Reseña

Salmuera: rendir el cuerpo

El libro de la cruceña Natalia Chávez será presentado este viernes 9 a las 22.00 en la FIL, en el marco de la colección Mantis.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Mariana Ríos Urquidi Escritora   

Algo familiar nos envuelve en los relatos que conforman Salmuera (2019), el segundo libro de la escritora boliviana Natalia Chávez, publicado por la editorial Mantis Narrativa. Lo familiar también le da nombre a uno de los 10 relatos que componen esta colección que nos invita a leerla con el epígrafe siguiente: “Lo que madura por completo puede podrirse”. Una frase de esa hermosa novela que es La hora de la estrella, de Clarice Lispector, la melancólica escritora brasileña que escribía desde una especie de náusea existencial que sentía con todo el cuerpo. 

No es casual, pues, su elección (cómo podría serlo), pero no me detendré en ello sino sólo para marcar el inicio de este libro que transita lo familiar en los espacios aparentemente nuestros, lugares que suponemos conquistados y domesticados en la normalidad apaciguadora que nos ordena. 

Es el cuerpo el primer espacio a vencer, la primera frontera que sus protagonistas cruzan en el extrañamiento producido por situaciones familiares: juegos de la infancia, el recuerdo de una madre ausente, la búsqueda de un hermano perdido. Así se abren camino los relatos de Salmuera, con una escritura precisa, descarnada y corporal que se detiene en sensaciones mínimas y potentes. Como la angustia de una de las protagonistas ante su propia mano rebelde, una mano liberada de su cuerpo que escribe lo que la protagonista niega o pretende ignorar. 

Acto seguido, laceraciones. El ardor de las heridas en la mano castigada. O, también, la oscuridad de un juego de niños que no se explica porque no encuentra palabras, pero tal oscuridad se instala en la propia casa y ensucia la inocencia del juego con el pis ácido de la niña escondida. 

Otra protagonista recuerda el sabor salado del sudor de su madre en la parte interna de su antebrazo, y luego vuelve a sentir el mismo cuerpo que yace a su lado, inerte ya, mientras se descompone. En todos los relatos la voz narradora se identifica como mujer y la experiencia sensible y extraña es particularmente poderosa desde este lugar. 

Salmuera fija la mirada en la realidad que experimentan niñas prostituidas, muchachas alcohólicas, mujeres que deambulan solas por la noche de la gran manzana neoyorkina. La escritura de estos relatos se instala en los cuerpos de sus protagonistas para poder mirarlos desde adentro y hacia afuera. Los disecciona a partir del contacto con los otros, ¿de qué otra forma sino?

Los últimos tres relatos del libro se desarrollan desde otro centro, están fuera de lo que resulta familiar porque sus protagonistas se encuentran lejos de su lugar de origen. 

A diferencia de los anteriores siete relatos, estos últimos se escriben desde la extranjería y desde ella construyen y reconstruyen sus historias y las de los fantasmas que las acompañan. Aquí la distancia arde, como las heridas de la mano lacerada y entonces se intuye que será sólo desde el ardor producido por la experiencia de esos espacios ajenos, espacios otros, que la vida empezará a madurar. 

En este punto, la lectora y el lector se enfrentan ya con el mayor desasosiego. Hasta aquí llegamos, no hay vuelta atrás, parecen decirnos las protagonistas. ¿Cuántas hay? No dejamos migajas en el camino para volver a casa, para salir del bosque de cuerpos en el que nos metieron y en el que estamos destinadas a peregrinar en busca de un lugar para hacerlo nuestro. 

De aquí a allá, del East Village a Washington Heights, “Norte, sur, este. Brooklyn, Manhattan”, nos dice otra de ellas. El tiempo no se detiene mientras amanece en Nueva York y la protagonista despierta con un charco de sudor entre su espalda y el sillón que sirvió de cama las anteriores dos noches. God Bless You”, escucha luego en la calle mientras recorre la ciudad hacia su próximo destino, otro alojamiento temporal en la casa de una amiga que la espera y la promesa de un nuevo amanecer. 

En el siguiente relato, el segundo de esta última serie, será el sonido del celular el que nos produzca desazón, sonido premonitor de lo que ocurre lejos, en la casa familiar donde el tiempo avanza también. ¿Hacia atrás? Sí, al tiempo de la infancia y de las primeras experiencias. 

Una amiga será el ancla a tierra firme que permita a la protagonista sortear la deriva. “Marta”, dice ella, y el nombre es un sonido disonante en el eco que llega desde casa. Para terminar, el último relato encuentra un lugar habitable en compañía de otro cuerpo en la cama, pero el calor dura poco y luego hay que seguir camino. Es la experiencia migrante del ser, el cruce total al territorio del otro, la entrega de este cuerpo nuestro, controlado, rendido ante el extrañamiento que produce el contacto: “You okey?”, es la pregunta que queda sin respuesta.

 

 

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