Modernismo

Jorge Luis Borges y sus extravíos en la metafísica

Escribió sofismas, o argumentaciones metafísicas con apariencia de verdad, paradojas, paralogismos y otros recursos de una poética que buscaba causar asombro.
domingo, 01 de septiembre de 2019 · 00:00

Óscar Rivera- Rodas Escritor

Jorge Luis Borges (1899-1986) es recordado estos días por su 120 aniversario. Nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. Empezó a publicar libros de versos a sus 20 años: Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). 

 Para la historiografía literaria hispanoamericana ocupa un lugar entre dos corrientes de ideas y estilos: el modernismo, que germinó hacia 1880 y declinó hacia 1915, año en que surgió el vanguardismo y que se manifestó en una variedad de “ismos”. Ambas corrientes, por su interés en literaturas extranjeras modernas y antiguas, recibieron el nombre de “cosmopolitas”. 

Además, instauraron una modernidad propia de las letras del continente, que superó los remanentes de las letras españolas en el siglo XIX.

 Borges se incorporó a las corrientes vanguardistas. El crítico cubano Roberto Fernández Retamar (1930-2019) en su artículo “Sobre la vanguardia en la literatura latinoamericana”, publicado en la revista Casa de las Américas (febrero 1974), delineó claramente el desarrollo y juego de los movimientos, o ismos, vanguardistas en nuestra región. 

El “creacionismo” fue lanzado por Vicente Huidobro desde París en 1916, y no influyó mucho en América Latina; el “ultraísmo” fue llevado en 1921 por Borges de Madrid a Buenos Aires; el “estridentismo” cultivado en México desde 1922 por Manuel Maples Arce y otros; el “modernismo brasileño” surgió en 1922. 

Fernández Retamar agrega que “bajo la influencia de aquellos movimientos –y, por supuesto, de sus patrocinadores europeos, desde las diversas tendencias francesas hasta el futurismo italiano–, la vanguardia se extiende rápidamente por la mayor parte de los países latinoamericanos”; más aún, en 1926, en Buenos Aires, se publica, agrega, “un libro-balance: la antología Índice de la nueva poesía americana..., con prólogos-manifiestos del chileno Huidobro, el argentino Borges y el peruano Alberto Hidalgo”. 

 El crítico venezolano Guillermo Sucre (1933) en su libro La máscara, la transparencia. Ensayos sobre poesía hispanoamericana (1975) informa que Macedonio Fernández (1874-1952), autor argentino solitario y de actividad esporádica, hacia 1920, cuando se iniciaba el ultraísmo, atrajo a sus 50 años, “la atención de los jóvenes: era, según Borges, un maestro de la conversación, un espíritu estimulante y exigente. 

Con muchos de esos jóvenes la admiración fue recíproca: sobre todo con Borges y Gómez de la Serna, que llegará a Buenos Aires en 1930”; y respecto a la escritura vanguardista, dice: “Más que una modalidad estética, los unía una misma actitud frente al mundo: la ironía, el humor, la búsqueda de una mitología más personal, la fascinación y a la vez la crítica del lenguaje” (1975: 73-74). El español Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), que residió en Buenos Aires, llamó “greguerías” a sus escritos, breves, reducidos a una metáfora. Definió la fórmula de las mismas como la suma de: humorismo+metáfora=greguería.

 Borges publicó en 1964 su libro de versos preferido: El otro, el mismo. En el Prólogo escribió: “Al rever estas páginas, me he sentido más cerca del modernismo que de las sectas ulteriores que su corrupción engendró y que ahora lo niegan”. Así, se definía “otro” siendo “el mismo”. Aunque Borges renegaba de su pasado entre “sectas ulteriores” del modernismo, fue un vanguardista original: escribió sofismas, o argumentaciones metafísicas con apariencia de verdad, paradojas, paralogismos y otros recursos de una poética que buscaba causar asombro. 

 Los vanguardistas rechazaban la imitación; deseaban “crear”. Huidobro lanzó su proclama “Nom serviam” contra la naturaleza, y anunció su creación: “mis cielos y mis árboles son los míos”. Borges instauró verdades metafísicas, objetos ideales, una enciclopedia ficticia, un país llamado Uqbar, o un planeta con naciones idealistas, científicos y filósofos de los que dijo: 

“Los metafísicos de Tlón no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos” (Ficciones, 436).

 En 1972, publica otro libro de versos: El oro de los tigres. En el Prólogo afirma: “Descreo de las escuelas literarias, que juzgo simulacros didácticos para simplificar lo que enseñan, pero si me obligaran a declarar de dónde proceden mis versos, diría que del modernismo, esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano y que llegó, por cierto, hasta España”.

 Aún se desconoce la profundidad del pensamiento modernista, en el que predominó la incertidumbre y el escepticismo. 

