Novela

Un grito apasionado de optimismo

“Necesitamos una expiación de nuestra culpabilidad. El texto de Ayo nos impulsa a preguntarnos si realmente como sociedad boliviana somos pura emoción”.
domingo, 25 de agosto de 2019 · 00:00

Erika J. Rivera  Licenciada en derecho y filosofía

   El 18 de agosto de 2019 Página Siete publicó un texto del ensayista Bernardo Prieto sobre la novela En la cumbre (La Paz: Editorial 3600, 2015) de Diego Ayo Saucedo. Me atrevo a proponer esta reseña de la misma obra, porque el artículo de Prieto no contiene nada específico sobre la novela y más bien hace gala de generalidades posmodernistas poco claras acerca del arte de escribir, incluyendo una descalificación muy usual de todo esfuerzo por criticar regímenes autoritarios.

En la cumbre es una novela que vale la pena releerla a cuatro años de su publicación por la vigencia de las problemáticas tratadas en esta ficción creativa. En nuestros días la obra toma cuerpo real por su mirada en perspectiva, porque el autor se imaginó un desenlace para 2021, cuyos antecedentes llegan hasta el inicio de los movimientos sociales e indígenas. Por otra parte, la novela describe la gran necesidad de auténtico cambio en la historia contemporánea de Bolivia. El texto es crítico porque a través de sus personajes investiga si realmente se ha materializado este proceso que alardea de cambio. Esta ficción novelística nos hace recuerdo a Dante Alighieri y a La Divina Comedia mediante una estructura que nos permite reconocer a muchos personajes importantes del momento: políticos, dirigentes e intelectuales. Ayo inventa nombres, pero podemos deducir quiénes son las personas reales. La gran diferencia con respecto a la obra de Dante es, por supuesto, la belleza del lenguaje: el novelista Ayo Saucedose decidió lamentablemente por un lenguaje chabacano. Pero haciendo abstracción de este detalle –tan importante en la estética literaria– el autor extiende una mirada ética y estética sobre el horizonte boliviano. 

El eje denominador común de la obra de principio a fin se construye a través de sus dos personajes principales, apasionados cada uno a su manera: Lucía y Daniel. El amor constituye la transversal romántica de redención. El amor todo lo puede. El amor está más allá de la política, la ideología, los prejuicios y las construcciones de género. Por ello esta obra, aunque tenga como hilo conductor el amor, no deja de lado la reflexión ética de sus personajes sobre temas políticos. Es más: la obra nos muestra que el amor es la base de todo, hasta en la generación de crítica. 

El crítico es el apasionado intensamente por la humanidad y por la vida. En un desenlace inesperado es este protagonista el que sobrevive y se impone a la vida: la salvación del personaje a un instante de la muerte es la proyección de las generaciones futuras. A pesar de que todo resulta mal, la redención del amor nos permite la esperanza. En esta marea, donde todo puede ser calificado de maligno, siempre algo cambia, algo así sea pequeño. Esta mirada optimista nos permite reflexionar sobre los distintos ámbitos que parecen ser los mismos problemas eternos de siempre. 

Esta novela es la mirada autocrítica de la construcción de lo nacional. Entonces podemos deducir que no nos encontramos en la inercia social. Por ello el autor nos presenta este grito creativo, mordaz e indagador de las propias subjetividades bolivianas denunciando una estratificación inamovible. Es un status quo que debiera ser transgredido; es un grito esperanzador, un grito de amor, un grito de crítica apasionada. Es el rescate del individuo ante el avasallamiento de los intereses particulares encubiertos mediante la máscara colectiva del interés nacional: el conocimiento y la crítica emergen como las bases fundamentales para el ámbito personal-privado y también para la esfera pública.

El saber, el conocimiento y la posición ética en la novela no es un iluminismo inspirado y súbito, sino todo lo contrario: es un recorrido de autoconciencia con avances y retrocesos. Esta novela es una interpelación de lo que significa el ser boliviano: cada individuo a su manera construye su encuentro con lo que podríamos denominar la bolivianidad.

El autor empieza a mostrarnos esta bolivianidad desde la subjetividad: cómo es que las miradas subjetivas legitiman la estratificación social, lo que en la novela se denomina la pigmentocracia. Este texto literario es una denuncia del orden estamental social boliviano que en pleno siglo XXI aún no ha sido superado: una mirada que prejuzga lo bueno y malo, lo aceptable, lo bonito y lo feo. Ante este orden inamovible, Ayo construye a su personaje como el triunfo de lo boliviano a través de la estética de los Andes, los olores y colores. Somos lo que somos reivindicando lo cobrizo como superación del gran acomplejamiento pigmentocrático de nuestra sociedad, donde la Amazonia no queda libre de esta estratificación. 

Todos tenemos sangre ayorea, quechua, aymara. Nuestros genes indios gritan a pesar de la blanquitud de nuestra piel. Lo aborigen lo llevamos marcado en el rostro y quien quiera huir de este país por la vergüenza de vivir entre indios, en el exterior siempre será un ciudadano de segunda. No hay duda de que la novela de Ayo transmite el amor por la patria, el amor por los Andes y el amor por lo que somos.

Esta tierra altiplánica, agreste y pálida, rodeada de impresionantes cordilleras, nos hace lo que somos, al igual que la tierra roja, los inmensos ríos y los árboles verdes configuran a los amazónicos. No podemos negar ni los olores ni los colores de lo que nos hace bolivianos. Es el intento de integración de la bolivianidad con el denominador común: igual de acomplejados somos todos. Esta denuncia establecerá el inicio del cuestionamiento de la inercia cultural.

   Daniel y Lucía, los personajes principales de la novela, son dos “niños bien”, acomodados, de buenos colegios, con herramientas desarrolladas para la investigación y muchos otros factores para ser los poseedores del saber, los transformadores del proceso y los revolucionarios del cambio. Por la inercia cultural ellos son los merecedores del privilegio para dirigir el proceso de cambio.

Ayo se inclina por la victoria romántica del amor: la reproducción por amor, más allá de los roles de género y  la novela resulta una excelente propuesta para evaluar y cuestionar el presente, no sólo en el plano de la política, sino también en el conjunto de la sociedad boliviana del siglo XXI. 

Esta obra promueve una ética de la responsabilidad, incitándonos a que logremos atravesar el espacio desde la conciencia habitual hasta la autoconciencia crítica. El lector no podrá escapar de la reflexión. Es una esperanza cualitativa con un cierre optimista y alentador porque se impone la vida hasta el último instante.

 

Confidencial

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