Reseña

¿Es necesaria una nueva historia del cristianismo?

Tom Holland demuestra que el pensamiento contemporáneo está impregnado de la filosofía cristiana y de sus términos.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Ricardo Bellveser 
Escritor

¿Estábamos necesitados de que nos contasen una nueva historia del cristianismo que venga a corregir y encauzar las existentes hasta ahora?, o ¿hay que rescatar el cristianismo de su propia crisis? Según algunos expertos, mientras en Europa las iglesias se van vaciando de fieles, en África y Asia van creciendo los asistentes hasta convertirlo en el nuevo acontecimiento. Quedaría en medio Hispanoamérica, donde crecen al mismo ritmo el fanatismo religioso y su descrédito, sin saber en esa tensión qué lado se va a imponer en el encontronazo.

El historiador británico Tom Holland (Oxford, 1968), especialista en literatura clásica, reputado adaptador para la BBC de la obra de Herodoto, Homero, Tucídides o Virgilio, y en literatura de terror, acaba de publicar en español Dominio. Una nueva historia del cristianismo (Ático de los libros, 2020), en el que emprende la enorme empresa de contar la historia del cristianismo desde una perspectiva del siglo XXI y sus singularidades, consciente de que sigue siendo el pensamiento más influyente y más permanente de cuantos existen en occidente, hasta el punto de que la práctica totalidad de las formas de entender el mundo actuales, tienen como base el pensamiento cristiano, tengan sus autores esta creencia o no.

Todo parte de una curiosa decepción. Holland desde niño acompañaba cada domingo a sus padres al templo y luego lo hacía él guiado por esta piadosa costumbre, rezaba por las noches antes de dormir y se comportaba según estas reglas, convencido de que era seguidos de la verdad, cuando, un día, halló en una Biblia infantil, una ilustración en la que se podía ver a Adán y a Eva y tras ellos un brontosaurio, y se dio cuenta de lo imperdonable de ese error: nunca coincidieron nuestros primeros padres con los dinosaurios, lo que le empujó a descreer: “Mi instinto infantil de considerar al Dios bíblico el ceñudo enemigo de la libertad y la diversión se vio racionalizado”.

 Sin embargo, sus estudios sobre la antigüedad, y sus formulaciones históricas, le llevaron a entender algo que le resultaba evidente, y es que desde cualquier punto de vista, es resaltable el hecho de que en todo el pensamiento europeo, el cristianismo constituye su base, cosa detectable incluso entre quienes niegan los postulados cristianos. El peso de esta concepción universal, le concede una descomunal potencia, tanto como fuerza revolucionaria, como filosofía para la comprensión del mundo.

Holland se sitúa, pues, en un territorio mental que permite que muchos lectores vean reivindicado el cristianismo, en un momento en el que es tan atacado y presentado en ocasiones como el culpable de cierto modo reaccionario de pensamiento; podrá, quizá, dar argumentos a ateos y agnósticos contrarios a esta fe, y puede ser motivo de ofensa para millones de creyentes, pero en todo caso, se trata de una apuesta compleja, rica y provocadora, que pone en el centro del pensamiento moderno los eternos asuntos de la relación entre bondad y maldad y sobre todo el de la moralidad de determinadas formas de entender la vida.

Por ejemplo, nos viene a decir el autor, que buena parte de los grandes conceptos actuales, provienen directamente del cristianismo, entre ellos algunos tan radicales como los mismísimos Derechos Humanos impregnados desde la primera línea hasta la última del pensamiento cristiano, y lo demuestra recorriendo toda la historia, de ahí que el libro comience con la invasión persa de Grecia y lo lleve hasta los movimientos migratorios de hoy en día y las tensiones que estos crean, el libro va del nacimiento en Nazaret de un niño singular hasta el éxito de Los Beatles, y señala las pervivencia, en todos los casos, de la filosofía cristiana.

¿Cuál es el centro de la cuestión?  Pues mostrar, como hace la Biblia, el triunfo del débil frente al fuerte, del pequeño ante el grande, del más frágil ante el poderoso que nos enseña el relato bíblico. El hijo de Dios se hace hombre como cualquier otro, sufre, es castigado, e incluso muere por combatir el abuso, pero tras su muerte, regresa fuerte y nos muestra su poder, de forma y manera que los débiles quedan reivindicados, con lo que envía un mensaje potente, y es que desde la fragilidad, con fuerza en las convicciones, se puede escalar el largo camino hacia la preeminencia.   

Pues “hay algo único en el cristianismo –escribe Holland– que atrae a la gente humilde y hace que se identifique con Dios. Tal vez tenga que ver con el relato de que un Dios todopoderoso se convirtiera de repente, desprovisto de poder, en un ser humano más, uno de los débiles, para luego elevarse de nuevo en todo su poder. Eso demostró a la gente sencilla que ellos también podían lograr un propósito elevado”.

Lo demuestran todos los museos del mundo, en los que los cuadros referidos a pasajes bíblicos, forman la mayor parte de las obras en ellos exhibidas y resguardadas, en la filosofía que el pensamiento cristiano atraviesa como la luz los cristales, o el habla habitual untada de términos identificables como cristianos.