Impresiones y pareceres

Salvador Romero Pittari y la temprana recepción de Michel Foucault

El sociólogo fue uno de los primeros divulgadores del pensamiento foucaultiano a fines de los años 60, cuando el campo de las ideas estaba sumergido en el nacionalismo y el indigenismo.
domingo, 11 de octubre de 2020 · 00:00

Freddy Zárate
Abogado

Recuerdo que hace tiempo atrás asistí a una reunión en donde se trataron temas referidos a la retardación de justicia, el hacinamiento de reclusorios y la necesidad de reformar la normativa penal. Los protagonistas del evento –según indicaron sus anfitriones– eran renombrados catedráticos en el nivel de pregrado y postgrado. 

En dicho cenáculo hubo varias intervenciones, pero me llamó la atención las palabras del jurista O. J., que para explicar sus puntos de vista recurría al filósofo francés Michel Foucault (1926-1984). Pero lo curioso del asunto es que solamente se remitía a señalar títulos de libros de Foucault      –con mucho énfasis Vigilar y castigar–, quedando en la incógnita la relevancia del núcleo teórico foucaultiano con los problemas actuales de la sociedad boliviana. 

Una vez concluida su intervención no hubo cuestionamientos, ni observaciones, ni refutaciones de parte de sus colegas. Todo lo contrario, fue elogiado por su profundo conocimiento en el campo de las ciencias sociales.

El ejemplo es muy interesante. Refleja la favorable recepción académica de Foucault –tanto dentro como fuera del país–, en donde proliferan menciones, seminarios, artículos de prensa, estudios, cursos y tesis dedicados a su obra. 

En tal sentido, se puede afirmar que M. Foucault es uno de los filósofos contemporáneos más influyentes en el medio intelectual boliviano. Y sin embargo, no hay estudios acerca de su llegada, su recepción y su familiarización con el léxico foucaultiano. Este vacío de la recepción académica de Foucault en Bolivia no es motivo de investigación de parte de sus admiradores, dado que se pasa por alto por ser un tema tan enraizado dentro de la intelligentsia local.

En tal sentido, haciendo una suerte de genealogía del arribo de las ideas de Foucault a suelo boliviano, se puede considerar al sociólogo Salvador Romero Pittari (1938-2012) como uno de los primeros divulgadores del pensamiento foucaultiano a fines de los años 60. Al rastrear la trayectoria intelectual de Romero, advertimos que una vez que se recibió de abogado en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), se trasladó a Bélgica para iniciar sus estudios en ciencias sociales en la Universidad Católica de Lovaina, entre 1962 a 1965. Durante su permanencia en suelo belga, fue testigo de los acelerados cambios culturales en Europa, y en plano intelectual, siguió de cerca el movimiento francés, en donde empezaba a resonar los nombres de Claude Lévi-Strauss, Paul Ricoeur, Michael Foucault, entre otros. 

Una vez concluidos sus estudios en sociología, Salvador Romero retornó a la ciudad de La Paz en 1965, para luego sumarse al plantel docente de la Universidad Católica Bolivia, y la Escuela de Servicio Social (ahora Carrera Trabajo Social) de la UMSA. 

En ese tiempo, el campo de las ideas estaba sumergido en el nacionalismo, el indigenismo –bifurcado entre la estética, la revolución y el telurismo–, y el socialismo en sus distintas ramificaciones. Y el panorama político se encontraba bajo la presidencia del general René Barrientos, y vicepresidente, Luis Adolfo Siles Salinas, en donde Romero ocupó brevemente el cargo de Secretario privado de Siles. 

En ese contexto sociopolítico, Salvador Romero Pittari dio a conocer ideas “extrañas” para la generación de los años 60. Una de ellas fue publicada en el matutino Presencia Literaria, el 19 de enero de 1969. Se tituló El estructuralismo de Michel Foucault.  

Según indica Salvador Romero, su trabajo radica en lograr una primera aproximación a la idea del estructuralismo, que tiene sus raíces en la lingüística, “el mismo C. Lévi-Strauss ha reconocido la influencia de esta disciplina en el desarrollo su pensamiento”. 

Así como los aportes de Saussure en su Curso de lingüística general, que instaba a una ciencia de los signos (la semiología), cuyo ejemplo privilegiado era la lingüística. Para Saussure, toda práctica lingüística (incluida la no verbal) puede ser analizada teóricamente en términos de una estructura profunda originada en última instancia en la biología de la mente humana. 

Saussure creía que el sentido está estructurado como una relación de diferencia entre elementos, que una palabra tiene su significado no por aquello a lo que se refiere sino porque no significa lo mismo que otras palabras. 

Los lingüistas consideran al idioma como un sistema de relaciones. Es justamente aquí       –dice Romero– donde reside su conexión con el estructuralismo. Este último busca encontrar de manifiesto el modelo relacional existente dentro de una determinada sociedad. 

En el caso del antropólogo Claude Lévi-Strauss, su interés radicaba en los modos de producción del sentido. Procediendo a partir de hipótesis estructuralistas, llegando a investigar las relaciones entre los mitos de diversas sociedades indígenas americanas. Sólo pudo explicarlo recurriendo a una teoría coherente de la producción del significado mítico. 

