Poesía

Instante claro

La poeta Paura Rodríguez Leytón nos invita a mirar las imágenes que componen su mundo. Apropiándonos entonces de su mirada, recorremos una mezcla heterogénea de naturaleza y escombro.
domingo, 15 de septiembre de 2019 · 00:00

Andrea Rivas  México   

Las antologías poéticas de un solo autor pocas veces suelen guiarse por un hilo conductor y son, en las más de las veces, una composición poética extensa que nos remite a todas aquellas etapas por las cuales ha transitado un escritor. 

No es, sin embargo, el caso de Instante claro (2019), antología donde se recogen poemas seleccionados del libro Del árbol y de la arcilla azul azul (Argentina, 1989) y la totalidad de los libros Ritos de viaje (La Paz, 2002), Pez de piedra (La Paz, 2007), Como monedas viejas sobre la tierra (Santa Cruz, 2011) y Pequeñas mudanzas (España, Colombia, Bolivia, 2017).

Aqupi, la poeta Paura Rodríguez Leytón (Bolivia, 1973) nos conduce no sólo a través de un amplio recorrido en su evolución poética, en su deslumbrante maduración en la manera de decir, sino también y quizás aún más importante, nos permite aproximarnos a un raro crecimiento, una evolución en los temas que se plantea, un nuevo conocimiento de sí que se sostiene no de manera horizontal, sino un crecimiento vertical. 

Así, aquello que era rocío se convierte en lluvia, la raíz se va volviendo árbol y la luz, claridad; así Rodríguez Leytón configura una imaginación poética que despliega una fuerza extraña para desplazar fronteras, dejando que nosotros encontremos, en tanto lectores, las trazas de significados nuevos y sorprendentes a cada verso.

En ciertos instantes, la voz lírica en Instante claro nos invita a mirar, desde sus ojos, las imágenes que componen su mundo.  Apropiándonos entonces de su mirada, recorremos una mezcla heterogénea de naturaleza y escombro, de agua y piedras, de trenes y preguntas: “yo te vi pisando las gotas de otoño, / sentí junto al verso el verdor de sus palabras. / Pero tú sigues caminando con tu piel harapos, / dejando traspasar tu rostro con ese polvo / que se dice tiempo”.

La estética de la contemplación es reformulada para dar movimiento a las imágenes, una nueva profundidad que no busca la estabilidad sino el conocimiento, la reflexión en el desplazarse: “¿Qué puede haber tras las paredes? / ¿Tras los rostros indecisos / de las sombras / de la tarde / cargada de nombres?”. 

Lo que resulta más impactante es que quien enuncia, la voz que nos guía a través del mundo, la voz que inquiere, no pretende dar cuentas claras del cosmos que la rodea, sólo diseñar las bases y el sustento mínimo a través del cual podemos aproximarnos a él, las preguntas que nos darán los indicios para aprehender el entorno y, finalmente, para aprehender al sujeto, que no es sino una extensión de lo que lo rodea, de ese instante claro y en movimiento.

Entre la quietud del yo y el movimiento de la mirada, entre la ruina y el crecimiento, entre natura y cultura, entre el árbol y el tren, aquello que los poemas de Instante claro sostienen con redundante claridad, es una latente y diáfana invitación. Nos invitan a una claridad que inquieta y afirma. Nos invitan a replantearnos el paisaje de nuestra existencia, a desde la delicada inmovilidad volver a mirar, a mirarnos, a mirar la poesía.

 

 

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