Aniversario

Medio siglo de televisión en Bolivia

El Hiper Show de Carlos Palenque, el programa de Margarita Arauz, La Caldera del Diablo y El Abuelito Tino quedaron en mi retina…
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:00

J. Nelson Antezana R. Bibliotecólogo

Hace algunos días la televisión  cumplió 50 años en Bolivia, tiempo considerable en este mundo de efímeras cosas. La televisión tuvo sus primeros ensayos como adelanto tecnológico en la Europa de entreguerras (1918-1939) sin prosperar demasiado, pero después de la segunda conflagración mundial se consolidó como poderoso medio de comunicación social y,  más poderoso aún, medio de influencia cultural y manipulación de masas. 

En el ámbito iberoamericano, España tuvo televisión a partir de 1956, cruzando luego el Atlántico para instalarse con fuerza en México y otros países hispanoamericanos. Hacia mediados de la década de 1960, Bolivia era el único país sudamericano en el que aún no existía televisión. 

Fue en ese contexto que el presidente Barrientos inició las primeras gestiones para que Bolivia tenga el novedoso artilugio antes de 1970. Sin embargo, como ha sucedido muy a menudo en la historia de nuestro país, no es el que inicia las cosas  el que ve culminados sus esfuerzos, sino los que le suceden. Barrientos murió trágicamente en abril de 1969 y fue su sucesor,  Luis Adolfo Siles Salinas, quien inauguró la televisión el 30 de agosto de 1969.

Al leer los testimonios de quienes fueron importantes actores de ese momento fundacional y que aún viven para contarlo, uno se da cuenta de que los inicios de la televisión en nuestro país fueron casi épicos y aún tuvieron el encanto de lo que se va construyendo casi artesanalmente, y por eso mismo quizá, con la perfección y el cuidado de un orfebre.

A través de esos testimonios, se ve que la televisión nuestra de cada día era un sueño que se hacía realidad jornada a jornada con medios tecnológicos precarios aún y con una programación formada por series extranjeras, con varios años de retraso. Los contados programas nacionales tenían una factura de calidad, se notaba en ellos dedicación, iniciativa, inventiva, cualidades estas que unidas a un alto grado de responsabilidad, superaban con creces la falta de profesionalidad.

No quiero nombrar la retahíla de nombres de personas y programas que se han mencionado en los medios de comunicación, sino acordarme de los que han quedado en mi retina y han marcado mi niñez: El Hiper Show de Carlos Palenque, el programa infantil de Margarita Arauz (primer amor platónico de mi prematura sexualidad infantil) y entre las series extranjeras Viaje submarino, Combate, La Caldera del Diablo, El Abuelito Tino, las transmisiones de obras de teatro nacionales y un largo etcétera.

Pero sobre todo dos programas son los que recuerdo con mayor precisión. Uno es el noticiero central de la noche, en el que las noticias eran leídas sin teleprónter por las estentóreas voces de Walter Peña y de otro presentador del que nunca más he escuchado hablar, que se llamaba Jorge Hoffman.

Las noticias eran leídas en su totalidad incluidas las declaraciones textuales de los personajes que hacían noticia, las transmisiones  en vivo eran casi inexistentes. Esto hacía que los hechos carecieran de esa histriónica e innecesaria espectacularidad que tienen actualmente la presentación de noticias, sobre todo cuando se trata de la crónica roja o del allanamiento de prostíbulos con fines pseudomoralistas.

El otro programa que ha quedado grabado en mi memoria es El Gran Premio del Saber, certamen de preguntas de cultura general que hizo época, no sólo en el canal estatal sino también en otros cuando la televisión privada irrumpió en nuestro medio.

El Gran Premio del Saber está directamente relacionado con el nombre de Don Lalo Lafaye, verdadero caballero de la televisión. Los que lo conocimos a través de la pantalla chica y en persona tuvimos el honor de tratar con una persona que reunía varias cualidades importantes en un periodista. Lo primero que llamaba la atención era el correcto y pulcro manejo del idioma, nunca le escuché pronunciar un error de concordancia o de orden en sus expresiones, menos aún expresiones subidas o fuera de tono. Y sobre todo, era un periodista decente.

Otorgó garantía de honestidad al concurso de cultura general que conducía de forma tan acertada, sumándose por ello muchas empresas auspiciadoras. Recuerdo muy bien que en una de las versiones del certamen, una mutual  otorgó un departamento como premio al ganador. El programa sirvió para elevar el nivel de conocimientos de mucha gente, experiencia que debería repetirse, pues con los pasmosos niveles de ignorancia que existen hoy día, mucho me temo que en poco tiempo más la gente será tan ignara como en la Edad Media.

A partir de 1984 irrumpe la televisión privada en nuestro país y, con ello, lo que se gana en tecnología se pierde en contenido. A falta de producción nacional se toman y  copian los peores ejemplos de la televisión en otras latitudes: la banalización de la vida privada y los conflictos morales y psicológicos de las personas a través de los reality shows; la sobresaturación de la crónica roja, que ha llevado al tratamiento superfluo y banal de los delitos sexuales;  la espectacularidad mediática de temas que en realidad no merecen la importancia que se les da y la explotación e instrumentalización de la corporeidad y sexualidad femeninas hacen de la actual televisión  un  medio para la más burda manipulación de las personas.

A diferencia de lo que pasaba antes, cuando para ganar un certamen sólo era necesario mostrar las capacidades artísticas o  conocimientos que  poseía una persona, ahora es también necesario el melodrama.

No basta una buena voz o un talento sobresaliente, es necesario que el concursante muestre la más depauperada realidad que debe ser expuesta al escarnio y conocimiento público: pobreza extrema, discapacidades físicas o mentales del concursante o de sus familiares. Mientras más lacerante sea su realidad, mayor regocijo; mientas más lágrimas se provoque en los televidentes más rating tendrá el programa. Una manera muy subliminal de humillar a las personas.

Es curioso pero hoy más que nunca se evidencia el antiguo proverbio latino para mantener a la gente distraída y sin pensar: “Al pueblo, pan y circo”, y esto sucede en democracia como derivación del antiintelectualismo donde todos somos “iguales” y  “vivimos revolcaos”, como canta el tango Cambalache.

Curiosamente la televisión que se inició en férreas dictaduras fue más seria en las formas y más edificante en los contenidos. Para muestra dos botones. En España la televisión se inició en 1956, o lo que es decir lo mismo: en plena dictadura de Franco. Y en Bolivia, los mejores productos televisivos realizados en el país se dieron en sus primeros 10  años de existencia que coincidieron con la dictadura de Banzer.

 


 

Confidencial

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