Estos significados se encontraban fusionados bajo los esquemas del estructuralismo, la narratología y la semiótica. Por tanto, el estructuralismo tiende a privilegiar la explicación de las estructuras en detrimento del individuo. En donde los hombres se adecuan a las configuraciones estructurales dentro de las que se encuentran sumergidos el pensamiento y la praxis; llegando a encontrar en ellas su principio de organización en donde el peso de lo real se encuentra en los sistemas estructurales, y el hombre es tan solo el medio a transformarse del cual aquellos se expresan. 

Con estas líneas introductorias, Romero ingresa a analizar el ensayo Les Mots et les Choses: Une archéologie des sciences humaines, de Michael Foucault. Al respecto, cabe puntualizar que en esos años aún no se había traducido la obra al español, es así, que toma la edición publicada en París, por la editorial Gallimard de 1966. 

A juicio de Salvador Romero, esta obra no trata de una historia de las ciencias, sino muestra la evolución progresiva de las diferentes formas de conocimiento hacia niveles superiores de objetividad y racionalidad, a lo que se denominó como la “arqueología del saber”, cuya finalidad es aclarar las condiciones que hacen posible el surgimiento de las ciencias y figuras del saber.

Esta sucesión de mutaciones dentro de la estructura cultural es la episteme (una nueva estructura de saber) de cada periodo. En donde la arqueología del pensamiento muestra las grandes discontinuidades en la episteme de la cultura occidental. Una de las primeras rupturas fue a mediados del siglo XVII, que inicia en la época clásica; la segunda se produjo a principios del siglo XIX, que marca el surgimiento de la modernidad. 

Cada una de estas transformaciones tiene un significado de cambio en el modo de ser de las cosas y en el orden del saber. Por lo tanto, el hombre y las ciencias humanas, no es el problema más viejo que se haya planteado en medio de las mutaciones que fueron afectando la episteme occidental; sólo una reciente conformación ha dado nacimiento al hombre, producto de un cambio en las disposiciones del saber. 

“Si esas disposiciones llegaran a desaparecer, así como aparecieron, y si por algún acontecimiento del que apenas podemos presentir la posibilidad, pero del que no conocemos por el momento ni la forma ni la promesa, caerán como lo que ocurrió después del siglo XVIII en el pensamiento clásico, entonces, se puede muy bien apostar que el hombre podría desaparecer como al límite del mar una figura de arena”.

La ordenación por medio de los signos constituye todos los saberes empíricos como los saberes de la identidad y la diferencia. A través de ellos convertidos en instrumentos de análisis, se constituye la taxonomía, que junto a su forma particular “la mathesis”, definen el sistema general del saber en la época clásica. 

Para Foucault una nueva mutación de la cultura occidental coincide con la desaparición del análisis de la representación que hizo posible que “el lenguaje no era más que la representación de la palabra, la naturaleza y la representación del ser”.

 La alteración del episteme del siglo XVII y XVIII es contemporánea al Marqués de Sade, que es el otro extremo, “Sade llega al término del discurso y el pensamiento clásico (…). A partir de él la violencia, la vida, la muerte, el deseo, la sexualidad, empieza a extenderse por debajo de la representación, una inmensa sombra que nosotros ensayamos ahora de retomar como podemos, en nuestro discurso, en nuestra libertad, en nuestro pensamiento”. 

El siglo XIX la economía política, la biología y la filología reemplazan a las antiguas figuras del saber. Las cosas, de ahora en adelante no obedecen más a las leyes de la representación, sino a las de su propio devenir; el reino del discurso, del lenguaje clásico, llega a su fin. Al respecto, Romero manifiesta que estas alteraciones del orden y de sus relaciones con el espacio-tiempo sobre las cual se edifican las ciencias es la médula central del libro Las palabras y las cosas. 

Las impresiones que tuvo Salvador Romero de la lectura de Les Mots et les Choses, lo llevaron a preguntarse: “¿Hay en ella un rechazó de los valores del humanismo?”, “¿Este rechazó no se acompaña a la vez de otra negación, inseparable de la anterior, pero mucho más nefasta: la de la libertad?”. 

También, Romero Pittari señaló que la discusión de la tesis de M. Foucault a nivel filosófico resulta estéril, “porque se trata al fin de cuentas de un enfrentamiento con una concepción diferente del mundo, con un determinismo renovado por la ciencia moderna, aunque en el fondo su pensamiento palpita un irracionalismo no sin parentesco con el romanticismo alemán. Por tanto, la libertad no acepta una definición, es más bien un sentimiento que se vive”.

Detrás del sugerente análisis de Romero, se puede advertir que esta temprana mirada de Foucault en suelo boliviano no tuvo ninguna repercusión ni aceptación en el campo académico y universitario. 

Al contrario de lo que ocurre en la actualidad, en donde el nombre y la teoría de Foucault se impusieron profusamente en los estudiosos de las ciencias sociales, al grado de que algunos académicos conciben el pensamiento foucaultiano cómo una mirada globalizante y facultada para explicar cualquier contexto y toda realidad social. 

Esta mirada convencional de parte de los partidarios del postmodernismo es confrontada por el sociólogo Salvador Romero Pittari. Por eso es necesario un estudio de las recepciones académicas, ya que estás reflejan sensibilidades, narraciones, repercusiones y formas de pensar de un determinado período, las cuales se contraponen a los imaginarios del presente.

 

 

 

 


   

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