El chicuelo dice

«La única chispa que puedo encender»

Líneas dedicadas al escritor peruano José María Arguedas, quien se quitó la vida en 1969 y dejó obras de la talla de El zorro de arriba y el zorro de abajo y Los ríos profundos.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Wilmer Urrelo Zárate 
Escritor

El del que les quiero contar, José María Arguedas Altamirano, se levantó muy tarde. Solo abrió los ojos y las partes de las que estaba compuesto su cuerpo ya no se juntarán nunca más en este mundo. 

Las partes de ese cuerpo que son como las piezas de un armable, un armable que solo encuentra sentido extraterrenal cuando es uno solo.

Sin embargo, la mañana a la que me refiero, José María Arguedas estaba compuesto por muchos fragmentos. 

Arguedas, por ejemplo, era la tibieza de Huanipaca. 

Era también Arguedas, por ejemplo, los titánicos silencios de su padre, también era el peso, la dureza del zumballu volando por los aires. 

“El trompo bajó girando casi en línea recta. Cantaba por sus ojos, como si de los huecos negros un insecto extraño, nunca visto, silbara, picara en algún nervio profundo de nuestro pecho”, escribió en Los ríos profundos.

También esa mañana del 28 de noviembre de 1969 estaban sobre tu cama, hermano, los fragmentos de los fantasmas de tu niñez, de los pongos que te dieron un amor y comprensión incondicionales.

Estaban, por supuesto, el mar de Chimbote, estaban cuándo no, el Chaucato y su bolichera Sansón I; estaban sin duda la dureza y la violencia del mestizaje, y claro que también estaban los escoleros corriendo por oscuros callejones. 

Las partes eran también su profunda tristeza, los fragmentos eran el amor por los perros y la comprensión de que el único cielo que existe es el de ellos.

“Quizá los perros conocen mejor al hombre que nosotros mismos”, escribió en Hijo solo.

El día que les cuento, intentarás matarte. Digo que lo intentarás porque solo morirás hasta el 2 de diciembre del mismo año. 

Y tal vez ese día, horas antes de ir a la Universidad Agraria La Molina, Arguedas soñó con piedras gigantes cercanas a un río, tal vez minutos antes soñó con esas piedras sobre las que escribiste en Todas las sangres: “… junto a mi casa hacienda, en el río grande, hay unas piedras que los rayos quebraron no sé en qué tiempo. Las caras que el rayo hizo en esas piedras parecen nuevas; no han sido gastadas ni por las lluvias ni por las crecientes. Allí, sobre esas superficies que están, aparece, nueva, la luz de las cumbres que se queda, reposa… Lo áspero de la piedra, pues, retiene al sol agonizante”. 

El sol agonizante que fuiste tú esos cinco días en Hospital del Empleado, Lima, Jesús María.

Entonces estamos en que el viernes 28 de noviembre de 1969, al despertar, esas partes arguedianas que andaban desperdigadas formarán una fila y lo seguirán por todo lado. 

Irán detrás de él, desayunarán con él, se sentarán con vos a escribir o a terminar de escribir dos cartas, una para Sybila Arredondo y otra para los alumnos de la universidad. 

José María Arguedas verá de reojo a la eterna Lima gris, y cuando entrará a la Universidad Agraria La Molina lo sabrás: tu corazón en ese momento se transformará en una lluvia eterna.

No sabes, jefe, que ese día no morirás. 

O tal vez si lo sabrá, pues al final de El zorro de arriba y el zorro de abajo, un mes antes de dispararse, escribió: “He vuelto de un viaje no tan inútil que hice a Lima… Habrán de dispensarme lo que hay de petitorio y de pavonearse en este último diario, si el balazo da y acierta. Estoy seguro que es ya la única chispa que puedo encender…”.

Tienes el arma lista, eso es lo único cierto de ese 28 de noviembre, las cartas de despedida también, pero sobre todo tienes una profunda tristeza tan difícil de escribir y de repetir, hermano. Triste tal vez como volver a escuchar el violín del maestro Máximo Damián Huamani, el violín de la composición titulada La Agonía, y que te la dedicó, como lo hicieste tú con El zorro de arriba y el zorro de abajo: la triste canción que sonará en tu velorio y que parecerá convocar a la poderosa luz de las sangres de todo el Perú.

Antes de que las cosas que componían tu cuerpo al fin se unan de nuevo, allá en el cielo de los perros donde resides ahora, sabrás por segundos que el mundo se hace trizas cuando uno aprieta el gatillo. 

Y que al fin aparece el comienzo del camino de todos los caminos.

Y que así al fin también la felicidad, hermano.

 

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