Parasite: la pobreza siempre está abajo

La película es una divertida y perversa comedia en la que esta familia pobre se infiltra como la servidumbre de un lujoso hogar de gente adinerada.
domingo, 12 de enero de 2020 · 00:00

Adrián Nieve Escritor

Lo primero que vemos en Parasite es la ventana de un sótano que da a ras de suelo de una calle iluminada por el sol. Y nos quedamos con esta imagen hasta que se da el primer movimiento de cámara del filme, cuando ésta desciende y, sentado en el suelo del sótano, vemos a uno de los protagonistas de esta última producción de  de Bong Joon-ho. Solo con eso, el director y el cinematógrafo han establecido el tema principal de la película, que será desarrollado a lo largo de 132 minutos: el lugar que ocupan los pobres y los marginados. 

Bong Joon-ho es un cineasta muy sencillo. Sus películas cuentan historias complejas, de profundo contenido social, pero siempre utilizando los recursos cinematográficos más básicos para reforzarlos. Sus películas son, para el ojo entrenado, lo que una sinfonía de Bethoveen es para un oído entrenado: sublimes. 

Y lo mejor de todo es que no necesitas años de entrenamiento tipo conservatorio para apreciar lo sublime en los filmes de Joon-ho. Solo necesitas mirar con atención.

Todo está en los ángulos y los movimientos de cámara. Es con ellos que Bong Joon-ho deletrea los aspectos más importantes de su trama, mientras el guion y las actuaciones se encargan de desarrollarla. Para eso el director coreano se vale de un control absoluto de lo que muestra, cómo lo muestra y a qué ritmo lo muestra. 

Hay que pensar en sus películas como coreografías entre el elenco y la cámara, llenas de escenas en las que cada movimiento importa porque todo relata o refuerza algo. 

Por eso Joon-ho nunca se complica demasiado con su cinematografía –aunque sí con los objetos, la profundidad y los colores de su diseño de escenarios–, y más bien mantiene sus ángulos y movimientos de cámara dentro de lo básico y consistente. De esta forma, una vez que entramos en ritmo, podemos bailar con su filme, tal como el elenco está danzando con la cámara.

Y eso nunca fue más cierto que en Parasite (2019), donde Bong Joon-ho refina su habilidad de ser leve en el caos y oscuro en la levedad. Como dije ya, la película comienza con un movimiento de cámara que nos introduce a la pobreza de un hogar de gente que tiene que hacer de todo para conseguir dinero y sobrevivir. 

A lo largo del filme los veremos abajo, intentando ascender y lográndolo a medida que la película es una divertida y perversa comedia en la que esta familia pobre se infiltra como la servidumbre de un lujoso hogar de gente adinerada. 

Es tan básico y consistente el lenguaje visual de Joon-ho que a esta familia adinerada la muestra siempre arriba: ubica su hogar en las colinas, los separa de su servidumbre por líneas naturales del escenario, los pone en espacios iluminados y abiertos para remarcar la claustrofobia en la que viven los otros, los marginados.

Parasite es un filme que está en constante diálogo consigo mismo. Cada acto, cada escena, tienen una consecuencia a lo largo de una película cuyo giro pareciera cambiarla por completo. 

Bong Joon-ho es un maestro del tono, puede hacerte reír en un momento oscuro y despertar un miedo dentro de ti en el momento más ridículo. Pero en Parasite esto es más intenso. De una comedia perversa pasamos a un caos contundente, a algo tan extraño y tan violento que seguramente es cierto. Y en realidad es un giro de trama que no hace más que reforzar el tema principal: el lugar de la pobreza en la sociedad, cómo funciona la división de clases o, en palabras del mismo Joon-ho, cómo en una sociedad capitalista la unión solo es posible en cómo una clase utiliza a la otra. 

¡Y el elenco! Cada actor y actriz encarnan a sus personajes de una manera tan efectiva, que no dudamos de ellos ni cuando la historia da su giro. Joon-ho ha trabajo con grandes como Tilda Swimton, Jake Gyllenhall, Ed Harris, Chris Evans y los resultados son increíbles, pero habla muy bien de él que pueda hacer lo mismo y hasta tal vez más con un elenco de su Corea del Sur natal –entre ellos su actor mimado Song Kang-ho– desconocidos para una gran mayoría. 

Para cuando llega el final de la película –ese final delirante que nos deletrea la imposibilidad de ascender que tienen la clase baja y hasta la clase media–, el elenco ha hecho tan buen trabajo que ese último golpe de la trama a los personajes, es también un golpe a nosotros, a nuestras propias fantasías económicas, es un llamado a mirar de nuevo como dividimos las clases en nuestras sociedades.

En resumen: Después de películas tan excelentes como Memories of murder (2003), The host (2006), Mother (2009), Snowpiercer (2013) y Okja (2017), Joon-ho creó un filme tan genial que no tiene nada que envidiarle a sus antecesores. En él se nota a un Bong Joon-ho con mayor maestría de su arte, que no tiene problemas para captar tu atención y encima se da el lujo de hacer una película que es más de lo que parece, donde todo está tan naturalmente desarrollado que uno simplemente fluye con la intensidad de su trama y su significativo peso que tendremos que cargar mucho después de los créditos finales. 

See you space, cowboy!