Contante y sonante

El fondo negro

A veces el prestigio se pierde por querer ganar más prestigio y se termina ganando más plata habiendo perdido el prestigio...
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Óscar García
Músico y poeta

El retrato en la oficina, el que está detrás del escritorio del encargado y de la licenciada en imposibilidades, es al óleo. El retrato que está detrás del funcionario cuya especialidad es decir que el trámite está en el otro escritorio, no es al óleo, es una fotografía reproducida en offset a todo color, en una imprenta carísima del primo del jefe máximo de todos los funcionarios del mundo. Hay un jefe máximo de los funcionarios y de las doctoras que se hacen decir doctoras en leyes pero son nomás licenciadas. Esto ocurre porque en el siglo XIX sí se estudiaba leyes para ser doctores y para ser representados en una danza en dos por cuatro y con bastones. 


Pero ahora no. Hay que hacer un doctorado y eso cuesta y toma tiempo y hay que tener perseverancia y querer hacerlo, cosa que los doctores y las doctorcitas que habitan en oficinas minúsculas no hace, O sea, no quieren, No pueden, a lo mejor por cuestiones económicas o de seso nomás.

El retrato que está detrás de todo buen funcionario que pretenda mantener su puesto, tiene la banda presidencial recién lustrada y no falta quien le hace una canción y se consigue un puestito en alguna legación del exterior porque nada mejor que el exterior para ganar prestigio y más plata. Más plata que prestigio, claro, porque a veces el prestigio se pierde por querer ganar más prestigio y se termina ganando más plata habiendo perdido el prestigio y eso suele no importar porque el prestigio hasta se lo vuelve a comprar en los círculos de amistades y de acólitos, con la plata que se ha ganado pensando en el prestigio.

El retrato del sujeto lleva una mosca los días normales y los días peligrosos, un thaparaku. La mariposa nocturna no hace nada por sí misma. Es inofensiva, es una santa palomita, más chiquitita y fea, por supuesto. No hace nada. No muerde, no saca la lengua, no empuja. No contagia nada, al menos eso no se sabe y habría nomás que tener distancia porque la experiencia ha enseñado que si un chino se encuentra con el thaparaku se lo va a comer y a lo mejor se infecta y anada esparciendo virus de thaparaku por doquier causando la muerte de otro millón de seres en el planeta, por el simple hecho de no haberse aguantado a llegar a un próspero y seguro puesto de expendio de salchipapas en la calle. 

El tahaparaku es un símbolo. Representa, significa, transmite. Así que su peligro radica no en su fealdad si no que en la mente de una colectividad que le ha conferido durante quién sabe cuántos años atrás, la capacidad de avisar sobre desgracias personales y colectivas. 

Así, la presencia del bicho encima del retrato, es señal de que hay que dejar la oficina porque el líder del retrato en cualquier momento se convierte en el dealer del penal de alta seguridad. De líder a dealer hay un salto, cualitativo.

En el retrato, además de la cara y parte del cuerpo, el torso, para ser precisos, hay un fondo negro. Torso suena glamoroso. En realidad es una barriga prominente metida en un traje antibalas y anticolonial y antipático. Meter el cuerpo en el traje habrá sido una labor titánica y encomiable digna de un equipo de asesores y de albañiles y maestros carpinteros.

El retrato muestra en el fondo negro el verdadero fondo del asunto. Es el pasado de todos los retratados para formar parte de la parte de atrás de los funcionarios. Es el fondo negro de la administración. Es la oscuridad de los tejemanejes de la administración. Es el gran agujero negro de la administración pública y sus acciones en favor de cada retratado con cara de circunstancia y liderazgo.