Cuento

La niñez de Eva

Para todas las Evas en el sentido bíblico- únicas, mujeres, madres- y para que toda niña tenga una niñez inocente y feliz.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Luci Araníbar C.
Periodista

El sol estaría pronto a pronunciarse en ese frío día de invierno.  Eva lo sabía porque ya un par de pajarillos habían trinado desde alguna rama del árbol que, endeble y sediento, aún seguía de pie en la acera de su casa. Eva trató de pensar en algo bonito, pero a esa hora del alba nada podría hacer que su fantasía la lleve a mundos mejores. 

Así era, ni de noche ni de día, su realidad estaba siempre presente. Mas Eva sentía que sólo quería seguir durmiendo. Sólo quería soñar mundos distintos o por lo menos dormir sin sentir la realidad. Se movió inquieta en la cama tratando de taparse mejor porque el frío del alba era crudo como lo era su realidad.

A su lado sintió un cuerpecito que se movía y un quejido que la hizo dar cuenta que no estaba sola. Su hermanito menor dormía con ella. Si tan sólo podría dormir todavía un ratito más... ?pensó?. Estaba dispuesta a retomar su sueño, porque su imaginación a esa hora del día no era posible. En ese momento escuchó los pasos inconfundibles de su madre y el ruido de la bisagra mal aceitada de la puerta de su cuarto. Eva pensó en una película en la que la madre cariñosamente se acerca a la cama de su niña y haciéndole un cariño la des... 

- ¡Despertá  Eva, es hora de despertar! ?le corta sus pensamientos la voz baja y demasiado firme de la madre?: Apúrate y cuidado se despierten tus hermanitos.

   Era así todos los días, menos el domingo que despertaban un poco más tarde, y para ella igual no había descanso. Ahora era miércoles, un día cualquiera e igual que los demás miércoles, o lunes, o jueves o feriados. Eva se levantaría y ya acostumbrada al agua helada de la pila se lavaría la cara y mojaría el cabello para que su madre le haga las trenzas. 

Era así todos los días antes de comenzar su rutina. Tenía que preparar el desayuno para su mamá y sus cuatro hermanitos; y lo más pronto posible empezar a cocinar para el almuerzo que vendía su mamá en la esquina de la plazuela, allí, frente a la iglesia. 

   Después de dejar el caldo cociendo, iría al cuarto y de uno en uno despertaría a sus cuatro hermanos. A los dos más chiquitos los ayudaría a vestirse y lavaría mientras se aseguraba que los otros dos se apuraban para ir a tomar el desayuno y salir al colegio.  Eva iba a la escuela en la tarde, porque en la mañana había que ayudar en la casa preparando la comida y preparando las ollas de comida que llevaría con su madre a vender. Como siempre irían los cuatro, su mamá y sus dos hermanitos tomados de la mano de ella. Si tenía tiempo haría las tareas que todavía le faltaban por hacer.

   Eva tenía siete años y cuatro hermanos cuando había tenido que adquirir la responsabilidad del hogar sobre sus hombros. Sus padres no habían tenido la necesidad de comprarle nunca muñecas (ni tampoco lo hubieran podido hacer); ella tuvo las muñecas reales desde siempre. Ahora de doce años, el hermano que la seguía era un año menor, el siguiente tenía ocho, seis tres y más uno en camino. Ella seguía haciendo lo mismo desde hacía ya casi media vida. 

   Delgada Eva, tal vez con menos peso del que debiera para sus escasos doce años, pero sin más, tenía que llevar una carga enorme sobre esos frágiles hombros. Ella era en realidad el tronco de la familia. Eva con doce años era muy menudita, pero, ¡quién tenía tiempo para pensar en ella! Había mucho que hacer y a veces, el no tener tiempo para ella era lo mejor que le podía suceder.

 Así Eva podía evadir... evadir... A ella le gustaba esa palabra. Evadir. Cuando el profesor le gritó que por qué siempre tenía que E-VA-DIR el hacer sus O-BLI-GA-CIO-NES. Eva pensó que le gustaría eva-dir. Eva-dir, eva-dir de tantas cosas en su vida. Ella esperaba que un día sí iba a poder eva-dir. 

Evadir de ahí. Evadir de su casa. ¿Pero cuándo podría evadirse de él? ¿De ese monstruo de la noche que no la dejaba dormir? Tenía miedo. Sí, tenía mucho miedo. Pero Eva aún no sabía que pronto tendría una obligación más (si lograba sobrevivir a ello), una que nunca jamás podría evadir, porque esa responsabilidad ya estaba en su vientre.

   Para todas las Evas en el sentido bíblico: únicas, mujeres, madres, que queremos que toda niña tenga una niñez inocente y el más lindo recuerdo de esa etapa.

 

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