El Caníbal Inconsecuente

Un dulce elogio

La autora recopila textos y autores que tratan del chocolate, que posee, según Castro de Torres, “un sinfín de propiedades médicas”.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:00

Kurmi Soto Literata e investigadora

Es de sobra conocida la relación que tiene el chocolate con la literatura y, tal vez, esto se deba a una popular novela cuyo nombre no citaré, pero que es muy fácil de adivinar. Hoy, sin embargo, no me interesa hablar sobre su recepción contemporánea dentro del mundo de las letras. Al contrario, quisiera volver a los tiempos lejanos en los que su consumo era controvertido, pues lo cierto es que el solo hecho de que Antonio de León Pinelo (¿1595?-1660) haya escrito sobre el tema debería bastarnos para darnos cuenta de que la exótica sustancia no sólo era de sumo interés para las autoridades coloniales, sino que también suscitó más de una polémica teológica. 

En efecto, el año 1636, León Pinelo, quien  por aquel entonces ostentaba un poderoso cargo en el Consejo de Indias, editaba en Madrid un libro de dimensiones considerables con el título de Questión moral: si el chocolate quebranta el ayuno eclesiástico.  

 En este texto, podemos constatar el profundo impacto que causó el cacao y sus distintas preparaciones en las sociedades europeas del momento. De hecho, el famoso jurista nos explica, en el prólogo a su obra, la importancia de un escrito de esta naturaleza, ya que la bebida era una asombrosa novedad en la Península. Esta reflexión, en realidad, se sumaba a varias otras publicadas poco antes, sobre todo en el Virreinato de Nueva España (actual México). 

Ya en 1609, el médico español Juan de Barrios escribía un Libro en el cual se trata del chocolate, que provechos haga, i si sea bebida saludable o no, hoy en día perdido, pero del cual nos da abundantes noticias el mismo León Pinelo. 

Unos años después, en 1631, salía a la luz un Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate dividido en cuatro puntos…, firmado por el cirujano andaluz Antonio Colmenero de Ledesma. Su éxito editorial fue inmediato y al poco tiempo aparecían numerosas traducciones que popularizaron el uso del chocolate, sobre todo como bebida medicinal, a lo largo y ancho del Viejo Mundo.

 Además de la cuestión médica, es decir, del análisis de los efectos que podría tener este producto en el cuerpo humano, la pregunta se situaba en un ámbito más bien religioso, ya que existían serias sospechas de que semejante delicia podría tener algún lazo con el pecado (y, sobre todo, con la lujuria y la gula).  Como era de imaginarse, los debates que se suscitaron fueron largos y tendidos, en particular dentro algunas órdenes mendicantes como los carmelitas, quienes  hicieron de todo para prohibir su consumo en los claustros y que, obviamente, fallaron en el intento. 

Es entonces importante entender que el siglo XVII estuvo marcado por estos debates que intentaron regir los hábitos alimenticios y que se interrogaron sobre la inserción de ciertos artículos americanos, especialmente los estimulantes como el café o el tabaco, dentro de las dietas locales, a partir de una perspectiva tanto moral como física. 

Sin embargo, entre toda esta más o menos abundante producción escrita, sobresale una composición que vale la pena rescatar del olvido. Se trata de un extenso poema de 51 octavas reales que lleva el nombre bastante decidor de Panegírico al chocolate. Este sabroso texto fue redactado por un tal capitán Castro de Torres, sobre el cual, lastimosamente, no he podido encontrar mayores datos y, aunque fue publicado en 1640 en Segovia, tuvo que esperar hasta 1887 para que el bibliófilo Manuel Pérez de Guzmán, marqués de Jerez de los Caballeros, se ocupara del cuidado de una segunda edición…, con una tirada de 20 ejemplares. Por lo tanto, nos encontramos en definitiva ante un libro raro y curioso con todas las de la ley.

No pretendo, por supuesto, hacer un análisis pormenorizado del documento, pero sí creo que es necesario señalar algunos elementos que demuestran por qué es único en su género. Por ejemplo, resulta bastante llamativo que el autor haya elegido un modelo épico para cantar las virtudes del chocolate: el título, la construcción métrica, las constantes alusiones a la tradición grecolatina (incluido un pastiche de la Eneida) y, en resumen, toda la estructura nos insertan en el mundo de las grandes proezas y de los hechos de armas. 

En medio de todo este universo de descubrimientos extraordinarios y de empresas coloniales gigantescas, la bebida americana comienza a aparecer como una joya aún más codiciada que el oro y la plata de las Indias. 

Pero, fuera de ser presentado como una simple golosina, este maravilloso manjar, “dulce chocolate siempre augusto”, posee, según Castro de Torres, un sinfín de propiedades médicas que él va enumerando entre anécdotas y referencias clásicas. Es así que nos cuenta cómo uno de sus amigos, “enfermo muchos años”, probó todo tipo de “unciones, jarabes, purgas, baños” sin ningún resultado, hasta que el solícito autor le dio una jícara y, después de consumir el delicioso brebaje que esta contenía, se levantó campante y rejuvenecido por el “dulcísimo milagro” traído desde la lejana América. 

Así, bajo la pluma del desconocido capitán, el chocolate va adoptando características casi mágicas, exacerbadas, claro está, por los versos un tanto caprichosos de este curioso poeta peninsular, quien, de tanto en tanto, admite lo complicado que le fue escribir un texto de esta naturaleza.

Por todo lo antes mencionado, no es difícil imaginar la fuerte impresión que debió causar este panegírico en un coleccionista tan empedernido como el marqués de Jerez de los Caballeros, famoso por ser un incansable buscador de rarezas, y la cuidada edición de esta obra, aunque olvidada por la crítica, nos devuelve un pedacito de la suculenta historia del uno de los productos más codiciados del mundo: el chocolate.

 

 

Confidencial

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