Letras

Escritura enigmática: El occiso

El potencial de la obra está justamente en la posibilidad de generar lecturas, interrogaciones sobre la muerte, el amor y la escritura.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Fátima Lazarte Investigadora literaria

Una de las claves en la que se ha leído El occiso y se ha encasillado a su autora es la clave biográfica y casi anecdótica que relaciona la vida de María Virginia Estenssoro con su trabajo; parte de la crítica literaria la ha clasificado como “literatura femenina”. Creo que hoy, por fin, pueden surgir otras lecturas de esta obra que dialoguen y discutan –para mostrarnos la potencialidad de este trabajo en sus posibilidades de lectura y su valor literario, gracias al cual la obra ha trascendido hasta hoy–. 

No es casual que Mitre la señale como precursora de Saenz, en tema y forma: “El occiso (sea prosa poética, poema narrativo o poema en prosa) comporta más bien una trama metafísica, ontológica… Este rasgo y su estructura hecha de líneas o versos cortos y breves, tejida a la manera de los versículos bíblicos, hacen de este texto un preludio o antecedente de la poesía de Jaime Saenz”.

El potencial de la obra está justamente en la posibilidad de generar lecturas, interrogaciones, difuminaciones y socavamientos en, por lo menos a mi parecer, tres grandes problemas que se plantean al interior del texto:  la muerte, el amor y la escritura. Cuestionando así los márgenes y proponiendo un trabajo exploratorio que pretende construir un acercamiento sensible y teórico a los grandes interrogantes humanos. Es por esto que este texto tiene aún mucho que decirnos el día de hoy.

Este libro, que tensionó a la conservadora sociedad paceña de inicios de siglo, contiene el proyecto escritural de una subjetividad que apunta a un trabajo no solo con los temas o contenidos, sino a un trabajo estético con las formas obedeciendo a una estructura y además a un trabajo ético porque apuntará a la ética del vacío y de la falta mediante el cuestionamiento de lo establecido, demoliendo lo conocido para poder producir una polisemia de nuevas significaciones, lo cual lo eleva a un trabajo propiamente artístico que apuesta por formas nuevas de imaginar y responder a los problemas humanos.

La escritura se nos presenta enigmática, pues nos hace cuestionar nuestras propias ideas ya establecidas de la realidad, ideas promovidas por un discurso que normativiza y desea homogeneizar, que impide la aparición de la alteridad y que pretende relegar la experiencia subjetiva que es rescatada como forma de conocimiento por Estenssoro. 

Por otro lado, se puede rastrear en este texto las relaciones de esta mujer con lo que proponían las vanguardias artísticas del siglo XX, por ejemplo, el derrumbamiento de lo conocido y la exploración como métodos de creación artística, siendo también propios del inicio del siglo dos mecanismos que la pone en diálogo con sus contemporáneos: La pregunta por la abstracción y la pregunta por la mecanización del cuerpo –la búsqueda de la abstracción que la realiza sobre todo en el fragmento del “Occiso” y en su construcción del cascote como máscara insexuada y la mecanización del cuerpo humano que es explorado dentro de “El cascote” en el momento en el que nos presenta una figuración de la muerte–.

En “El hijo que nunca fue” la presencia de elementos relacionados con lo onírico nos sugiere que algo de lo reprimido y silenciado debe simbolizarse; y cómo, a partir de la palabra de amor, se pretende restituir lo perdido.

En la obra podemos acercarnos a la palabra como posibilidad creadora, pero también como posibilidad de sutura de la herida humana, sin idealizar la creación –ya que para llegar a esta se recorre un proceso doloroso, por lo cual esta es solo posible para quien se atreva a atravesar la angustia–.

Estenssoro, como escritora, encarnó el arquetipo de antagonista del ideal; el momento histórico en el cual se desenvolvió encerraba una contradicción: a la vez que se pensaba en la mujer como una protagonista social, se le exigía un conformismo, una aceptación de su lugar y de las normas imperantes que regulaban todo su comportamiento, incluso lo que podía o debía escribir. Este antagonismo la llevó a representar una figura al modo de Hécate, diosa antigua de la mitología griega-sumeria, quien personifica lo femenino temido, pues puede moverse con facilidad en el mundo de los vivos como en el de los muertos.

 Estenssoro fue aislada porque su vida y su escritura contravenían y ponían en conflicto a su medio social al cual la experiencia subjetiva no le interesa por estar constituida desde un espacio de exploración muy íntimo; pero por otro lado su obra quedó como una muestra de lo que la sociedad encomienda muchas veces al artista, saber hacer con lo que le perturba.

 

Texto leído en la presentación de El occiso durante la FIL La Paz. 
 

 

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