ocupó los mejores momentos de una vida, aquéllos en que todo hombre de letras cree que ha nacido para algo muy serio y el escritor de tierras interiores y donde la pluma es lujo que no sustenta, tiene la candidez de imaginarse que puede producir algo que, por lo menos, tenga alguna duración en el tiempo...”.

 Cleverth C. Cárdenas Plaza Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos

 

Raza de bronce de Alcides Arguedas y la potencia de la lectura

“También he pensado que sería bueno aprender a leer, porque leyendo acaso llegaríamos a descubrir el secreto de su fuerza”, escribió Alcides Arguedas en Raza de bronce, la novela que en estos 100 años de publicación amerita una celebración, un homenaje, una invitación y un recorrido, no solo porque sea su centenario o porque forma parte del canon literario en Bolivia (y tenga que ser recordado como un deber impuesto), sino porque es el testimonio de la importancia de la lectura como el gesto que, al mismo tiempo, reactiva al propio texto y reconfigura el contexto en el que es leído.

 Raza de bronce se publicó por primera vez en 1919 por González y Medina Editores. Le siguieron las ediciones en España, en 1924, y en Argentina, en 1945. Posteriormente, en 1960, se publicó la traducción al francés y en 1976 la traducción al chino. En 2012, la novela fuepublicada como parte de la colección de las 15 novelas fundamentales de la literatura boliviana.

  Considerada una novela indigenista, Raza de bronce narra la historia de amor entre Agiali y WataWara al mismo tiempo que da cuenta de la relación conflictiva entre indígenas y hacendados, caracterizada por la violencia, el abuso, la impunidad y la venganza. 

 Ahora bien, el indigenismo adjudicado a la novela no fue un acto fortuito, sino que fue el resultado de una generación de lectores que leyeron en los temas, en los personajes y en el relato novelesco la denuncia social. Pero podría decirse que ninguna lectura es estática y por ello, con el transcurrir de los años, estas lecturas dieron lugar a nuevas perspectivas, las cuales problematizaron lo anteriormente establecido. 

En ese entendido, si bien un texto es concebido para funcionar autónomamente, también demanda la presencia de un lector, de un interlocutor que dialogue con él, ya sea para diseccionar su estructura, cuestionar sus ideas o producir sentidos a partir de ellas. Ese quizás sea el motivo por el cual Raza de bronce ha franqueado su propia narración y su época para conmemorar, hoy, su vigencia: la coincidencia entre las posibilidades que ofrece el mundo ficcional y la voluntad de apertura hacia ese mundo. Y en este recorrido por los 100 años de esta novela y del discurso crítico sobre ella, resulta difícil nombrar en este espacio a todos aquellos que han escrito sobre Raza de bronce. A grandes rasgos, sin embargo, se puede advertir dos momentos. 

El primer momento consideró a la novela como una representación de la situación del indígena y, además, celebró y justificó su insubordinación. En 1960, por ejemplo, Giuseppe Bellini, en Alcides Arguedas en la novela moderna, hizo una lectura de esta obra  concentrada en la figura del hombre como “el centro de todos los acontecimientos”, al que “Arguedas quiere restituir dignidad, humanidad, libertad, cosas perdidas en la abulia de un pueblo vencido, dominado por la fatalidad y la resignación, en poder de su opresor”. 

Por otro lado, el segundo leyó el discurso que existía detrás de esta representación a través del análisis textual de las ideas subyacentes y, a su vez, hizo una revisión crítica a las lecturas precedentes. En el Estudio introductorio a la edición de las 15 novelas fundamentales, Elizabeth Monasterios y Rosario Rodríguez explican que “tradicionalmente, Raza de bronce se ha leído (y presentado dramáticamente) como la gran épica boliviana en defensa del indio y como paradigma de lo que debía ser la novela indigenista (…) 

Una lectura detenida de la novela, sin embargo, expone las asombrosas contradicciones y deslealtades con el indio en que incurre el indigenismo de Arguedas y que las ‘lecturas canonizadas’ de Raza de bronce encubrieron durante casi la totalidad del siglo XX”. Y continuando esa misma línea, Rodríguez afirmó en su tesis doctoral que “Raza de bronce funciona evidentemente a manera de metonimia de un proyecto ideológico histórico, el liberal. Y, a nivel textual, el narrador viabiliza una respuesta revisionista siempre enrelación a ese proyecto que lo determina; propuesta ideológica que es ajena al sujeto-mundorepresentado por lo indio y que busca más bien la neutralización y reducción de esa mayoría en elespacio social, económico y político nacional”.

En estos últimos años han surgido nuevas lecturas de la novela de Arguedas que ya no están focalizadas en el sujeto indígena, sino que se dirigen –en concordancia con los debates de esta época– hacia la figura de la mujer, como la de Ingela Johansson, quien lee el personaje femenino en la novela indigenista e incluye a Raza de bronce en su corpus de análisis; o como la de Willy Camacho, quien en las Jornadas de Literatura Boliviana de este año planteó la necesidad de articular el espacio educativo con la reflexión sobre los imaginarios construidos alrededor de la mujer. Con seguridad, surgirán nuevos estudios sobre Raza de bronce, o quizás estos ya se han producido. Aún no llegan a estas tierras las lecturas desde China y París.
 
Ángela Mendoza Lemus
Auxiliar de Investigación del Instituto de Investigaciones Literarias de la UMSA

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