Contante y sonante

La paradoja mandarín

El síndrome de Hubris tiene que ver estrictamente con la desesperación con la que alguien en función de detentar el poder, solo se mira al espejo y erige estatuas...
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:00

Óscar García Músico y poeta

En principio, Wu Zetián fue una mujer. Como tal, aprendió a que no debiera tener acceso a la educación. Pero pasó por todos los forros tal orden tradicional y natural. Tan natural como que natural es que los seres humanos no pongan huevos y sean por ello discriminados entre todos los seres ponedores de huevos. O, en su defecto, que los hombres en particular sean ridiculizados por su incapacidad de amamantar a las crías y por ese motivo, sean no solo discriminados, sino que mejor aún, colgados de los pies, de cabeza, hasta que se desarrollen glándulas mamarias con utilidad. 

Las que poseen actualmente, hasta que la evolución así lo determine, son decorativas. Sirven para darles forma en el gimnasio, para ponerles aceites que destaquen su volumen y por supuesto, para dedicar la existencia a una vida fitness que deriva de darle el mejor sentido a la existencia: ninguno.

El erudito N. Henry Rothschild escribió: “Una mujer en una posición de poder supremo es una abominación, es una aberración del orden natural y humano”.

Wu Zetián, muchos años antes de la sentencia de Rothschild, fue la primera y única emperatriz de la China, en la dinastía Tang. Tan importante y tan poderosa y tan cuestionadora como Elizabeth I y Cleopatra. Rothschild no puede ser erudito aunque los eruditos digan que sí fue un erudito. Un erudito no puede darse el lujo de la idiotez aunque, es cierto, tampoco se puede juzgar desde estos años a los pensamientos de hace tantos años. Pero la idiotez es atemporal, de todas maneras.

Dicen que Wu mató a su propia hija para culpar a su nuera y no sentirse amenazado su poder. Dicen que tenía una belleza notable y delicada. Que a pesar del patriarcado que impedía a la mujer a leer, a enfrentar la poesía y la música, ella, sin ayuda de un instructor maestro de la nada, lo hizo. Con parte de sus conocimientos y habilidades y elocuencia, es posible que haya construido el camino, racional, hacia el poder. 

De a poco, estratégicamente y con firmeza absoluta. Hasta que casi a los ochenta años fue derrocada por su hijo, en un golpe de estado. Un cambio violento en el que una fracción, a través de las armas, impone a quien vaya a gobernar. Wu estuvo, de acuerdo a historiadores a favor y en contra, rodeada de excentricidades y placeres. 

Debió ser de extremo cuidado gobernar un imperio, lo que aparentemente y como un aspecto de la psicología y los deseos humanos pudiera haber equilibrado de alguna forma el cerebro para no caer en depresiones o demencia o en la psicopatía del poder, representada por el concepto del síndrome de Hubris. Palabra que proviene de robar la escena en el teatro griego y que hoy por hoy, aplicada a las gentes en función de poder, tiene que ver estrictamente con la desesperación con la que alguien en función de detentar el poder, solo se mira al espejo, erige estatuas, pone su retrato encima de todos los inodoros, exhibe su rostro en todas las estampillas y se pone de fondo de pantalla en la pantalla propia y en la ajena, mutila las cabezas ajenas para hacer injertar la propia, hecha de silicona y papel crepé.

Manda a elaborar impresiones del tamaño de un edificio, con su cuerpo venido a menos y engrosado de los lados, para hacerlos poner en las montañas tutelares para que desde un avión, todos los espíritus de Wu, desde la China milenaria hasta la China depredadora, lo vean, le hagan un saludo como a la bandera y le agradezcan por tanto gesto, tanto efectivo y tanto diente de jaguar.