El chicuelo dice

La exactitud de los olores

“El huracán de olores de la ciudad me anega y por algunos segundos no sé distinguirlos, por algunos segundos no sé o no puedo separarlos...
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate Escritor

Quiero ir detrás del olor o de los olores o del puñado de olores que emana de las axilas de esta ciudad. Buscarlo o buscarlos en sus esquinas, en los pliegues estúpidos de sus sábanas, o quiero que ellos me descubran al abrir los ojos por las mañanas. Reconocerlo al ver al aire muerto de las cinco y cuarenta y cinco minutos de la mañana, cuando los mecanismos escondidos del Teleférico Café se ponen en acción. 

Quiero ir detrás de ellos, les decía, como un perro callejero, flaco y piojento, un perro hecho de puras costillas y ojos y sarnas, como este perro lo hace por las noches, cuando en una calle olvidada de Villa Victoria alguien, un hombre, una mujer, eso no importa, cuando esa mujer u hombre echa sobre la plancha de metal una salchicha Vienesa, y quiero que el olor me diga, a mí que ahora soy el ese perro que cuenta esta historia, oye tú, da vuelta y mírame. 

Oye tú, gira el cuerpo de huesos puntiagudos y mira cómo me inflo y mira cómo cambio de color. Que me diga oye tú, perro callejero, saliva y haz que esa saliva se una a los olores de esta ciudad que tanto te desprecia: mira pasar a la camioneta que encima lleva unas cuantas cosas, un ropero con la luna rajada y tres lamparones, una mesa de plástico, dos sillas de madera, una cama de latón y una cocina y cinco cajas de cartón. 

Percibe, perro sarnoso, el olor que se desprenden de esas cosas: ahí está la esencia de su dueña, una mujer joven, funcionaria de gobierno, tal vez no muy alta y dada a los excesos alcohólicos. 

Tal vez una mujer enamorada, pues el ropero expele ese olor agrio y desafortunado del amor, una mujer enamorada porque ese espejo la ha reflejado cientos, miles, millones de veces antes de cada una cita, y mientras la camioneta se va alejando el perro que soy yo y que narro esta parte de esta historia de los olores, podré adivinar por el olor de los reflejos de la luna los lugares previsibles de las citas a las que acudió: el Café Haití frente a la Caja Nacional de Salud, sus tazas viejísimas y rajadas en su interior, y que alguna vez vieron mejores tiempos, las bancas donde se sentaron generaciones a hablar siempre de lo mismo (amor, locura, tacañería, componendas políticas, chismes insulsos).

También estará el olor del alojamiento Brissa en la calle Nataniel Aguirre, sus pisos de madera, las colchas ordinarias, el desinfectante con aroma a piña colada y, ya casi perdiéndose, me anuncia el olor de algún órgano que ya no le funciona bien. Tal vez un riñón, a lo mejor el hígado, tal vez los dos pulmones. 

Sin embargo, ahora la camioneta soy yo, la camioneta que lleva las cosas de la funcionaria de gobierno y doblo y subo calles y mantengo la velocidad en las avenidas largas y quien está al volante se interna al fin en Villa Fátima y ahí, una vez más, como pasó con el perro que estuvo contando esta historia líneas más arriba, el huracán de olores de la ciudad me anega y por algunos segundos no sé distinguirlos, por algunos segundos no sé o no puedo separarlos de manera individual. 

Eso hasta que de un volantazo nos vamos por las calles aledañas, y ahí está el aroma de la ropa usada y la de sus anteriores dueños: gringos gigantes y flacos, desaliñados y predecibles, pecosos y sin elegancia.

Huelo también el dinero que está guardado en los cajeros del Banco Unión, el olor de la grasa que patina sobre un puesto de patitas, y más allá me asalta el olor infantil y adolescente del colegio Ave María. 

Aunque esta sensación no perdura, pues a los pocos segundos lo desplaza de forma violenta, pesado y verde, fuerte y profundo, el olor a coca que sale de Adepcoca, y pienso en cielos azules y pienso en la lluvia de la cual aún no sé su nombre o si tiene nombre o sin tan solo tiene un rostro, a lo mejor una presencia, y pienso, en mi lógica de camioneta dedicada a los traslados, en los caminos serpenteantes y abismales y trágicos. 

Al fin nos detenemos sobre la calle Nieves Linares y de la cabina sale la mujer, la funcionaria de gobierno, y ella busca con la vista y al fin lo halla: ahí está, recostado sobre un muro de piedras, es él, el enchamarrado, el de los labios gruesos siempre húmedos, el de bigotillos escasos. 

Le llama por su nombre, le dice Efraín o algo así y cuando bajan las cosas de encima de mí, ahora la historia la paso a narrar yo, es decir, la habitación en la que estos dos vivirán y si bien aún están en mi memoria los olores de la familia que me habitó hasta hace solo unas semanas, una señora con sus tres insoportables hijos, todos feos y groseros, sucios y gritones, y más de uno lleno de pulgas, si bien todo esto ocurrió dentro de mí, la funcionaria de gobierno me ha limpiado, me ha quitado las telarañas, ha barnizado mis puertas y encerado mi piso. Entonces comenzarán a acomodar las cosas, las suyas y las del que parece llamarse Efraín. Ella le dirá tantas cosas viejas tienes y él son recuerdos de mi mamá. Y cuando terminen se quedarán mirando mis entrañas, como si yo fuera un animal anormal y mitológico, y ella dirá tengo hambre y Efraín hay un localcito de comida china aquí en la esquina.Vamos.

Entonces lo que contaré ya no vendrá de la exactitud de los olores, si no de la exactitud de la pasimoniosa conducta humana. Yo, la habitación de la calle Nieves Linares, sé que se llenarán de hijos, y que recordarán las idas al Gigante Melgarejo con nostalgia y envidia hacia las otras parejas, con tristeza de tener, ahora, vidas grises y sin sentido: aunque digan lo contrario, porque el olor de la mentira ahora son ellos.

 

3
1