Narrador

Los dibujos de Jaime Saenz

El autor halla vecindades, ecos y reflejos entre el espacio gráfico de Saenz y el de sus líneas escritas en poemas.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac  Lean  Escritor

Es una pena que, a más de 30 años de la muerte de Jaime Saenz, su obra gráfica no haya sido recogida, hasta ahora, en un buen libro al alcance. Un libro, quién no quisiera, debidamente editado y que reproduzca la mayor cantidad posible de los dibujos que quedan y los cuales, según la prensa, alcanzarían como a unos 100. A falta de semejante volumen, que desearíamos no se haga esperar demasiado, tenemos que contentarnos nada más que con los pocos dibujos que aparecen en internet y, en un caso feliz, podemos apelar a los que se recogieron en el número (18) de la Mariposa Mundial dedicado a Saenz .

Más allá de ese poco, casi nada es lo que sabemos positivamente sobre la relación del propio Saenz con sus dibujos. Él mismo, que yo sepa –y tampoco sé más que cualquier lego– no dejó nada escrito y memorable ni sobre sus dibujos ni sobre su inclinación  a hacerlos. Esperaría, realmente, estar yo mismo equivocado y conocer las líneas en que lo hubiera hecho. Sea como fuere, el caso es que nos encontramos, ante esos dibujos, desprovistos de mayores pistas sobre cómo acercarnos a ellos. 

Se sabe que una vez, en la galería Arca de La Paz, hizo una exposición de su obra gráfica. El solo hecho de dicha exposición, más el de que sobrevivan unos 100 de tales dibujos y, sobre todo, la gran calidad de muchos de ellos, ya es suficiente como para armar el caso de tales dibujos, composiciones, garabatos, calaveras, autorretratos… 

No hay que tomarlos, simplemente, como si fueran nada más que un don o daño colateral y marginal de la práctica de la escritura a mano, que sería la que verdaderamente cuenta. Es importante detenerse, justamente, en el hecho –corroborado por quienes lo conocieron– de que Saenz escribía a mano, con pluma fuente, en cuadernos y papeles. Por lo menos en cuanto concernía a la poesía. Sólo después “pasaba a limpio”, es decir a máquina, lo que consideraba ya listo. Sabemos también que era un gran relojero, que tenía sus propias herramientas y sabía hacerse cargo de lo diminuto. Destacamos estos detalles debido a esa relación de vecindad que se da, incuestionablemente, entre esos dibujos con la misma escritura, teniendo muy presente que ambos, dibujo y escritura, son actividades manuales. Vecinas y distintas, a veces con sus propias herramientas. Un juego de grafos para los dibujos… 

 El espacio escritural y el espacio plástico, con todo, comparten una misma mesa, papeles semejantes y tamaños, pareja disposición y posición del cuerpo. Y más que en meras hojas de papel, los dibujos parecen hechos en páginas. ¿Y cómo LEER esos dibujos? Pues debiera postularse una legibilidad de muchos de ellos, en los que la letra se transmutó en garabato y la línea asumió sus propias aventuras.

 ¿Y dicen algo de esas líneas dibujadas las líneas de los poemas escritos? ¿Aún si en los dibujos se tratara, sobre todo, de un asunto de la mirada?  

En unas líneas de Muerte por el tacto leemos que “habrá que estar presente”,  en “el caos de la mirada”. Y seguro que nada asiste mejor al tiempo de ese caos, que la mano, que a su vez mira y dibuja por su cuenta, en otro idioma. Es ella la que encuentra su camino en el caos de la mirada. Más allá, en el mismo poema, escuchamos esta confesión: guardo devoción por la mirada de los niños y me gusta dibujar cuando llueve

¿Cómo se justifica la conjunción que une esos versos? Si podrían parecer dos frases sin nada que ver entre sí, la conjunción le confiere a la segunda un estatuto (con) secuencial, mientras su simpleza llana, casi candorosa, aloja perfectamente el primer verso, tan cargado: devoción/mirada/niños. A la mirada de los niños, “que no han visto nada”, se les atribuye un grado de inocencia y transparencia. La novedad de mundo que sus ojos conllevan puede conjugarse muy bien con esa novedad de mundo que sucede a una lluvia recién caída. Una emoción originaria embarga entonces al poeta/dibujador, que inmediatamente añade:
y cuando se humedecen mis ojos, me es necesario poder  hablar el idioma secreto originado durante el triunfo de las cosas

El secreto idioma  de las calladas cosas está sin duda más próximo a la artesanía del dibujo que al sentido del logos. Entre tanto lluvia, llanto, dibujo están cerca, con su propio olor. En otra parte, en Aniversario de una visión habla del olor de ciertos dibujos que nos hacen llorar y que a la vez nos causan júbilo

El júbilo quizá se guarece más fácil, e incluso modestamente,  en el callado y paciente trabajo de las líneas y los espacios. Hay dibujos, como el que se ve en esta página, que son extraordinarias composiciones abstractas. Mucho mejor realizadas, si se quiere ser polémico, que tantas de las páginas en prosa, a veces cansonas de leer.

Se trata, en parte de los que podemos ver, de dibujos exactos, detallados, meticulosos. Todo está bien colocado y bien sujeto, donde debe. Parcelas, dimensiones, pendientes, texturas, zonas de mayores o menores intensidades. Aquí las relaciones entre el ojo y la mano van por otros caminos. En ellos la mano deja de seguir al ojo que, como en el dispositivo de la representación, seguía a su vez al modelo. Ahora el ojo y la mano, en cambio, confabulan, mapean, cartografían otros territorios y  es ya también la mano la que mira y la que guía, mientras el ojo la sigue y procura, sólo a la hora del conjunto, de influir en sus decisiones.

Dibujos meticulosos, garabatos estilizados, composiciones rigurosas y muy precisas, “honduras inimaginables, concavidades” que en papeles no más grandes que una página, multiplican el espacio, le hallan otros pliegues, lo surcan y lo acotan, lo atienden y le inventan, una sintaxis nueva. En un poema se dice de alguien que “incendió la transparencia del sucedido y creó una creación”.

No se trata, por otra parte, de espacios fantasiosos u oníricos. Más bien los atraviesa la luz blanca de la vigilia total, de la vigilia paciente y obsesiva. “Atravesando el cristal frío” dice un verso. Agrimensura del silencio.

El poema del que acabamos de ver unas líneas empezaba así:

Tu parecido a mí no se encuentra en ti, ni en mí, ni tampoco en mi parecido a ti pero en alguna línea trazada al acaso y que el olvido hizo memorable.

Ya se ha comentado de esa indeterminación que hay entre el tú el yo que se presentan, en estos poemas en los que el doble acecha, incesante.  Esa indeterminación tiene la misma fuente de la que nacen, indiferentemente, autorretratos o calaveras. ¿Y acaso no es, una calavera, un rostro-en-última-instancia?

Pero entre la mirada primigenia del niño y los ojos que no ven nada de la calavera, las líneas del dibujo o la escritura recorren una distancia perpetua, pues llegada o partida, ir o venir, apenas ya se diferencian. El júbilo y el “olor del abismo” quedan en un punto al medio, pero en un punto móvil. Y una línea, dice Klee, es un punto que se va de paseo.

 

 

 

Confidencial

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