Impresiones

¿Plagio de Viscarra, Vargas o Saenz?

El autor ensaya tres hipótesis a propósito de un verso dedicado al alcohol y la noche. ¿A cuál de los tres autores pertenecen en definitiva esas líneas?, cuestiona.
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Freddy Zárate
Abogado

La figura de Víctor Hugo Viscarra (1958-2006) alcanzó cierta notoriedad en el campo de las letras, gracias a la exitosa publicidad de parte de sus amigos de “farra”, periodistas, catedráticos y espíritus acríticos que vislumbraron en Viscarra autenticidad, originalidad y profundidad literaria. 

Bastaron pocos años para que sus partidarios sientan fascinación por la marginalidad urbana, al grado de sobrevalorar las vivencias existenciales del autor, que sosegadamente transitan por las sendas de la delincuencia, el alcoholismo, los prostíbulos y las frías noches de la periferia paceña. 

Por tal razón, los textos de Viscarrosky (uno de los varios apodos concedidos a Viscarra) son estudiados y comentados en círculos académicos y universitarios, resultando, un desmedido elogio a la obra y figura de Víctor Hugo. En tal sentido, el entusiasmo a la literatura marginal se encuentra distante de toda crítica y cuestionamiento por parte de sus admiradores.

 Un diálogo con Viscarra   

Para contextualizar un hecho que pasó desapercibido por parte de los apologistas de la literatura marginal, es necesario retroceder al año 2000, cuando se publicó el dialogo titulado Persona non grata. De mi infierno, crear un paraíso (Entre copas con Víctor Hugo Viscarra), del autor Serafín Guerrero (Revista Boliviana de Cuento Correveydile, No. 15, De música y de guerra, abril-julio 2000, bajo la dirección de Manuel Vargas). 

En uno de sus pasajes, el texto describe a Viscarra con las siguientes palabras: “Siempre que encuentro a este hombre de pequeña estatura, está sentado en la mesa de un bar, encogido en sí mismo como si quisiera escapar del mundo, a ratos sabe desviar la mirada torva a la espera de un cliente o una oportunidad para procurar la renta del alojamiento de esa noche.  Su tufo ahuyenta a la gente. Su vivacidad casi insolente, le otorga una especie de carné de la marginalidad. Pero él no se avergüenza y más bien la esgrime contra los escritorzuelos de pluma almibarada y reivindica ese mundo oscuro, del cual todos somos responsables y no podemos sentirnos inocentes. Habla con propiedad de ella. Sus cuentos son una especie de correspondencia secreta, en la que nos muestra que aún de la pérfida se pueden sacar cosas bellas”.

Más adelante, Serafín Guerrero pregunta la relación entre el alcohol y la escritura. Y, Viscarra responde: “Si uno bebe para escribir acerca de los beneficios que le prodigará la bebida, allá él. Pero, si uno bebe simple y llanamente porque le da sed y no se hace problemas de las consecuencias que en su salud le infringirá la terminación OL, tenemos que estar seguros que las musas no dejaran pasar inadvertido este sacrificio, y prodigarán sus efluvios y dones a quienes así se sacrifican (…)”. 

En ese mismo párrafo, Víctor Hugo Viscarra dice: “Sí, he tenido, y aún la tengo, una cadena interminable de vivencias con el alcohol, mas como yo estaba deliciosamente borracho, muy poco me acuerdo de ellas, aunque he escrito alguna vez cosas como ésta: Para el hombre que mora en la noche, para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche, el alcohol es la luz. El que su cuerpo se vuelva transparente y el que esta transparencia le permita mirar al otro lado de la noche, es obra exclusiva del alcohol”.

