Pintura

Trazo y existencia en Clarice Lispector

El autor señala una pequeña triquiñuela de Lispector, que nadie advirtió antes.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean Escritor

Leyendo a Lispector uno se encuentra frecuentemente con zonas de indeterminación, donde lo expresable acude a recursos intuitivos, alejados de toda claridad expositiva. En La pasión según G. H. a esto, llevado al extremo, se dice lo neutro, o es el “it” de Agua viva y que tiene “la textura con que están hechas las cosas”, alumbradas a “la luz de lo que existe”. Puede estar en lo tal-cual que reluce en el poema o en la evidencia a la que señala el dedo del maestro zen.

Lo ordinario, que es a lo que hay que despertar, para G. H., puede incluso confundirse con lo divino. 

Sin embargo en otras versiones, eso divino también puede estar lejos, por lo menos aparentemente. Y para no alejarnos de los bichos recordemos, por poner un caso, este poema del viajero Bashô:

Nada más que pulgas y piojos, 
y en mi almohada
se mea además un caballo.

Lo que se dice, o lo que se canta, es simplemente lo que hay. De haber una ética, ésta sería la de la constatación. También Rilke lo dijo tajantemente. En una carta a Clara Westhoff de 1907, escrita bajo el estado de maravillamiento en que cayó ante la gran exposición retrospectiva de Cezanne, que tuvo lugar esos días en París, y señalando la novedad del pintor frente a pinturas anteriores, Rilke dice lo siguiente: “Se pintaba: yo amo esto, en lugar de pintar: aquí está”. En esa pequeña frase también ya se vislumbra, resumida en lo esencial, la pasión de despojamiento de G. H. en su precipitación hacia lo más desnudo. Rilke continúa y puntualiza más aún ese camino, diciendo que Cézanne “supo reprimir su amor hacia cada manzana y ponerlo a salvo para siempre en las manzanas pintadas”.

Pero en todo caso y desde las relativamente pequeñas telas de Cézanne corrió mucha pintura bajo los puentes, y es seguramente a la pintura abstracta a la que más pudo acercarse Lispector. Eso es, por lo menos, cuanto deja pensar el epígrafe con que se abre Agua viva, libro que se supone escrito/hablado por una pintora:

“Debería existir una pintura totalmente libre de la dependencia de la figura –el objeto– que, como la música, no ilustra nada, no cuenta una historia y no lanza un mito. Esa pintura se contenta con evocar los reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia”.

La cita es de Michel Seuphor, un curioso pintor y escritor belga, quien  en 1964 publicó en Inglaterra un libraco de lujo, con muchas ilustraciones en color. Abstract Painting. Con un subtítulo sumamente ambicioso: 50 Years of Accomplishments from Kandinsky to Pollock. (hay versión en .pdf). Es el libro del que  Clarice sacó el epígrafe, más exactamente de las páginas 157 (que lleva un garabato de Hans Hartung y tiene justo al frente, en la página 156, un párrafo sobre el –inexistente– arte abstracto en… Brasil) a la 158. Seguramente, además, que ella misma tradujo el párrafo, adaptando a su antojo la última frase. Si en el original el párrafo se cierra diciendo “where analogy becomes relationship and rhythm” (donde la analogía se convierte en relación y ritmo) en la versión del epígrafe dice,  en cambio: “donde el trazo se convierte en existencia”. Trazo y existencia entonces: esas palabras las puso Clarice. Son de su propia cosecha.

(Permítaseme un paréntesis: No sé de ninguna otra parte en que se haya señalado esto. No lo hace Benjamin Mosser en su minuciosa biografía /Whythisworld/ donde cita, justamente  las líneas del epígrafe en cuestión, ni tampoco lo hace Carlos Mendes de Souza en su prólogo al librito Pinturas, que reúne las de Lispector (Ed. Rocco 1984). Por lo visto a nadie más se le ocurrió buscar el original de la cita/epígrafe, ¡Reclamo el copyright por ser el único, que yo sepa, que se enteró de esto! Aquí quedó dicho).

Las 131 ilustraciones del libro (extraordinariamente bien elegidas, hay que destacarlo), sumadas al texto, entonces ya ofrecen, a cualquiera que les preste toda la atención merecida, una completa educación de la mirada en relación con el “arte abstracto” en sus años de gloria. 

Podemos decir pues que, por lo menos a través de ese libro, Lispector estaba perfectamente enterada de lo fundamental de la pintura de su tiempo. Me gusta pensar, encima, que seguramente ella volvería a su ejemplar una vez y otra, que éste acabaría todo gastado, desvencijado. De todas formas, y esto es conmovedor, podemos ver los mismos cuadros, o las reproducciones, que ella entonces seguro conocería, repetidamente miraría a sus horas… 

A partir de aquí, ya es incluso posible ponerse a pensar sobre la influencia y el influjo que la pintura tuvo en la escritura y la existencia de Lispector. Y tanto tuvo que haberla seducido, perturbado o encantado el mundo de dicha pintura, que hacía 1975 ella misma se echó a pintar.

En unas palabras publicadas por su amiga Olga Borelli, comenta cómo se puso a pintar: “Sin ser una pintora en absoluto, y sin aprender ninguna técnica. (...) Es relajante y, al mismo tiempo, excitante jugar con los colores y las formas sin comprometerse con nada. Es lo más puro que hago”. ¿A qué se referiría con que la pintura podría ser “lo más puro” que hacía? 

La pintora de Agua viva dice: “Antes que nada, pinto pintura”. Pintar la pintura es, precisamente, una de las grandes intenciones del llamado arte abstracto, donde lo real es confrontado nada más que a punta de puras líneas, puntos, y colores, de manera que huye de cualquier imposición de sentido, si no es del sentido mismo. Es en el lenguaje, en efecto, donde el sentido cobra verdaderamente sentido y se enseñorea, se explicita o puede aún interrogarse sobre sí mismo.

 En la pintura en cambio, en su silencio y la pureza de su relación con lo visible y la mirada, las palabras no tienen por qué actuar ni decir nada. La pintura, en efecto, puede ser perfectamente in-significante. Pero en la escritura suelen venir palabras muy densas, cargadas de abismos y sentidos, en la misma medida en que hablar  sería “precipitar un sentido”.  

Leyendo a Lispector, siempre se las está escuchando: pasión, infierno, neutro, humano… Clarice ya se había quejado antes de la dureza de la escritura, de su incapacidad de traerle ninguna paz y que a veces la hacía abominar de ella. Tanto que pudo llegar a preguntarse: “¿Quién sabe escribo por no saber pintar?”

 

 

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