Notas para romperse una pata

Epístolas de la memoria: Cartas al Chaco de Teatro Trono

En esta pieza teatral hay un valor recíproco: hay una investigación de la historia para hacer arte y hay una obra artística para analizar la historia, sostiene la autora.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Fernanda Verdesoto Ardaya 
Literata y docente de la  UCB

Mal que mal, no falta mucho para llegar al centenario de la Guerra del Chaco. Pasaron los años uno por uno, lentamente y de un tirón, y todavía este conflicto ha sido uno de los eventos más importantes de nuestra historia. Y sigue presente, sigue allí y tomó la forma de memoria, y se tiñe de fotografías, diarios, documentos oficiales y no tan oficiales, investigaciones enterradas, literatura, y de las cartas que cada día toman un tono más amarillo. Tenemos todos los registros desde lo público para comprender la historia, y las cartas que reflejan lo tremendamente íntimo: El miedo, el valor, el calor, la sed, el amor, la esperanza y la profunda amistad entre combatientes, sin importar el frente en el que se encuentre. Porque eso hace el absurdo de la guerra, crea amistades. 

Y en épocas pandémicas se han creado nuevas amistades y nuevas conexiones. Nuevos tipos de cartas digitales que nos van uniendo poco a poco. Esto incluye los estrenos virtuales de obras de teatro. Una de las obras ganadoras del premio Peter Travesí 2020 y del fondo municipal FOCUART, Cartas al Chaco de Teatro Trono es una obra que se enfoca en la intimidad de las relaciones. De madre a hijo, de hijo a madre, entre amantes, entre amados, entre amigos. Es, como su título lo dice, una puesta en escena de las cartas enviadas, guardadas y desenterradas durante la guerra.

En esta obra, creo que me gustó más la puesta en escena que el texto. Tal vez porque el texto está muy presente en sus diferentes variantes y, –lamentablemente– ya lo damos por sentado. Pero hay algo muy interesante en el movimiento de los actores, en el uso de la luz y escenografía que me dio una perspectiva más clara de este evento histórico. 

Por un lado, estaba la representación de los soldados en plena agonía ante la sequía, ante el cansancio y la brutalidad de los hechos. Estamos hablando de tres soldados encorvados y de brazos caídos que zapatean contra el piso. Hay un ritmo de marcha bélica en estos pasos, se escucha la lengua de la marcialidad. Pero, a la vez, hay un tono, una musicalidad que antes escuché en películas viejas donde los esclavos marchan al trabajo una vez más en la eternidad. 

Tal vez sobreinterpreto, y está bien, porque el sonido hace eso, nos transporta inmediatamente a recuerdos extraños y a veces aleatorios de lo que alguna vez nos impactó. Y creo que por esto mismo el sonido en el teatro es siempre importante, no sólo la música o el conjunto de voces, sino el sonido, el ruido y el silencio. 

Algo que siempre se destaca cuando se habla de la Guerra del Chaco es el tema de la sed en los combatientes. No hay cómo olvidar El pozo,  de Augusto Céspedes y cómo nos empezamos a deshidratar en sólo quince minutos de lectura. Y este tema no faltó en esta obra. 

Ahora bien, es interesante aquí la utilería aplicada. Hay una lámina de plástico en el techo que se mueve un poco para representar una lluvia deseada. Hay tierra por doquier, que simula ser lluvia, y que es sequía a la vez. Para entender la sed hay que ver estos elementos, y para entender el agua, hay que notar la falta de la misma. Hay toda clase de elementos para representar el agua y sin embargo no hay agua en escena, nunca. Y comprendemos. 

Por último, quiero destacar una imagen hermosa, que es la de las mismas cartas. Un hombre hablando de su gran amistad con el paraguayo “enemigo”, mientras carga su correspondencia, como un aparapita, porque hay que saber cargar las relaciones, las amistades y mantenerlas en equilibrio. Otra imagen: el tendedero de las cartas. Epístolas por doquier, se cruzan y se enredan, pero están allí, develando la intimidad de los combatientes y sus queridos y queridas. Me da una imagen como las marañas de cables del centro paceño, y por más enredadas que estén, yo veo comunicación. 

Ahora bien, más allá de hablar de la obra en sí, quiero también comentar lo que se vino después de la obra, que fue un conversatorio con distintos historiadores para comentar la obra y su relevancia histórica. Y me parece que esto multiplica el valor de la obra por mil. Porque siempre sostuve que la historia y las artes van de la mano, aunque sea una obra de “arte por el arte”, siempre hay un indicio histórico que nos ayuda a entendernos mejor como humanidad. 

Sostengo que el arte puede ser una buena fuente histórica, así como un gran ensayo histórico, y en el caso de Cartas al Chaco, hay un valor recíproco: es decir, hay una investigación de la historia para hacer arte, y hay una obra artística para analizar la historia. Y por esto mismo veo este conversatorio como una gran forma de seguir entendiendo qué pasó, por qué pasó y cómo nos sigue afectando. Y lo mejor, que entender más nos ayuda a crear nuevos montajes artísticos y así hasta el infinito. 

Si hay algo que resultó positivo de la pandemia y la ciberactividad es que ahora todo quedó registrado. Sean exposiciones, clases, eventos, discursos, debates, conciertos, presentaciones, películas, conversatorios u obras teatrales, todo queda registrado y, aunque no tengamos tiempo de ver en el momento del estreno, podemos ponernos al día. 

Podemos volver a decir que “podemos ver el repris”. Y eso es lo lindo de Cartas al Chaco¸ que, aunque ya pasó el estreno, podemos verla y volverla a ver, así como el conversatorio (@TeatroTrono). Lo digital crea nuevos archivos imborrables y la memoria desclava la tapa de su ataúd.

 

 

 


   

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