Contante y sonante

La gente, la que importa

No basta con tener los ojos abiertos, sólo si están abiertas las ventanas de la mente es posible ver, sin ruido, sin disfraz, con meridiana claridad...
domingo, 22 de septiembre de 2019 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

La que dice. La que olvida. La que siempre deja un poco de su sopa por pudor. La que ha estudiado como si fuera la última vez todas las fórmulas posibles del álgebra de Baldor que no es árabe ni tiene parentesco alguno con Al Juarizmi. Es un matemático cubano, cuyo loable propósito fue, sin duda alguna, iluminar las mentes de estudiantes que al ver la tapa del libro tuvieran sin chistar un temblor parecido al temblor que agarra al escuchar Cuando pase el temblor, de Cerati.

La que se queda azorada ante la presencia de una columna de humo, de dos columnas de humo, de mil columnas de humo ascendiendo al cielo, cubriendo al cielo y tapando al sol y a todos los astros para consolidar eso que se llama desastre, que aquí se convierte en una perfecta manifestación de la etimología de la palabra. Desastre proviene de la ausencia de astros, sin astros. La que no sabrá más del verde que emociona, del múltiple concierto de trinos que el flauterito acomodaba en la serena luna roja de septiembre. La que tose mientras llora.

La que esgrime un cuchillo con filo brilloso mientras habla de filosofía antigua, poniendo énfasis en el aspecto ése que exigía a los senadores y tribunos, tener amor a la sabiduría y en lo posible, ser sabios. Eso que se ha convertido hoy en una sobra, un síntoma de total desubicación. Quien sabe, quien conoce, no puede servir, no puede. No es apto para delinquir.

La que, con cuchillo en mano, hablando del asunto, se acerca a la cebolla y con la amabilidad de un fauno, la rebana.

La que se asusta de nada, del estruendo de los cohetes y su despropósito en las festividades que tienen un santo o una santa como nombre. Del estruendo multiplicado que desmorona la paz de los animales que ya tienen suficiente con la presencia destructiva de los sapiens. La que intuye apenas pasa el susto.

La que se mete porque si no se mete no hay arreglo ni salvedad. La que arremete contra la vulgaridad y marca en esa ajenitud un símbolo que signifique nunca más. Que signifique basta, hasta aquí. Nunca más, suficiente. 

La que se mete porque tiene la profunda convicción de liberar a las aves de las jaulas, de abrir las rejas a los felinos cautivos sin haber cometido mayor delito que el haber considerado al mundo su hogar, peligroso, siempre víspera de la muerte.

La chistosa. La que hace gestos cada vez que hay amenaza de foto, o de terremoto y se extiende la sonrisa con los dedos índice de cada mano para que la mueca sea motivo de festejo para cualquier auditor, para los que ven y los que se hacen a los que ven y también para los que no ven nada a pesar de tener los ojos siempre abiertos. 

No basta con tener los ojos abiertos, sólo si están abiertas las ventanas de la mente es posible ver, sin ruido, sin disfraz, con meridiana claridad y a veces, las más de las veces, expuestas al dolor y a la mentira. La graciosa, la que se mofa, la que no deja de sonreír pero está quebrada por dentro como pocillo de porcelana fina lanzado a las baldosas de un patio sintoísta en viernes.

La que se desnuda no para mostrar, sino más bien para amar a la lluvia que sana más que cualquier milagro inventado como remedio de amores que nunca llegaron a buen puerto, que no zarparon, que se atascaron en un andén sin trenes a causa del abandono por antojo. La que se desnuda no por obligación ni por compromiso, la que apenas enseña porque hay en lo posible un algo de erotismo en la curiosidad, en la insinuación. Porque hay menos en el eros y hay más en el pornógrafo. Menos es más. Aquí también.

La que se afana con una invitación a mediodía de un domingo, en casa. La que barre, la que limpia, la que se esmera ante la inminente visita a la hora de comer. La que pica, la que agradece a todas las deidades inventadas por el aroma de las yerbas y por los colores de las especias. 

La que vierte en la primera copa el vino tinto haciendo que el sonido se quede por mucho tiempo grabado en la memoria profunda, aunque tiempo después el mismo sonido lastime y hiera y cause más profundo dolor en la corriente sanguínea que llega al corazón.

La que aplaude de pie a la luna sabiendo con absoluta lucidez que a la luna le importa un bledo.

 

Confidencial

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