Arte

Pieza abstracta

El pintor nunca está seguro de cómo terminará su aventura. No sabe bien dónde va, se abre a los encuentros, lo que no implica tolerar la complacencia con lo fortuito.
domingo, 19 de enero de 2020 · 00:00

Juan Cristóbal Mac Lean E. Escritor

¿Cuál es la relación del arte abstracto con la realidad? Es una pregunta que siempre se cierne en torno, amenazadora, irónica o conciliativa. Una primera mirada, ingenua y filistea, dirá que ninguna, que ni realidad ni arte abstracto se tocan ni se miran. Seguirá con que, de tan abstracto tal arte, “abstractiza” todo y desaparece la realidad misma que percibimos en el mundo  en cuanto presencia sensible y clara -por ejemplo la de un pájaro, de una mujer, de una mesa-, temas siempre tan caros a la pintura representativa. Y presencias que ahora desaparecen. ¿Para dar paso a qué?

Y por otra parte ¿qué tipo de vinculación tiene o tendría que tener el arte abstracto con algo que no fuera él mismo? Esto puede entenderse recordando la frase de Monet, según la cual y como respondió en una ocasión, lo que él hacía no era, en su caso, pintar a una mujer, sino pintar  un cuadro.  Propio del cuadro abstracto  es llevar tal proposición a su límite, y plantearse como tal cuadro y dentro de un absoluto de la pintura. La pintura misma como statement, como una declaración implícita y subyacente: “ Esto es pintura y no otra cosa”. Ese tipo de desdoblamiento, empero, puede encontrarse en el desarrollo de otros campos, como la música (digamos que desde Debussy para adelante) o la “escritura” -como tal llamada-, ya sea desde Mallarmé o de Joyce.

Pero a la hora de ir ciñendo la pintura abstracta, no está demás recordar el epígrafe de Michel Sephuor que usó Clarice Lispector en la novela, o supuesta novela Agua viva:

“Debería existir una pintura totalmente libre de la dependencia de la figura -el objeto- que, como la música, no ilustra nada, no cuenta una historia y no lanza un mito. Esa pintura se contenta con evocar los reinos incomunicables del espíritu, donde el sueño se convierte en pensamiento, donde el trazo se convierte en existencia”.

Ese párrafo lo sacó Lispector, justamente, del hermoso libraco Abstract Painting, de 1965 (descargable en PDF) y cuyo subtítulo anuncia un recorrido de Kandinsky a Pollock. Que el abstracto, nos dice, evoca los incomunicables reinos del espíritu.

Pero anotemos, todavía, otra particularidad de nuestro tema: la relación del ojo con la mano es muy distinta en la pintura abstracta y la figurativa. En esta última la mano sigue al ojo, lo obedece y procura serle fiel. En el arte abstracto, en cambio, esta relación ya no es segura. Muy bien puede ser, ya también, que la mano se haya insubordinado, que sea el ojo el que la siga  o se disputen, el uno al otro, la precedencia al desenvolverse el gesto plástico. 

El pintor abstracto nunca está seguro de cómo terminará su aventura y se abre a un posible al que desea serle fiel. No sabe bien a dónde va y se abre a los encuentros.  Esto no quiere decir, sin embargo, que tolere la complacencia con lo fortuito. Se trata de una búsqueda, dueña de su propio rigor, sus exigencias y dificultades, hallazgos felices o fracasos, siempre ensayos, sorpresas. 

Pero, otra vez ¿en qué situación se halla el arte abstracto ante lo real? En su sentido más puro, llegó junto con su propia teoría y respuestas. Wasily Kandinsky, en efecto, no sólo fue el gran revolucionario del campo pictórico, sino que también fue un magnífico escritor. Su libro De lo espiritual en el arte, ese pequeño gran clásico de 1911, zanja profundamente esa pregunta. La visión, se dio cuenta Kandinsky, podía detonar paisajes afectivos interiores, hechos a su propia, invisible manera. 

 Algún momento llegó a parecerle, incluso, que más bien lo “real”, la imagen real, era un lastre del que había que liberarse. El punto, la línea y el color, la superficie y el volumen, son ya por sí mismos los elementos básicos de una gramática interior y a la que hay que seguir, ya no más en los términos de ningún objeto exterior que interpretar. 

Posiblemente la “iluminación” le sobrevino contemplando un prodigioso Pajar de Monet //se ruega googlear las referencias pictóricas//. En él ya todo ha estallado de color, el propio estallido de luz pareciera desbordar a lo real. (Por un pelo, en circunstancias pictóricamente semejantes, el último Turner no se pasó al abstracto descarado). 

Lo que tenía que pintar la pintura, decidió Kandinsky, era lo que pasaba dentro de uno. Eso invisible, eso inalcanzable, eso sin palabras: el reino espiritual, como él lo llamaba. ¿Y qué hay dentro de uno, qué es lo espiritual? Pues lo que hay es la Vida, dice Michel Henry, el filósofo fenomenólogo que escribió más bellamente sobre  Kandinsky (en el libro Ver lo invisible). “La vida, dice Henry, se siente y experiencia a sí misma inmediatamente, de tal manera que coincide consigo misma en cada punto de su ser”. 

En esa “vida” interior que la pintura abstracta traduce y realiza, se desliza algo referido “a lo que era anterior al mundo y que no necesita del mundo para existir”. Paralelamente, ahora hay un “conocimiento sin objeto”. De pronto, el mundo interior e invisible en que se genera la pintura, junto con el mundo exterior en que se ha plasmado el cuadro visible, celebran entre ambos el mundo, en esa franja de coincidencia entre y otro que se llama arte.

Hoy ninguna reflexión sobre el arte abstracto, finalmente, podría ignorar la relación de  este con el alma oriental. Que su propia tradición ya la predisponía, podríamos decir, aunque jugando ante otras fuerzas y en contrapunto con la caligrafía. Pues aquí se trata idealmente de la ascesis, el silencio y el vacío. El gesto y el espacio ya se encontraban en los trazos de un jardín zen, él mismo en los bordes de lo “abstracto”. De alguna forma, los manchones de aristas como Inoue Yuichi se entregan a lo “abstracto” sin romper con su tradición, incluso prolongándola.

Y está la prodigiosa Fabienne Verdier, que bebió cuanto había de la tradición china hasta realizar sus propios grandes manchones, en una sola senda espiritual. Que en su práctica, cuenta, hay “extraordinarios encuentros, un momento en que la vida del espíritu, la respiración del mundo y el propio élan vital se encuentran. Una alquimia se opera y nace, de esta comunión, casi una comunión espiritual. Y el cuadro nace de tales encuentros”.

No cerremos esta nota, por último, sin recordar los casos felices del arte abstracto boliviano. Otra vez, cada pintor que hizo abstractos los hizo a su propia manera, en diversas experiencias disímiles y que merecería, cada una, su consideración por separado. El caso más notable de todos, por lo menos para mi, es el de Óscar Pantoja, que desde muy temprano en su obra entró al abstracto y no dejó toda su vida de investigar y moverse en ese espacio, con extraordinarios resultados. También, en una época tardía, se recuerdan los abstractos de Enrique Arnal. O, muy importante, están las mujeres: María Luisa Pacheco, Inés Córdova, Cecilia Lampo… Y mucha más gente que, por razones de espacio, disculparán, ya no entran más aquí…

 

 

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