Homenaje

Quino visita Bolivia

La autora rememora la llegada de Joaquín Salvador Lavado al país en el año 2000, en el marco de Feria Internacional del Libro de La Paz.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Carla María Berdegué  
Librera

Corría el año 2000, habíamos inaugurado nuestra distribuidora de libros el año 1996 y la primera librería Lectura en 1997. Éramos como quien dice pajarito nuevo en el mercado, sin embargo ya habíamos tenido nuestros aciertos, la inauguración de la librería había sido un éxito y el año anterior habíamos conseguido la visita de Paulo Coelho a la cuarta  Feria Internacional del Libro de La Paz.  

Era el mes de abril y como todos los años yo estaba de visita en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la feria más importante para nosotros y aquella que yo más disfrutaba, paseándome por sus corredores viendo la infinidad de posibilidades para llenar nuestros estantes.

Allí conocí a Daniel Divinsky, dueño de Ediciones de La Flor y editor de los humoristas gráficos más prestigiosos: Fontanarrosa, Caloi, Liniers, Maitena y por supuesto de su entrañable amigo Joaquín Salvador Lavado, más conocido en el mundo como Quino, el padre de Mafalda.

En esa época, nada me parecía imposible y siempre pensé que Bolivia comercialmente no era muy interesante para los autores pero era un país por descubrir. Le lancé entonces a Daniel una invitación para que Quino nos visite en la feria del libro de La Paz, con la promesa de que luego de la feria ellos conocerían algún lugar increíble en el país.  Casi sin pensarlo, la invitación fue aceptada y el lugar escogido fue la Chiquitania. Un viaje que disfrutaron muchísimo.

De ahí en adelante nos pusimos a la tarea de preparar la visita, no podíamos hacer mucha promoción, ya que queríamos impedir que los piratas se nos adelantasen en la edición de sus libros, acudimos a la Cámara Boliviana del Libro para que nos apoyase con la visita  y fuimos muy bien recibidos logrando un apoyo total.

Días antes de su llegada lanzamos a la prensa la visita y como era de esperar hubo mucho interés.  Quino llegó a Bolivia acompañado de su esposa Alicia y de Daniel y Kuki, los dueños de Ediciones de la Flor, La Paz les gustó muchísimo. Al día siguiente de su llegada había una conferencia de prensa en la Casa de la Cultura, Quino y yo partimos hacia San Francisco y casi llegando a la calle Sagárnaga nos encontramos con una enorme manifestación, con cachorros de dinamita incluidos.  Ya no faltaba mucho para llegar a nuestro destino, así que le dije, acá nos bajamos y seguimos a pie. Él, un poco tímido, no me llevó la contra, se bajó conmigo y como lo vi un poco asustado por la experiencia, lo agarré de la mano y con un “permisito por favor” lo hice cruzar la avenida Montes por medio de la manifestación. 

Más tarde, en la casa de mi hermano ya entre risas y frente a un pastel de quinua que probó por primera vez, él  confesaría que se sintió como un niño agarrado de la mano de su madre atravesando un gran peligro.

Esa noche no terminaría ahí, mientras estábamos cenando, mi sobrino Julián, que tenía 7 años, entró al comedor con su cuaderno de conducta y les dijo a sus padres que tenían que firmar una anotación de la profesora por no haber presentado una tarea. Mi hermano, le pasó el cuaderno a Quino quien dibujó un Felipe que decía “lo siento señora profesora”. 

Mi sobrino no quería ir al colegio al día siguiente, le daba vergüenza mostrar el cuaderno, así que mi hermano tuvo que entrar con él y contarle a la profesora lo que había ocurrido.

Tuvimos dos noches de presentación, la primera fue una conferencia donde no cabía ni un alfiler, había hasta cuatro generaciones de personas, desde los abuelos hasta los nietos que habían ido a escucharlo, fue muy emocionante.

Al día siguiente iba a ser la firma de libros, era a las seis de la tarde, cuando llegamos a las dos  a poner todo en orden para el evento, la fila de gente llegaba hasta la planta baja del COE, donde se desarrollaba la feria. 

Nuestro primer temor fue que las escaleras no resistiesen la cantidad de gente parada, todo nos había desbordado, nunca imaginamos esa cantidad de público, no sabíamos ni donde acomodar a Quino para que todo fluyera de manera más o menos segura para todos. 

Al final lo logramos y a las seis arrancamos con la firma, mientras la cola avanzaba, conversábamos con la gente que esperaba con entusiasmo y mucha paciencia. Allí conocimos a personas que habían llegado del interior del país, había un señor que vino desde Oruro, con una colección viejísima de Mafalda que la tenía cuidadosamente envuelta en papel madera y nos contó que la había comprado con su primer sueldo muchos años atrás. 

Habían padres con hijos, abuelos con nietos, amigos y enamorados, todos llegaban para hacerse firmar libros, camisetas, muñecas de Mafalda, etcétera. La fila llegaba en un momento hasta el puente de ingreso al COE, por supuesto ya era imposible parar a los vendedores ambulantes con colecciones de Mafaldas pirateadas que vendían los libros en la calle.

Luego de tres horas y media de firma, Quino tenía que retirarse, no había terminado de firmar a todos, pero no nos quedaba otra que salir. Su mesa había sido acomodada en el escenario, así que estaba a cierta altura, se paró para despedirse y la gente se le abalanzó, tuvimos que hacer una operación comando para protegerlo y salir corriendo por una puerta trasera mientras mi hermano esperaba con el auto encendido. 

Fue una tarde inolvidable seguro que para nosotros tanto como para aquellos que pudieron sentarse y conversar con él por algunos minutos, conocer su amabilidad y calidez y llevarse su ejemplar favorito firmado.

Hace unos días hablé con Daniel, el amigo, se emocionó de escucharme, me dijo que siempre recordaban mucho su viaje a Bolivia y el pastel de quinua también.

Quino ha partido, pero nos deja un legado infinito, quedará en nuestra memoria y en nuestro corazón.