El crítico estadounidense Ivan A. Schulman, en su imprescindible estudio titulado Reflexiones en torno a la definición del modernismo (1974), señaló, entre los logros de este movimiento, “una profunda preocupación metafísica de carácter agónico que responde a la confusión ideológica y la soledad espiritual de la época”.

 Explicó que junto “con el desmoronamiento de los valores aceptados como tradicionales, surge en la América positivista el desgarramiento espiritual e intelectual, que, al mismo tiempo que libera la mente de trabas y normas, crea un vacío, un abismo aterrador que las angustiadas expresiones de la literatura modernista reflejan” (1974: 45)

 Borges, en el Prólogo a su libro El otro, el mismo (1964), declara: “Menos que las escuelas me ha educado una biblioteca –la de mi padre–; pese a las vicisitudes del tiempo y de las geografías, creo no haber leído en vano aquellos queridos volúmenes”. 

Claro que vivió rodeado de libros, que los leyó ávidamente, con preferencia obras de la Grecia antigua. Compartía con los modernistas la oquedad para el pensamiento y la razón. El poeta y pensador mexicano Octavio Paz (1914-1998), Premio Nobel de Literatura 1990, en su libro El laberinto de la soledad, se refirió a ese vacío y escribió: “tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capaces de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada. Estamos al fin solos. Como todos los hombres”.

 Este contexto de desolación intelectual provocó reacciones diversas en escritores y artistas hispanoamericanos. Los modernistas expresaron su incertidumbre o escepticismo, angustia o desazón, su “no saber”. Los vanguardistas, con frustración y sátira, su burla y sarcasmo, con ironía carnavalesca declararon su “no me importa”. Sin doctrina que pudiese sostener alguna verdad, tenían una paradójica certidumbre: incapacidad de reconocer evidencias.

 Borges, desde sus primeros versos, reveló carácter meditativo y gravedad. Sus juegos metafóricos provenían de motivos metafísicos; de ahí su intento por fabricar sistemas intelectuales. 

Su poesía aspira a definir su visión del mundo. Las páginas finales de El hacedor (1960) culminan con un “Arte Poética” inspirada en Heráclito. Aparecen en este texto menciones al tiempo y al espacio, a la vigilia y al sueño, a la vida y la muerte, y sobre todo al paso del tiempo y la vida así como su permanencia. 

La estrofa final dice que el “arte es como el río interminable / Que pasa y queda” y, además, reflejo del mismo “Heráclito inconstante, que es el mismo / Y es otro, como el río interminable”. Esta argumentación volverá a aparecer en  El otro, el mismo . En un volumen posterior, Siete noches (1980) incluye el artículo “La poesía”, en el que define la condición humana y escribe: somos “el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana”.

 Heráclito de Éfeso (544-484 antes de nuestra era), uno de los iniciadores de la dialéctica, admirado por Borges y citado constantemente en sus libros, era conocido como el “Oscuro”, por su pensamiento y exposición enigmáticos. 

El filólogo clásico W.K.C Guthrie (Escocia, 1906-1981), notable por su Historia de la filosofía griega (en seis volúmenes, 1962-1981), ha escrito de Heráclito: “Su fama de oscuridad fue prácticamente universal a través de la antigüedad. Él se deleitaba con la paradoja y los aforismos aislados, expresados en términos metafóricos o simbólicos. Este amor por la paradoja y el enigma, pero sin el genio, fue heredado por una escuela de seguidores” (1984, 1: 386).

 En 1981, Borges publica su libro La cifra, en cuyo Prólogo define una modalidad de escritura, a la que llama “poesía intelectual”, impulsada por la argumentación idealista platónica, o según el modelo analítico racional y empírico del inglés Bacon; y escribe: “La poesía intelectual debe entretejer gratamente esos dos procesos. Así lo hace Platón en sus diálogos; así lo hace también Francis Bacon, en su enumeración de los ídolos de la tribu, del mercado, de la caverna y del teatro. El maestro del género es, en mi opinión, Emerson”. 

Pero también mencionó otro tipo de escritura, la modernista, que desde su incertidumbre discurre ante la ausencia de referentes ciertos, y citó con admiración la primera estrofa del soneto Siempre del poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre (1866-1933). Borges continuó su Prólogo y escribió: “Admirable ejemplo de una poesía puramente verbal es la siguiente estrofa de Jaimes Freyre: “Peregrina paloma imaginaria / que enardeces los últimos amores; / alma de luz, de música y de flores, / peregrina paloma imaginaria”. No quiere decir nada y a la manera de la música dice todo”. Tal fue la admiración del poeta argentino por el soneto del poeta boliviano.

 Borges continuó con su intento de escribir La historia de la eternidad (1936), siguiendo lecturas de metafísicos griegos; una “Nueva refutación del tiempo” (en Otras inquisiciones, 1952), orientado por filósofos ingleses, en cuya Nota Preliminar refiere esa refutación como “el débil artificio de un argentino extraviado en la metafísica”. 

De todos modos, Jorge Luis persistió en la escritura de sus artificios metafísicos.

 

 

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