Prometeo en llamas

Un cuento de hadas al estilo Tarantino

Es el de siempre, pero más íntimo, maduro; se da el trabajo de, lentamente, ponernos en contexto para compartir con nosotros un recuerdo muy suyo...
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Adrián Nieve Escritor

Once Upon a Time in Hollywood –OUATIH para los amigos– es una película que funciona como una memoria de Hollywood en 1969, pero vista desde la subjetividad de Tarantino. Desde sus ojos, oídos y mente que idealizan una época y le rinden el más grande homenaje de todos al tomar su momento más crucial –la muerte de Sharon Tate en manos de la familia Manson– y lo convierten en un cuento de hadas. 

Porque OUATIH es muchas cosas, pero en base es eso: un cuento de hadas que narra un día en la vida de tres personajes –en realidad, un día y una noche– de los que Tarantino se vale para que entendamos cuál es el Hollywood que él recuerda, que él ama, que él todavía vive.

Al menos de eso se tratan las primeras dos de las casi tres horas de este filme, en las que vemos al personaje de Leonardo  DiCaprio trabajando, al de Brad Pitt manejando y coqueteando con hippies y al de Margot Robbie –Sharon Tate en la película– yendo al cine, todos sumergidos en una avalancha de referencias destinadas a despertar memorias en los más viejos y poner en contexto a los más jóvenes. 

Este fue Hollywood, nos dice Tarantino. Así sonaba, esto pasaba, esta es la música que se escuchaba, las drogas que se tomaban, esto era ir al cine antes de las salas de cine, así funcionaba la industria para los actores y los dobles de riesgo, así trabajaban los representantes y así vivían los grandes directores, o los actores populares y hasta los olvidados. Estas eran sus fiestas y estas sus rutinas, estos eran sus miedos y sus gajes, estas eran las personas que vivieron los días de 1969, antes de que Manson y sus seguidores lo cambiaran todo. 

Porque eso hicieron: cambiaron la historia. El asesinato de Sharon Tate marcó el fin del jipismo –cuyo panegírico fue Woodstock– pero también trajo un cambio importante en la cultura popular y psicología de todo un país. Del mundo, en realidad, porque Hollywood significa mainstream y ya desde entonces los yanquis exportaban cultura. Y por eso estas dos horas del onanismo nostálgico de Tarantino son importantes. Porque en ellas –a través de la nostalgia de Quentin, estoy hablando de la música en la radio, las calles y sus carteles encendiéndose por la noche, las voces de los locutores de radio, los programas en la televisión– se construye un ambiente que en los últimos minutos –en la usual clave de violencia tarantinesca– deconstruye la nostalgia para que los 20 segundos finales transformen al filme en un cuento de hadas. 

Y todo a partir de una pregunta muy sencilla: ¿cómo habría sido el mundo si las cosas hubieran sido diferentes?

Por eso, cuando dicen que es muy lenta, que es muy larga, que podía ser más corta y permanecer poderosa, me pregunto: ¿cómo es posible que esperemos años por películas de Marvel, o temporadas de Game of Thrones, pero no seamos capaces de disfrutar dos horas de construcción de trama y ambiente? ¿De qué manera, entonces, podremos entender cómo un actor acabado, narcisista e inseguro y un doble de riesgo con un pasado reprobable pueden ser héroes y cambiar la historia? ¿Cómo habría sido el presente si los recordáramos a ellos y no a Manson?

De alguna forma Quentin hizo lo mismo que hace siempre, pero le dio un muy necesario giro de frescura. Este filme lo marca como más dispuesto a jugar con el lenguaje visual, esta vez a su manera. Ya no son solo homenajes divertidos que dan tono, ahora tienen la meta de dar tono y profundizar el giro de la trama.

 Eso se nota en algo tan sencillo como que el lenguaje de las cámaras, en las primeras horas del filme, es típico del western clásico, para darse el gusto de mostrarse como un muy sobrio spaghetti western en los últimos minutos. No es que haya algo nuevo bajo el sol en las tierras de Quentin Tarantino, es que los años lo han animado a ser un poco más sutil, íntimo y honesto.

¡Y el elenco! ¡Qué buenas actuaciones! Primero que nada, DiCaprio que encarna con maestría a un actor derrotado –lo cual, cuando eres un actor de la calidad de DiCaprio, debe ser más que difícil–. También está Margot Robbie que enternece en su rol de Sharon Tate y la representa tal como la describieron las leyendas tras su muerte: un ser alegre, tan humano como angelical, cuya misión es ganarse la ternura del público, tal como lo hizo la Tate original. 

Pero el que se roba la película es Brad Pitt con el personaje más misterioso y mejor construido de todos, un vaquero de la vida real, un sujeto posiblemente horrible, pero al que conocemos desde su lado más tierno, un protagónico que comparte escenas con los mejores personajes secundarios: Margareth Qualley en su encarnación del horror oculto en el cuerpo de la juventud y Brandy, la pitbull –verdadera heroína de la película– que hace de su fiel mascota en un guiño muy tarantinesco: un doble de acción dueño de una can tan entrenada como tuvo que estarlo Lassie.

En resumen: es el Tarantino de siempre, pero se siente más íntimo, maduro. Es un Tarantino que se da el trabajo de, lentamente, ponernos en contexto para compartir con nosotros un recuerdo muy suyo. Y, lo mejor, no está solo, cuenta con un impresionante elenco que le puso alma, vida y corazón a una película sencilla en apariencia, pero que de seguro requirió de muchísimo trabajo. Así que hay que verla. Sí o sí en cine, sí o sí en su idioma original.

 

 

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