Historia

Un hombre limpio

Sobre un periodista español, una testigo y Marcelo Quiroga Santa Cruz.
domingo, 04 de agosto de 2019 · 00:00

Alex Aillón Valverde Periodista y escritor

 “La maquinaria cuidadosamente engrasada se puso en movimiento casi sola. Estaban preparadas las ‘listas’ de la gente que debía ser puesta fuera de juego en las primeras horas del golpe. Las había puesto a punto el jefe de Inteligencia del Ejército, coronel Luis Arce, un aventajado alumno de cursos militares en España, por el procedimiento de entrar a punta de metralleta en el Ministerio del Interior, poner contra la pared a su titular, Jorge Selum, y llevarse al cuartel de Miraflores los archivos del Departamento II. Estaban listos también los que habían de ser protagonistas de la parte más sucia del nuevo golpe (¿el 180, el 200?): los paramilitares. Una mezcla de militantes de extrema derecha nutridos en la Falange Socialista Boliviana y de delincuentes comunes vinculados a la mafia de la cocaína, la primera fuente de ingresos extraoficiales del país. Su ensayo general había sido la sublevación de Santa Cruz de la Sierra, el 17 de junio. Su animador de entonces, el capitán Rudy Zaldívar, jefe de una invención banzerista denominada Pacto militar campesino, con muchos militares y pocos campesinos”.

Y uno de los que encabezaban la “lista”, sin lugar a dudas, era el llamado “enemigo número uno” de las Fuerzas Armadas de ese tiempo, el político socialista y escritor Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Los dos párrafos que inician este escrito forman parte de un conjunto de tres notas que nutren el reportaje titulado “Bolivia, la esperanza derrotada de América”, publicado por El País de España, el 3 de agosto de 1980, al regreso de su enviado especial, un periodista de nombre Ángel Santa Cruz, cuyo rastro se pierde con su última contribución registrada en la red del importante matutino íbero también en agosto, pero del 2004, con un artículo sobre el libro La ocupación, subtitulado Información y guerra: un nuevo totalitarismo mundial, del veterano periodista argentino Osvaldo Tcherkaski.

Ángel Santa Cruz, qué curioso pues coincidentemente lleva el mismo segundo apellido del autor de Los deshabitados, transitó por varios escenarios de una Bolivia convulsionada desde principios de julio de ese año, un mes decisivo en uno de los capítulos más despreciables de nuestro  siglo XX, cuando llegó a entrevistar al jefe de las Fuerzas Armadas de ese entonces, Luis García Meza, quien jamás llegó a concederle esa entrevista, sin embargo, Santa Cruz, sin saberlo, presenció la crueldad del golpe de Estado y luego se dio modos para entrevistar a una testigo presencial de la muerte de Quiroga Santa Cruz, en Sucre.

Estos son algunos fragmentos de ese diálogo, dado el ambiente de terror estatal que se vivía en ese entonces. No he podido ubicar si formó parte del juicio de responsabilidades al dictador, pero es muy probable que así fuera. De todas maneras, los testimonios de la gente que estuvo en la COB ese día están muy bien documentados en diferentes publicaciones.

“Llegué a las once y diez de la mañana a la Central Obrera Boliviana y ya estaba reunido el Comité de Defensa de la Democracia. Estaban presentes todos los dirigentes políticos del comité, don Juan Lechín, Marcelo Quiroga Santa Cruz..., muchas personalidades. Cuando se terminó la reunión, todos salieron fuera, al corredor. Yo era la primera vez que venía a la COB, como a La Paz misma. Entonces empezaron a oírse unos tiros, muchos. Nosotros nos tiramos al suelo y nos recogimos en otra pieza. Yo no lo vi a don Juan Lechín después, que estaba con nosotros, pero parece que se quedó en otra pieza...”.

Luego, la testigo relata cómo los paramilitares “todos de camisa blanca, pantalón oscuro y con el cabello bien recortado” sacaban a Marcelo de la fila y luego le disparaban. Ella cuenta que pasó sobre su cuerpo aún con vida y escuchó cómo entre los asesinos del líder socialista insistían para que sea rematado, sin atreverse a hacerlo.

“Es a un hombre limpio que se ha asesinado; no lo conozco al otro y no puedo decir quién era; para mi manera de pensar era un periodista de Presencia, pero no lo puedo afirmar porque yo es primera vez que estoy viniendo acá y no conozco mucho a la gente”.

Cuando ocurrió el golpe de García Meza yo tenía diez años. Aún así recuerdo que mi padre, el periodista y poeta Eliodoro Aillón, logró salvarse y salir nuevamente al exilio gracias a unos amigos de infancia que tenía dentro de los aparatos de Inteligencia. Al día siguiente a mi madre y a nosotros nos sacaron agentes del régimen, con bombas lagrimógenas, de un baño de nuestra casa. Querían interrogarla. Mientras estudiantes de la Normal hacían resistencia en las calles.  Había comenzado otra historia. Una bien oscura.

Luego de años, pude conocer a la compañera de Marcelo Quiroga Santa Cruz, Cristina Trigo. Recuerdo que la veía entrar y salir de la Corte Suprema de Justicia. A veces me la cruzaba por la plaza, junto a Juan del Granado, cuando pelearon y ganaron la condena al tirano y asesino Luis García Meza, y a su delfín, Luis Arce Gómez. Luego murió Banzer sin ningún tipo de castigo. Él, uno de los responsables de todo lo que pasó. 

Cristina murió mucho tiempo después sin haber logrado recuperar el cuerpo de Marcelo. En 2010, presentó una demanda contra el Estado boliviano ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por la falta de voluntad para encontrar los restos de Quiroga Santa Cruz. También se opuso a que la Ley contra la corrupción llevara el nombre de su marido, quizás porque vislumbró ya en lo que esto se convertiría. Ella que en su día reclamó:

“¡Todo un poder del Estado, respaldado por tanques y metralletas, teme a un muerto! Yo no sólo pido que se reclame por mi compañero asesinado, aunque este caso, es para mí, el más doloroso. Expongo la tragedia de un hombre que ha vivido, luchado y muerto por la causa justa de los desposeídos, de los que no tienen patria en el suelo que han nacido, de los que son explotados, masacrados y humillados. De un hombre que ha sido asesinado porque buscaba que los niños no mueran de hambre, porque los ancianos tengan una vejez digna, porque los mineros, campesinos y trabajadores tengan una vida mejor, porque todos tengamos una patria justa, libre y soberana.”

Es cierto, como dijo la testigo entrevistada por el periodista español Andrés Santa Cruz, Marcelo era un hombre limpio, y lamentablemente los hombres limpios, en capítulos como éste  son los que se van primero, en tanto los otros, qué duda nos cabe ahora a los bolivianos, pueden y quieren quedarse siglos.

Marcelo nos deja la memoria del político y el líder, pero también nos deja obras maestras de la literatura boliviana: Otra vez marzo y Los deshabitados. En ese poco de belleza que puso en este mundo su recuerdo resuena con claridad, porque no es el recuerdo vacío de los tiranos, ése que se pierde como el sonido opaco de una botella arrojada al fondo de un sótano oscuro.
 

 

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