Literatura

La vanguardia latinoamericana, tierra negra con alas

La más ambiciosa antología de la poesía vanguardista latina, Brasil incluido, con 190 autores citados y 825 poemas.
domingo, 05 de enero de 2020 · 00:00

Ricardo Bellveser Escritor

El siglo XX, llevó consigo el nacimiento de un alud de vanguardias literarias que acostumbramos a citar bajo el acrónimo de “ismos”. La primera del siglo fue el Expresionismo alemán, surgido en torno a 1900, aunque es el Futurismo, formulado en 1909 desde la portada de Le Figaro, la que ya se expresa por medio de un manifiesto que lanzó un italiano Marinetti, desde Francia y en francés, dirigido al mundo entero, como gesto de lo cosmopolita que se proponía que fuera. Todo muy simbólico.

Hay un grupo de vanguardias europeas anteriores: Jean Moréas da por iniciado el sinestésico Simbolismo, en fecha tan temprana como 1886, considerando precursores a Charles Baudelaire, quien a su vez bebió en Edgard Allan Poe, y continuadores a Rimbaud, Verlaine o Mallarmé. Igualmente precoz fue el Parnasianismo de 1866, una reacción iniciada por Gautier o de Lisle contra el agotado Romanticismo de Hugo.

Siguió una cascada de movimientos precedidos siempre de sus correspondientes manifiestos, como sucedió con el Dadaísmo, nacido en 1916 a impulso de Tristan Tzara en el Cabaret Voltaire de Zürich, el Surrealismo psicoanalítico, cuyo manifiesto firmado por André Bretón fue de 1924, aunque la palabra ya había sido utilizada en 1917, y le siguen otras muchas como el Cubismo, el Abstraccionismo, etcétera.

Estas son cosas sabidas, ahora la cuestión es, ¿están igualmente metodologizadas las vanguardias hispanoamericanas? Conocerlas, las conocemos, pero lo que me pregunto es si existe un moderno cuerpo general de referencia que aborde la cuestión. 

Me permito afirmar que ahora un poco más, tras la edición a cargo de Juan Manuel Bonet y Juan Bonilla de Tierra negra con alas. Antología de la poesía vanguardista hispanoamericana. (Col. Vandalia. Fundación Lara. Barcelona, 2019).

A lo largo de un volumen de 800 páginas, Bonet y Bonilla han estudiado el periodo, con referencia a todos los países latinos, incluido Brasil, en el que se citan casi 200 autores de  los que se incluyen un total 825 poemas lo suficientemente representativos, por lo que el libro se convierte en un texto de referencia imprescindible.

De los editores, Bonet, que es un contrastado experto en el estudio de las vanguardias literarias y artísticas, se encarga de las introducciones biográficas y Bonilla nos ofrece un muy interesante estudio inicial.

Lo que nos devuelve a la línea de salida y esta sería el plantearnos cómo llegan las vanguardias a Hispanoamérica. Para ello debemos dividir a los promotores en dos grupos, los que tuvieron  la oportunidad de ir a Europa, conocer de primera mano qué es lo que estaba sucediendo, qué se estaba proponiendo, como les sucedió a Alberto Hidalgo, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, César Vallejo o Jorge Luis Borges, y los que desde sus respectivos países, conocieron los manifiestos y estaban suscritos a las revistas más elocuentes, por lo tanto lo que escucharon fueron sus ecos.

Durante el primer tercio del siglo XX, los autores latinoamericanos ofrecieron sus interpretaciones de los nuevos estilos, que se tradujeron en el Ultraísmo argentino de Borges, el multidisciplinario Estridentismo mexicano, nacido en 1921 en Jalapa, México, por el manifiesto “Actual Nº 1” de Manuel Maples Arce, el Indigenismo peruano de José María Arguedas a principios de la década de los 30 y que tuvo su proyección en fotografía, pintura, música y finalmente en política, o el Runrunismo chileno de Clemente Andrade y Benjamín Morgado, de 1927, y otros tantos de gran interés. 

Todos coincidían en expresar el cansancio que les producía las fórmulas literarias heredadas hasta ese momento. 

Pero si es bien cierto que la mayoría estaban untados de las experiencias vanguardistas españolas que emergían de Madrid, lo que verdaderamente les unía era la atmósfera vanguardista de París, y la influencia que las artes plásticas tenían en estos movimientos, como tempranamente señaló Diez Canedo en su Antología de la poesía francesa moderna. 

En París, la poesía de vanguardia y las artes plásticas iban unidas, por lo que no extraña en lo absoluto que una de las primeras experiencias fuera la poesía visual, a lo que hay que añadir el uso del francés, lengua en la que hablaba y escribía Picasso o Dalí y casi todos los escritores, pues el francés estaba considerada lingua franca de las vanguardias, de ahí que no debe descuidarse la atención a este factor.

También esto produce una enriquecedora tensión entre el Indianismo, como elogio del localismo hasta lo patriótico, y el cosmopolitismo, enfrentamiento que Borges resolvió con su apuesta indigenista, en una versión particular, que es lo porteño, que es tan local como internacional, un eslabón entre ambos.

La antología está dividida en veinte secciones y los autores, de norte a sur, se agrupan por países, no por vanguardias, “lo que pretendemos con esta antología –dicen– es mostrar cómo el espíritu de la vanguardia –que fue una época, más que un movimiento estético– alcanzó América de arriba abajo produciendo decenas de revistas y libros de cientos de poetas”.

Se echa a faltar un capítulo con las pre-vanguardias latinoamericanas.

 

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