Notas para romperse una pata

Desclasificando archivos teatrales: Carola Cobo, sembradora de caminos

Hay que seguir su ejemplo, tomar su fuerza y corregir algunos errores, porque este dilema de las mujeres en las artes es anticuado.
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya Literata e investigadora teatral 

Hay ciertas actrices y directoras de teatro bolivianas que después de sus respectivas muertes han sido llevadas al olvidadero (me presto este término de Blanca Wiëtuchter para adaptarlo a las artes escénicas también). Desenterrando algunos archivos se puede encontrar sobre algunas mujeres que fueron pioneras del teatro boliviano y que poco a poco el polvo ha ido enterrando su memoria y el recuerdo de sus amplias trayectorias artísticas. 

Carola Cobo fue vital para que el teatro boliviano estuviera en el mapa. Algún mapa, cualquiera, el internacional, el nacional, o el de los espectadores, o todas las anteriores. Nacida en Pando cuando aún no era Pando. Se casó a muy temprana edad –lo que hoy en día nos parecería escandaloso- con el compositor Alberto Ruiz (en su familia dicen que “se la llevaron”)–, pero ese es el momento en que deja las selvas pandinas para convertirse en una actriz y cantante paceña. (“Cierto que era camba la pilita, siempre me olvido” comenta uno de sus bisnietos. Su nieto no podía pronunciar “abuelita”, decía “apilita”, y se quedó con “pilita”). 

Actriz y cantante, en carrera junto a su esposo. Cofundadora de la legendaria compañía de teatro Tiahuanacu que fue el inicio de las carreras de figuras notables del teatro boliviano como Wenceslao Monroy (algún día sería interesante realizar alguna nota para romperse una pata sobre el clan Monroy y su rivalidad con el clan Cervantes), Marco Ibargüen, Angélica Azcui (quien luego se sirvió del teatro para hacer militancia política), Cristina Cordero y Amira Cordero. La actividad de la compañía frenó durante la guerra del Chaco y luego fue dirigida por Monroy. Pero este no fue el único emprendimiento de Cobo. También fundó su propia compañía de radioteatro, fue actriz en el teatro social de Raúl Salmón y cantante en el grupo Artistas Unidos. No fue directora teatral (esa función aparece recién en los 60 para las mujeres), pero fue fundadora y sostuvo la batuta en varios proyectos de crecimiento de nuestra vida artística. Además, fue una de las primeras actrices que hizo de chola paceña, sin importar el qué dirán y el cuchicheo de principio de siglo. Sin su presencia, no hubieran tenido tanto éxito las obras ¡Viva Belzu!, La cholita exaltación que en la cocina hace revolución, Me avergüenzan tus polleras, La muchacha de Hamburgo (y no sigo la lista porque se me acaban los caracteres). 

Y a la vez tuvo tres hijos. ¿Era concebible este malabarismo entre la profesión de artista y el cuidado de la familia? Si hoy todavía existe el dilema en las mujeres sobre el equilibrio entre la vida profesional y la vida personal, era claramente mucho más fuerte en la primera mitad del siglo XX. Hoy las mujeres podemos decidir si llevar una vida o la otra o ambas. Todo es posible en el siglo XXI. Pero hay que preguntarse cuál fue el dilema de Carola Cobo, cómo ella decidió: Y dijo ambas, pero inclinándose más hacia el arte, pero sin necesariamente abandonar a sus hijos, pero con giras constantes con la troupe, y también realizando trabajos duros para mantener a sus hijos planchando uniformes militares, y paralelamente creando tensiones familiares, pero a la vez teniendo tiempo para cuidar a sus nietos. 

(“Mi mamá me mandaba a dormir a la casa de mi abuela, y yo le decía llorando: ‘¡no quiero ir nunca más! ¡La pilita está loca!¡Habla sola! ¡Mami, habla solita!’ Poco después me explicaron que estaba practicando sus líneas para una próxima obra. Y me dijo un día que le ayude a practicar, que ella decía sus parlamentos y luego yo respondía. Allí fue que empezó mi afición al teatro, y ese es mi oficio hoy por hoy”).

Y por si fuera poco, también tuvo tiempo para aprender peluquería en Buenos Aires e inculcarle a sus nietos y bisnietos el amor por el arte: Entre toda su descendencia hay teatreros, músicos y escritores. 

Es un tema disparador el de las mujeres en las artes, pero en las artes escénicas y audiovisuales es más complicados porque si una no se presenta constantemente en las tablas, pues, no come. Estar en las artes escénicas significa estar ausente mucho tiempo. 

Si hoy en día este es tema de discusión, creo que hay que seguir el ejemplo de doña Carola Cobo, tomar su fuerza y corregir algunos errores, porque este dilema de las mujeres en las artes ya es anticuado y ya deberíamos poder erradicarlo para esta nueva década.  

Y cuando una no puede estar en el escenario, escribe. Un día, un resbalón por las escaleras le impidió acercarse al teatro, tanto como actriz como espectadora. Pero para las mujeres como Carola eso no es ningún obstáculo. Ninguna lesión de la tercera edad la alejó de seguir escribiendo.  

(“Se escuchaba tic tic tic desde lejos. Resulta que había desempolvado una máquina de escribir y se puso a escribir un libro de recetas, que fue prologado por Antonio Paredes Candia. Y no hay primera sin segunda, escribió el libro La mágica repostería de Doña Carola”). Porque Doña Carola no sólo homenajeaba a la gente con su arte en el escenario, sino también con la comida (“Tenía sus dichos, como ‘la cebolla es la escoba del estómago’, sabía todas las propiedades de los alimentos sin investigar”).

Y no hay segunda sin tercera, también escribió el libro Carta a mi difunta madre. 

Doña Carola vivió muchos años, los últimos ya alejada del teatro, jugando cartas (“se enojaba cuando perdía y la dejábamos ganar nomás”) pero siempre extrañándolo como si fuera un amante perdido. 

El teatro fue su primera pasión, no siempre le dio qué comer ni a ella ni a sus hijos, pero siempre le dio amor, siempre le dio razones para seguir adelante, para homenajear al espectador, para homenajearse a sí misma, le dio fuerzas para esparcir el arte como un virus que todos queremos contraer. 

Y así, siempre pensando en volver a las tablas, en agosto de 2003, un mes antes de cumplir cien años, se dio el APAGÓN FINAL.