Memoria nómada

La fiesta popular, el Estado y la nación

Nuestro mundo festivo vincula a los hombres con lo espiritual, con el territorio que habitan y, sorprendentemente, con la nación desde la civilización de Tiwanaku, sostiene el autor.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Cleverth C. Cárdenas Plaza
Profesor universitario

 

Una revisión del carácter festivo del departamento de La Paz nos posibilitó registrar un aproximado de 1.036 festividades que se realizan durante todo el año, eso quiere decir que se realizaría un promedio de 2,8 fiestas por día. Muchas de esas fiestas o festividades corresponden a la celebración de algún personaje del santoral católico; sin embargo, muchas de ellas son rituales e incluso, las de apariencia más católica, se vinculan de un modo u otro a las prácticas andinas de la cultura agrícola. Naturalmente, este vínculo es mucho más complejo, porque entre otras cosas, las festividades populares tienden a reafirmar y articular vínculos sociales, familiares o redes de compadrazgo que devienen en una mayor eficiencia en las actividades económicas de los practicantes festivos.

 Por otro lado, movilizan los vínculos espirituales entre las personas con sus antepasados, sus ancestros o con las deidades locales. La fiesta popular para nuestro mundo festivo vincula a los hombres con lo espiritual, con el territorio que habitan y, sorprendentemente, con la nación; se trata de un excelente vehículo de unidad social, espiritual y territorial. Es decir, la fiesta no solo es un indicador de la salud económica, sino contribuye a producirla y reproducirla y su proliferación es necesaria para la dinámica social y económica de las diferentes formas de comunidad que existen, sean urbanas o rurales.   

El estudio de la fiesta popular puede parecer limitado –y limitante–   e incluso puede parecer algo frívolo: sin embargo, es en la fiesta popular donde un sector de la sociedad, generalmente invisibilizado, se hace visible, en especial en los espacios urbanos. Por otro lado, la fiesta revela los modos de ser y estar de diversas subjetividades que a partir de desplazamientos provenientes de distintas territorialidades expresan su anhelo de integración a la ciudad conservando sus diferencias y particularidades.  

Los últimos hallazgos arqueológicos muestran que Tiwanaku fue un Estado formado por diferentes grupos étnicos en un amplio espacio geográfico; su unidad se consolida en torno a las prácticas rituales, principalmente festivas, tal como lo señalaba Mathieu Viau-Courville. Este investigador publicó el 2014 un artículo en el que explica que el análisis iconográfico de las tallas en piedra de Tiwanaku describiría escenas rituales que reforzarían la hipótesis de que se trataba de un centro ceremonial importante. Estudios como éste describieron a la ciudad de Tiwanaku como un complejo ceremonial unificado que se convirtió en el núcleo que aglutinaba, bajo una misma  ideología,  a prácticas rituales y festivas de formaciones sociales dentro de una región muy amplia. 

Las prácticas, no solamente religiosas, sino de fiestas y festejos con comida y bebida, lo que hoy llamaríamos espectáculos, operaban en este centro como actividades de integración que servían para reforzar  relaciones sociales entre sus habitantes y las otras colectividades vecinas. 

En tal sentido, postulamos que las “puestas en escena”, como son los ritos, ceremonias y fiestas, no solamente manifiestan la representación grupal, sino que estructuran al  grupo mismo, “que se ordena a sí mismo de acuerdo a su representación”, como dice Pierre  Bourdieu. 

