Historias

Del libro de ucronías

Al final, los españoles, todos, murieron en el encuentro, en un encuentro en el que el fundamental desencuentro fue el lenguaje…
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

Si en lugar de haberme matado, me hubieses amado. Si me hubieses cuidado como cuidas tu teléfono, con esmero, con respeto, con esa mirada absorta y de admiración. Esa mirada con que te miras, te conectas, te muestras, te dices, te desdices, mientes, mientes con mentiras buenas, si las hubiera. Si en lugar de ahorcarme hubieras rozado mi cuello con los labios, el cielo hubiera sido la sensación de tibieza y no esto que es ahora el cielo, la nada. 

Hubiera sido un cielo nuestro, el cielo nuestro de todos los días y de las noches. Pero no. Este cielo en el que ahora estoy es la nada. No existe, no hay cielo alguno. Hay una energía mía rebotando de ira en ira. Estoy en ninguna parte, no hay lugar para las muertas por tus manos, ni por las tuyas ni por las de nadie. Si no me hubieras matado a lo mejor hubiéramos comprado una caldera nueva para hacer uno, dos, tres cafés, unas infusiones, hubiéramos calentado el agua para la bolsa, para que tus pies y los míos conversen sobre la inmortalidad del cangrejo.

Atawallpa mandó a su capitán Chalkuchimac al encuentro con unos forasteros vestidos de lata, montados en bestias hermosas, grandes, altivas. Lo mandó para que averiguara qué intenciones traían, qué eran esas lanzas que escupían fuego y otras curiosidades. Chalkuchimac obedeció y fue, sin prisa, pero sin pausa. Los encontró en uno de los caminos del Inka, en medio de un altiplano tenso como el altiplano. 

Llegó con cinco guerreros más, fornidos, morenos, armados con macanas, hablando en quechua y cantando de rato en rato unos kajelos bien bonitos. Rodearon con curiosidad y sospecha a los forasteros, Pizarro, el padre Valverde, dos soldados y un pequeño facineroso con cara de mañudo que se hacía llamar Felipillo. Era el traductor, cocinero, limpia caballos, lustra armaduras, saca mocos y más cosas, de Pizarro. 

El antepasado de un montón de gente que hace lo propio ahora con los jefes sin mayor talento que ser impostores con la boca suelta, llena de incongruencias. Lo cierto es que Chalkuchimac los enfrentó y preguntó, en quechua imaraycu, ¿están por estos lares? A lo que el padre Valverde, poniendo cara de bueno y en son de paz, levantando por los aires un libro, el libro del Dios, la Biblia, manifestó que venían en son de paz, como los marcianos, que traían ahí, en el libro, la palabra de Dios. Chalkuchimac tomó la Biblia en un movimiento rápido y ágil, se la puso pegada a una oreja. 

La palabra suena, debe sonar, le dijo a Felipillo. Y esta palabra no suena nada. Son puro hormigas aplastadas en estas cosas que parecen chalas de choclo delgadas. Se refería al papel. Como nada escuchó, lanzó la Biblia al piso. La pisó. Le dio un puntazo, la escupió. Valverde, Pizarro, los soldados, se pusieron, asombrados, en apronte, iban a desenvainar las espadas, pero los guerreros quechuas, antes de que eso pasara, les cayeron con las macanas en las cabezas encascadas. Las partieron, las destrozaron. La sangre salpicaba por doquier, era una escena de Tarantino. 

Al final, los españoles, todos, murieron en el encuentro, en un encuentro en el que el fundamental desencuentro fue el lenguaje. Por ello, no hubo conquista, ni colonia, ni casa de la moneda, ni rateros nuevos, ni vino.

En una noche de julio, en medio de la plaza mayor de la ciudad de La Paz y en ocasión de una verbena en la que se toma y se baila y se vuelve a tomar hasta olvidar varias cosas, como la billetera o la compostura, o el teléfono, un tipo murió. Este hecho, analizado por la Policía y sus sesudos investigadores, ocurrió a causa de que un grupo de revoltosos y conspiradores con nombre de calles hizo una revuelta y terminaron en la horca. 

Por eso murió el tipo en cuestión. Uno de los detectives explicaba a la viuda, una señora joven de menos de 32 años, que este luctuoso hecho no hubiera ocurrido si esa noche, la noche en la que se juntaron los protomártires con nombre de calles de la zona norte, hubieran hablado de otra cosa en lugar de conspirar. 

Si hubieran tomado un jerez español de mejor calidad y la conversación, amena y cada vez más subida de decibeles, hubiera consistido en discusiones alrededor de cuál es la mejor piedra para el empedrado de la calle de la Cruz verde, o con qué ají le va mejor la sajta, si con amarillo o colorado, en el entendido de que el mencionado platillo ya haya tenido en esos tiempos la popularidad que tiene ahora. 

El detective, entusiasmado y apasionado con su explicación y sin levantar la vista del centro emergente de la viuda, apenado y con ganas contenidas, le dijo: ¿Ya ve? Caso resuelto. Esos caballeros, si no salían a tomar el polvorín, no hubiese muerto su exesposo. Y ya que tiene usted un esposo en ausencia, ¿no le gustaría acompañarme a brindar con dos cervecitas?
 

 

 

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