El Chicuelo dice

Aquí no hay fantasmas

Todos han muerto. O todos están muertos ya. Pero en el fondo de las cosas todos tienen todavía una mirada...
domingo, 15 de septiembre de 2019 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Todos han muerto. O todos han muerto. Pero en realidad todos los que estamos acá hemos muerto. Yo, por ejemplo, soy un niño de tres años. Yo, la que se encuentra hasta la esquina del cuartel, soy una vieja de cien que envenenaba a wawas como vos, así que cuidado, cangrejo. Y la que está acá y mira a todos los que han muerto, soy la hija de uno que fue presidente de Bolivia y que falleció por culpa de una oclusión intestinal. 

Todos han muerto. O todos están muertos ya. Pero en el fondo de las cosas todos tienen todavía una mirada. Una mirada oblicua y fría. Todos los que han muerto. Todos estos restos mortales tienen una mirada temblorosa y solitaria y húmeda y en algunos casos, como yo, la hija del presidente Pando, la Ninfa Pando, una mirada absoluta de las cosas y también una familia de ratones que tiene por casita mi cráneo. Ahí adentro viven un ratón peludo, una ratona poderosa de corazón como manzana verde y las crías chillonas, coloradas y aún ciegas. 

Todos son el cuerpo muerto y por eso todos los que están acá saben cosas. Quizá saben de la dulzura de una mirada. A lo mejor aún saben de la piel de la persona odiada. Es casi seguro que saben de las sombras del primer mes de sepultura. 

Yo, por ejemplo, la Ninfa Pando, sé de memoria el destino de todas las aves que pasan por el Cementerio General. Y yo, el niño de tres años. El que murió allá por 1901. El que llevó por nombre Carlos López Videla. El que nació un 25 de julio de 1898. El infante que fue quemado por su mamá, una señora llamada Azucena. 

Una señora que hablaba sola cuando nadie la veía. Cuando sólo me tenía a mí en la cuna. Mamá Azucena que se reía solita y decía ¿por qué cuando el Cachudo me habla siento una tempestad en mi cabeza, Dios? El Cachudo no era mi papá, por si acaso. El Cachudo al que le hablaba mamá Azucena era el Diablo y fue ese Diablo quien le dijo un día. Agarrá esa lata de kerosene de la cocina. Bañá a tu wawa y encedé un fósforo. Te ordeno, Azucena.

O qué dicen de mí, la vieja de cien años que envenenaba infantes en el orfanato. Yo, la que recibía a los huerfanitos en el torno y la que elegía al que debía morir echando una moneda al aire. Si sale escudo te salvas. Si sale número te mueres. Entonces esa que está muerta, la señora de cien años, la que se mantiene casi intacta (el camisón blanco, la coronita de perlas, los zapatitos de tela, los dedos de las manos cruzados), empezaba con dosis pequeñas de veneno. Una pizquita de cianuro todos los días en el biberón. 

Todos han muerto. O todos han muerto. Pero en realidad todos los que estamos acá hemos muerto.

Por ejemplo yo, la Ninfa Pando, fallecida por una oclusión intestinal fruto de la maldición de ese que mató a mi papá. El que pronunció estas palabras antes de ser fusilado: maldigo la sangre de los que me asesinan, mi muerte lloverá sobre ellos como una maldición. Yo, la Ninfa Pando, la que deja vivir a una familia de ratones en mi cráneo sin cobrarles el alquiler, muerta por la maldición del asesino de mi papá. Muerta un día de noviembre mientras escuchaba a los coches pasar afuera de mi casa. Un mes sin poder ir al baño. Que un pote de ciruelos. Que un montón de papaya. Que mejor dos o tres puñados de pasas, Ninfa. La que agonizó solita en su casa mientras afuera La Paz rugía y crecía entre piedras y cerros. 

O qué dicen de mí, el niño de tres años. El que fue bañado con el kerosene que mi papá compraba. El hijo de la señora Azucena que hablaba con el Cachudo: ¿de qué color es el interior del horror, padre mío? ¿Cómo es la forma del corazón de los cabrones condenados a vivir a tu lado, dueño de mis días? Soy la wawita que pestañeaba así al recibir la lluvia de kerosene en mi cabeza y la que vio el destello del fósforo que encendió la señora que fue mi mamá: ¿cómo son las bestias de lo absoluto, Satanás, creador de mi existencia?

Eso no es nada. Yo, la muerta de cien años, la ancianita adorable y cándida y que nunca conoció hombre ni mujer alguna. Yo, la que me preocupaba por los piojos y por las ranas y por las bestias que atacaban a los huerfanitos. La que era madrina de más de cincuenta. La ancianita que por las noches sonreía en la oscuridad imaginando mañana morirá Salomón Mardoqueo Villegas, niño abandonado en el torno a las tres de la mañana un lunes de 1923, de madre y padre desconocidos. 

Cinco meses de edad. Problemas gástricos desde que llegó a la institución. Y el doctor Villegas le echará la culpa a la falta de leche materna. Y el doctor Villegas le echará la culpa al abandono del que fue victima. ¿Dónde, en qué lugar mal oliente habrá pasado este pequeño los primeros días de vida? Sin embargo, sólo yo me reiré de noche. Cuál ausencia de leche materna. Cuál abandono. Cuál lugar mal oliente. Soy yo y mi moneda diciéndome: a este chiquitín, noble anciana, al biberón de este pequeñín que nadie recordará.

Ya lo dijimos al comenzar este recorrido.

Aquí no hay fantasmas.

Aquí solo habitan los siniestros gestos del dolor de los muertos.

 

 

 

Confidencial

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