Aunque lejano en el tiempo y con características de formación estatal diferentes a la actual Bolivia, Tiwanaku está presente en el imaginario colectivo de los bolivianos, principalmente de las regiones altas, no es casual que se haya convertido en un lugar o espacio recurrente en el discurso visual del anterior gobierno boliviano. Tampoco es desconocido que el dictador Banzer haya emulado una ceremonia incaica durante el equinoccio de invierno en las ruinas de Tiwanaku con el fin de legitimarse frente a un amplio sector de la sociedad en los años 70. Pocos conocen, aunque ahora ese dato circula con más frecuencia, que  Arturo Ponsnansky,  realizó ceremonias rituales durante los equinoccios que corresponden al tiempo ritual aymara.  Tampoco fue casual que ese espacio considerado sagrado haya sido “utilizado” políticamente para escenificar la posesión de un presidente y la boda de un vicepresidente, incluso vulnerando su situación de Patrimonio Material de Bolivia.  Lo llamativo es que, pese a la distancia temporal, las ruinas de Tiwanaku siguieron movilizando ceremonias y actos festivos oficiales; sin descontar ceremonias y rituales festivos cotidianos que suelen realizarse por los propios habitantes del pueblo. 

De esa manera, el Estado moderno vio en la fiesta y en el ritual una manera de vincularse con una población generalmente marginal, pero que electoralmente era de vital importancia, algo así como que el poder usa estas ceremonias desde arriba para legitimarse. Al margen de la intención de politizar la fiesta popular, más importante es que  ella revela la inserción económica de sus protagonistas en la economía nacional. La fiesta misma es un indicador del modo cómo crece la economía de su entorno. Sin duda el principal indicador de ello es la fiesta del Gran Poder o la festividad dedicada a la Virgen del Carmen, en El Alto, precisamente el lugar donde se realiza la feria popular más grande de Bolivia. No se queda atrás la fiesta de la Av. 6 de marzo que aglutina a otro grupo de comerciantes y transportistas importantes, como tampoco las fiestas patronales de Cota Cota o las de las laderas de la ciudad de La Paz. Todas ellas reproducen la misma lógica. Me refiero a que estos datos dan la sensación de que la mayoría de las festividades se articulan en torno a la economía informal, de fuerte componente rural. Eso sugiere que la fiesta no solo revela cómo se construye una identidad de pertenencia etérea, sino que la misma está afianzada en torno a las dinámicas económicas de un entorno cultural. 

Cabe recordar que el Estado liberal y republicano recurría a las prácticas festivas para reafirmar su estructura estatal y, por otro lado, la propia práctica y las performances festivas construían el aglutinante que permitía que diversos grupos étnicos se mantuvieran unidos dentro de una estructura estatal, a la vez de  configurar y consolidar las escalas sociales y de poder. No solo eso, el actual Estado plurinacional acudió a las fiestas populares consagradas para aumentar su popularidad. Recordemos que cierta autoridad, demagógicamente dijo que cuando muera quiere que se lo entierre con una banda de morenada; por supuesto, jamás se lo vio como folklorista, mucho menos bailando en una fraternidad. Más allá de la anécdota, esta esa pulsión del poder estatal por acercarse al acontecimiento festivo. 

Esta breve reflexión se detiene, precisamente, en el poder metonímico de la fiesta popular que, desde su especificidad, puede contribuir a narrar una parte del todo del conjunto social. Al tratarse de un factor aglutinante la fiesta es muy importante para la población en general; en específico, se puede sostener, sin temor a cometer errores, que los folkloristas articulan su “ser” nacional desde las diferentes fiestas populares patronales. Ver esa articulación desde el despliegue de investigaciones sobre festividades en todo el territorio nacional es un desafío pendiente y fundamental para comprender aquello que Zavaleta llamó lo nacional popular. Enunciamos esto pensando en posibles agendas de investigación. 

Por último, es necesario analizar las fiestas populares más importantes de la urbe alteña en sus articulaciones sociales y económicas con regiones y territorios rurales, en una suerte de movimiento centrípeto. También vale la pena vislumbrar los espacios en los que se mueven los protagonistas que, aparentemente, estarían marcados por relaciones distantes, y en muchas ocasiones antagónicas por el carácter dicotómico que supone el área rural versus el area urbana. Nosotros asumimos que dentro de esta dicotomía se preserva la complementariedad y reciprocidad del mundo andino y asumimos que hay mucho por descubrir sobre el tema.

 

 

 


   

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