El canibal inconsecuente

Temporalidades de antaño

La principal misión de los almanaques era la de registrar las fiestas anuales, así como también las fechas cívicas y las católicas más representativas.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investigadora

El mes pasado, hablando de forma muy breve sobre algunos remedios curiosos de la botica decimonónica, también pude mencionar, aunque rápidamente, la expansión de estos anuncios en los almanaques de aquel entonces. Por eso, en esta ocasión me gustaría retomar el tema con un poco más de calma, para centrarme en estos peculiares objetos culturales que marcaron el advenimiento de la cultura de masas en el siglo XIX. 

Ligados a la expansión del mercado y, como lo muestra el caso del Almanaque pintoresco Bristol, a la creciente industria farmacéutica, los almanaques son una prueba material de los cambios de mentalidad que afectaron a las sociedades coloniales en su transición hacia la República. 

Como su historia es larga y compleja, el corpus que podríamos consultar para hacernos una idea más cabal de lo que representaron para las comunidades de antaño es, obviamente, demasiado vasto como para que lo tratemos en estas cuantas líneas. Por ende y para salir de este aparente impasse, tomé la que me pareció la solución más fácil y coherente, y elegí una pequeña selección de almanaques paceños que forma parte de los fondos antiguos de la Biblioteca Central de la UMSA.

 A grandes rasgos, se trata de una colección bastante completa que va desde 1833 (el primero que encontré) hasta el año 1864 y no dudo que habrán muchos más a lo largo del siglo, sin embargo, como decía un poco más arriba, me limitaré a estos ejemplares (que son un poco más de una veintena) por razones de tiempo y claridad. 

Resulta importante señalar que, en un primer momento, estos almanaques se encontraban fusionados con las populares guías de viajeros (o “forasteros”, según algunos de sus títulos), por lo que todo indica que estaban destinados a un público extranjero, deseoso de ver estas flamantes repúblicas.

 Es así que nuestro primer número presenta una interesante síntesis del proceso independentista y se abre con la llegada de Andrés de Santa Cruz, para después ofrecer una extensa lista de los servidores públicos que componen los tres poderes estatales. 

No está demás decir que esta engorrosa práctica desaparecería en ediciones posteriores y daría paso a consideraciones de otro tipo, en su mayoría religiosas, que también aportan datos significativos sobre las prácticas cotidianas de la antigua ciudad de La Paz, ya que marcaron el ritmo de su día a día: las celebraciones tradicionales, las témporas (antiguos periodos de ayuno) o cualquier otro evento susceptible de alterar el cotidiano.

 En efecto, y como bien lo sabemos, la principal misión de este tipo de publicaciones era la de registrar las fiestas anuales, así como también las fechas cívicas y católicas más representativas, junto con algunos datos sobre el movimiento de los planetas. 

Unos años después, los editores del Almanaque del departamento de La Paz de Ayacucho, para el año tercero después de bisiesto de 1843, comenzarían con una puntualización sobre las Ideas elementales para el conocimiento de los almanakes (sic) y calendarios, ofreciendo al público numerosos detalles sobre las formas de medir el tiempo y las distintas divisiones que rigen el calendario gregoriano.

 Asimismo, aportaban datos de historia general, santorales mensuales, lunaciones, nombres de los presidentes y monarcas de diversos países de Europa y América, como también una sección de “variedades cosmográficas y curiosas útiles al viajero”. En algunos casos, como en el de 1859, la información era aún más amplia y se enfocaba en el movimiento de correos y los itinerarios a ciudades y poblaciones cercanas a La Paz.

 Si bien es difícil afirmar a ciencia cierta quiénes fueron los principales consumidores de este tipo de textos, sabemos por los exlibris que adornan algunos ejemplares que muchos de estos pertenecieron a José Rosendo Gutiérrez, eximio coleccionista y, sin duda, gran intelectual del período. 

Sin embargo, esta filiación de pertenencia no debe engañarnos, puesto que las más veces estos documentos estuvieron destinados a un sector mucho más amplio y popular. Es así que los almanaques, por su naturaleza misma, llamaron la atención de un lectorado variopinto que vio en ellos una forma práctica y rápida de adquirir conocimientos y, puesto que se trataba de un material de gran difusión y de fácil acceso económico, éstos constituyeron un vehículo privilegiado de la incipiente cultura de masas inaugurada por el siglo XIX.

Su rápida expansión por América Latina y su pervivencia hasta bien entrado el siglo XX (y, en algunos casos, hasta hoy) son prueba irrefutable de su éxito editorial. 

 Empero, en esta pequeña colección, debemos notar la ausencia de todo elemento literario, que no deja de ser llamativa. A diferencia de otros almanaques de la misma época, publicados en países de habla hispana, como en el caso de México, en los paceños no encontramos rastros de poesía (ya sea satírica o seria) ni de prosa breve, como tampoco grabados u ornamentos de demasiada complejidad, que fueron la delicia de los imprenteros en regiones incluso más cercanas a nosotros como el Perú. 

Aun así, no dejan de ser un importante testimonio de su tiempo y, si nos pudiéramos detener con más cuidado en sus rasgos específicos, encontraríamos las distintas filiaciones ideológicas que los rigen, empezando por la más evidente: la republicana. 

Y ese que, partiendo de la afirmación de las particularidades locales de La Paz, estos almanaques no solamente colaboraron en la creación de una identidad puntual, sino que también insertaron a la ciudad en una dinámica nacional e internacional de gran alcance, constituyendo así un magnífico instrumento de difusión global antes de la era de la comunicación digital.

 

 

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