Homenaje

Von Humboldt: cuando la ciencia y el genio trascienden las fronteras

Fue la gran figura de una Europa soñada capaz de trascender sus fronteras. Hubo que esperar 200 años para ver, al fin, este sueño hacerse realidad.
domingo, 08 de septiembre de 2019 · 00:00

Patrick Riba Consejero de cooperación y de acción cultural Embajada de Francia en Bolivia
 

Todos los países del mundo conmemoran el natalicio o la muerte de sus grandes figuras. La República Federal de Alemania no escapa a la tradición, ofreciendo una serie de actividades para celebrar el 250 aniversario del natalicio de Alexander Von Humboldt, científico, naturalista y viajero, nacido en Berlín el 14 de septiembre de 1769 y fallecido en la misma ciudad el 6 de mayo de 1859.

El genio, la increíble producción científica y los fantásticos viajes de Humboldt trascienden las fronteras y nos invitan a honrarlo más allá del Rin. 

La vida de Humboldt fue romanesca. Conoció, intercambió  y trabajó con los mejores científicos, artistas, poetas y figuras políticas de su tiempo. Inspiró y cultivó la amistad de Darwin, Volta, Goethe, Schiller, Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Beethoven y Walter Scott.

 Conoció a Carlos V, al zar Nicolás I, a la reina Victoria y a Thomas Jefferson. Sirvió a su rey Frederic Guillermo y a Metternich. Benito Juárez lo nombró Benemérito de la Patria.

Su historia nace con la Revolución Francesa y el advenimiento de la ciencia moderna, y se inscribe además en un siglo de guerras, esclavitud y nacionalismos que Humboldt condenaría a lo largo de su vida. 

Escribía y publicaba directamente en alemán, su  lengua materna, pero también en español, inglés y francés. Visitó más de 30 países, en Europa, Asia, y por supuesto en América Latina. En este contexto, me disculpo por recordar la extraordinaria francofilia del Conde von Humboldt. 

Llegó por primera vez a París en 1790 y se entusiasmó por la recién empezada Revolución Francesa. Volvió a Francia en 1798 para iniciar su viaje por América, y residió luego en la capital francesa, de 1804 a 1826. 

Aún después de su regreso a Prusia, y a pesar del antagonismo naciente entre las dos naciones (en gran parte debido a las campañas militares de Napoleón), obtuvo de su rey el permiso para volver a Francia cada año. 

30 de sus numerosos libros han sido escritos y publicados directamente en francés, entre los cuales cabe destacar la famosa Édition monumentale du Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent, fait en 1799, 1800, 1801, 1802, 1803 et 1804 par Alexandre de Humboldt et Aimé Bonpland, rédigé par A. de Humboldt, editada a partir de 1807 en París.

París  era en aquel entonces la capital científica de Europa, y Humboldt pudo trabajar con Cuvier, fundador de los estudios de anatomía comparada; con Jussieu y Lamarck, botanistas; con el químico Chaptal, o con el matemático Laplace. Desarrolló una gran amistad con Arago, el famoso astrónomo y físico, y con Gay-Lussac, quien había realizado una ascensión en globo aerostático a más de 7.000 metros de altura. Los tres viajaron juntos a lo largo de Europa.

Pero Humboldt compartió sobre todo una gran  –y jamás desmentida– amistad con Aimé Bonpland, cirujano de marina y botanista, con quien realizó su famoso viaje por América. 

De 1799 a 1804, los dos hombres cruzaron más de 15.000 kilómetros por Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú (siendo estos países en aquel entonces colonias españolas con otros nombres), Cuba, México y Estados Unidos. 

Los alcances de este viaje son innumerables y le valieron a Humboldt la denominación de  “segundo descubridor de América”. Él y Bonpland trajeron y estudiaron más de 6.000 especies de plantas aún desconocidas en Europa descritas en su relación con el ecosistema, abriendo el campo de la ecología moderna. 

Ascendieron el volcán Chimborazo (6.267 metros), analizaron la corriente oceánica que lleva ahora el nombre de Humboldt, precisaron los mapas de la región y los cálculos de la longitud, y crearon las primicias de la antropología moderna y de la arqueología americanista. El talento literario de Humboldt y su reflexión filosófica nos brindaron una nueva concepción de la naturaleza, con advertencias premonitorias sobre los desastres por el impacto del hombre (deforestación, sequía, empobrecimiento de los suelos, etcétera). 

Paradójicamente, Humboldt y Bonpland son tal vez los últimos grandes viajeros de un Siglo de las Luces que pretendían abarcar todo el pensamiento humano en una sola obra, y los precursores de una ciencia moderna que descubría la necesidad de sus especializaciones. La última obra de Humboldt, Cosmos, es el reflejo de este cambio. 

Bonpland, a diferencia de Humboldt, regresaría a América Latina después de haber sido el botanista en jefe del castillo de la Malmaison, el lugar preferido de la emperatriz Josefina. Fallecerá en Argentina un año antes que su amigo, después de haber descubierto el secreto de la germinación del mate.

Finalmente, para Francia y para Bolivia, la influencia de Humboldt y Bonpland refleja su mejor alcance en la persona de Alcide d’Orbigny, un joven científico francés que antes de emprender su viaje a Brasil, Argentina, Chile, Perú y Bolivia (1825-1834) se reunió con el gran científico alemán. Fiel al método de Humboldt, d’Orbigny censaría miles de especies y será uno de los padres de la paleontología y de la geología modernas. Un museo le rinde homenaje en Cochabamba. 

Por su rigor científico, su incansable denuncia de las injusticias y su increíble versatilidad, Alexander von Humboldt fue la gran figura de una Europa soñada capaz de trascender sus fronteras. Hubo que esperar 200 años para ver, al fin, este sueño hacerse realidad. Es, tal vez, el mensaje más importante de las actuales celebraciones.

 

 

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