Los cuadernos “perdidos” 

Al año de la muerte de Viscarra, el editor Manuel Vargas publicó el libro póstumo Ch’aqui fulero. Los cuadernos perdidos de Víctor Hugo (La Paz: Correveidile, 2007). El prólogo del texto manifiesta: “(…) esta colección de relatos fue escrita de una manera que no a cualquiera le va a gustar, a mí, en lo personal, me gustan tal como están, y la opinión de la gente me es indiferente”, enfatiza Vargas.

Al adentrarnos a los cuadernos perdidos de Viscarra, advertimos que en la parte final del libro se encuentra el capítulo Otros textos, y dentro de ella, Hojas sueltas (1983-1984), en donde nos topamos con estas líneas: 

“El alcohol y la noche. Para el hombre que mora en la noche, para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche, el alcohol es la luz. El que su cuerpo se vuelva transparente y el que esta transparencia le permita mirar al otro lado de la noche, es obra exclusiva del alcohol”.

 

La Noche de Jaime Saenz 

Aquí tenemos el meollo del asunto. Pudimos notar que las breves líneas dedicadas al “alcohol y la noche” fueron atribuidas a Viscarra, tanto en el diálogo que sostuvo con Serafín Guerrero, así como en el libro Ch’aqui fulero. Pero resulta que en la década de los años 80, el poeta Jaime Saenz (1921-1986) publicó el poemario La Noche (La Paz: Editorial Don Bosco, 1984), donde hallamos el siguiente fragmento:  

“Pues para el hombre que mora en la noche; para aquel que se ha adentrado en la noche y conoce las profundidades de la noche, / el alcohol es la luz. / El que su cuerpo se vuelve transparente, y el que esta transparencia le permita mirar el otro lado de la noche, / es obra exclusiva del alcohol”.       

 Entonces surge la pregunta: ¿Hubo plagio de Viscarra, Vargas o Saenz? Al respecto, podemos ensayar tres hipótesis: 1) Se puede deducir que Viscarra no era un gran lector ni investigador –a pesar de algunos testimonios que lo pintan como un gran conocedor de la literatura universal–, ya que sus relatos se enfrascan monótonamente en sus vivencias dentro de la marginalidad urbana. Por tanto, es muy dudoso que Víctor Hugo haya conocido y leído la obra poética de Saenz. En el caso de que Viscarra hubiese hojeado el poemario La Noche, incurrió en plagio.  

2) El editor Manuel Vargas fue quien localizó y publicó Ch’aqui fulero. Los cuadernos perdidos de Víctor Hugo en la editorial Correveidile. A esto hay que añadir que gran parte de la producción de Viscarra fue armada, ordenada y (tal vez) redactada en su totalidad por Vargas. En tal sentido, se puede inferir que el editor tenía pleno conocimiento del fragmento “el alcohol y la noche” que apareció inicialmente en la Revista Correveydile, bajo la firma de Serafín Guerrero. 

Acá surgen varias interrogantes: ¿Quién es Serafín Guerrero? ¿Existe el autor? ¿Acaso el nombre de Serafín es un seudónimo, en donde se escondió el Director de la Revista Correveydile? ¿Será que Serafín Guerrero sustrajo el fragmento de Saenz para adjudicarle la autoría a Viscarra?

3) Y por último, es que Jaime Saenz haya plagiado a Víctor Hugo Viscarra. Lo cual es poco probable, porque su poemario La Noche se encuentra estructurado de manera armoniosa en cuatro capítulos: La noche, El guardián, Intermedio y La noche. No por nada la poesía saenziana recibe hasta el día hoy críticas favorables dentro y fuera del país.            

La ironía del caso es que los cultores y estudiosos de Saenz y Viscarra no se percataron de este hecho flagrante de plagio. Ahora tienen la palabra los férreos discípulos de Saenz y el poeta Manuel Vargas, que nos pueden develar este oscuro asunto; ya que no podemos inquirir ni a Víctor Hugo Viscarra ni a Jaime Saenz sobre este bochornoso calco proveniente de dos cultores de la profundidad de las noches paceñas.   

 

 

 

 


   

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