Personaje

La tumba más bella del mundo

Stefan Zweig al rescate de Leon Tolstoi para recuperar sus textos más meditativos y contradictorios.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Ricardo Bellveser Escritor

Cuando el viajero llega a la casa de Leon Tolstoi (1828-1910) en Yasnaya Poliana, Tula (Rusia), construida en el corazón de una finca de 16 kilómetros cuadrados, donde nació el escritor ruso, vivió con sus 13 hijos y sus 350 esclavos, y reposan sus restos cubiertos por la grama del bosque, se asombra de lo poco que allí han cambiado las cosas. 

Las muchas fotos suyas que conservamos, parecen tomadas hoy, pues en el interior de la gran dacha, hallamos el despacho donde Tolstoi escribía, presidido por una foto en la que está allí mismo, ante la mesa, frente al papel, las piernas estiradas metidas en altas botas, una camisola blanca de esclavo, una tolstoyana, sujetada por un cinturón negro,  y con la pluma en la mano en trance de escribir. Parece el juego de las siete diferencias, porque todo sigue exactamente igual que en la foto, sólo falta él.

¿La visitó Stefan Zweig (1881-1942)? Lo desconozco, aunque no lo creo, pero de buen seguro que habría sido una revelación y una resurrección. Tolstoi, en los últimos años de su vida, arrobado de religiosidad, desentendido de lo material, incluso de su propia obra de creación, harto de que no se acabara nunca Anna Kanerina, enfrentado a las autoridades religiosas que le excomulgaron, vegetariano, convencido de que comer carne y matar animales era un acto inmoral, donó sus bienes a sus esclavos de la finca –donación  que su esposa Sofía Behrs anuló de inmediato–, lo abandonó todo, incluso a ella, y se fue de la finca y de la vida. Poco le duró el proyecto, pues pocos días después, a los 82 años de edad, falleció de neumonía en la estación de Astapovo.

 Zuwig, austriaco nacionalizado británico y muerto por suicidio en Brasil, biógrafo de Dickens y Balzac, de Verlaine y Dostoievski, de Calvino y Erasmo… hizo una selección de textos de Tolstoi, en preferencia filosóficos, de pensamiento y meditativos y los reunió, les añadió, de su pluma, un elocuente ensayo introductorio y un hermoso epílogo, La tumba más bella del mundo, y al conjunto lo tituló  La revolución interior: Leon Tolstoi, libro que acaba de ser editado en español (Errata Naturae, 2019) con prólogo y en parte traducción –los traductores son varios– de Ivan de los Ríos.

Se reúne aquí una elocuente muestra del universo de contradicciones en las que vivió Leon Tolstoi, bien representadas en El conocimiento de mí mismo, Una crítica de mi tiempo, Filosofía de la historia, Lo que mueve a los hombres, El rey asirio Asarhaddón, Tres parábolas, o Nicolás Varapalo, que ayudan a entender el significado que para Tolstoi tuvo “esa broma de mal gusto” a la que llamamos vida.

Contradicciones que nos vienen a mostrar el espíritu anarquista, la conciencia social, la sintonía con la existencia natural del autor de Guerra y paz y cómo, de un modo claro, se puede y debe ser considerado el precursor de la revolución rusa que vendría tan sólo siete años después de su muerte.

Tenía que ser Stefan Zweig quien hiciera este trabajo, él que habitó la contradicción en su propio pecho. Considerando “no ario” por el III Reich, tuvo que huir de Austria y Alemania para ponerse a salvo, en un exilio total, físico e intelectual, que le mantuvo vivo para denunciar las barbaridades nazis, como Tolstoi había denunciado en su momento que los estados que permiten y encubren las injusticias se comportan no sólo de un modo antisocial, sino también de un modo injustificable. 

Pero no bastaban las denuncias de Zweig. El universo nazi fue creciendo ante el estupor universal, y él, convencido de que iba a resultar imparable y el planeta caería bajo su dominio, decidió, a los 60 años de edad, abrazarse a su mujer Frederike Maria, echarse sobre el lecho y acabar sus vidas por envenenamiento en Petrópolis, Brasil, un 22 de febrero, en un acto realizado por propia voluntad y en plena lucidez. 

No quería ni participar ni ver ese mundo que se estaba imponiendo. “Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”, dejó escrito en su declaración al juez, junto a varias cartas, en las que incluso encomendaba a algunos amigos, a quienes deseaba que pudieran presenciar el amanecer de “esta larga noche”, el cuidado de su perro. 

Ivan de la Torre, en su prólogo a esta edición en español, citando a Ricardo Piglia, afirma: “Uno escribe sobre los otros para hablar siempre de sí mismo” (…). “Uno inventa y abusa y devora libros, viajes o cuerpos desnudos como si rastreara el material idóneo para narrar indirectamente su propia existencia”, tal vez por esta razón, en los últimos años de su vida Zweig dirigió sus ojos hacia ese gran anarquista, revolucionario y escritor excepcional que fue Leon Tolstoi y lo rescató de su relativo silencio, quien, como él mismo, había llegado a desdeñar su obra de ficción para centrarse en la glosa de sus ideas y su descreimiento. 

“El hecho de que ni Salomón ni Shopenhauer ni yo nos hayamos suicidado no va a convencerme de la existencia de la fe”.

 

Confidencial

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