Reseña

Vértigo liberal, la investigación «con otros ojos»

La publicación del Instituto de Investigaciones Literarias de la UMSA revisa temas de sociedad, economía y literatura en la Bolivia de entreguerras (1880-1930).
domingo, 18 de octubre de 2020 · 00:00

Marta Irurozqui 
Instituto de Historia - CSIC

Tras el hermoso, sugerente y plástico título, Vértigo liberal, aguarda un libro que ofrece no solo nuevos conocimientos, sino también nuevas y diferentes perspectivas para pensar en el futuro de la investigación histórica, literaria y cultural en y sobre Bolivia. Este texto tuvo su origen en una mesa de debate que llevó el mismo título en el IX Congreso de la Asociación de Estudios Bolivianos (AEB), realizado en la ciudad de Sucre en julio del 2017. 

El principal objetivo de dicha mesa fue abordar el periodo de 1880 a 1930, que las coordinadoras del volumen (Ximena Soruco, Kurmi Soto y Cristina Machicado),  denominaron de un modo amplio y con doble sentido “periodo liberal”. De un lado, esta etapa comprende el periodo de acción, proyección y decadencia del Partido Liberal. 

Por otro, se refiere al devenir del liberalismo como doctrina, en su formato conservador de ideología de progreso y de civilización, ya que el liberalismo, en tanto doctrina de los derechos y la no coerción, estuvo presente desde los inicios de la República. 

Si bien esta etapa ha sido trabajada (aunque no mucho), lo importante del libro es que lo hace, “con otros ojos”, es decir, de manera historiográficamente renovada, con nuevas fuentes, en su mayoría periodísticas, desde diferentes perspectivas y disciplinas, siendo muy destacable el diálogo entre historia, literatura, música, ciencias, tecnología y mercado. 

Los enfoques historiográficos presentes en el libro se insertan en la segunda etapa de desarrollo de la corriente revisionista y de innovación iniciada por la nueva historia política y la nueva historia cultural desde la década de 1990. Presenta como novedad no solo una revitalización de los temas vinculados a la sociabilidad política a través de la cultura, sino también un redimensionamiento político y social de los temas económicos. El resultado es una relectura creativa de la historia boliviana en términos de temas, actores y fuentes. 

  Sobre los temas destaca el esfuerzo por revisar “desprejuiciadamente o desideologizadamente” el proceso de modernización política, social, económica y cultural desarrollado tras la Guerra del Pacífico y la dinámica de poder y de poderes entretejida a partir de dicha modernización. 

Y esta actitud historiográfica conlleva el abordaje de la participación popular partidista en las guerras, del funcionamiento de los lobbys políticos, los clubes culturales y las sociedades geográficas, de las relaciones internacionales en apoyo de la búsqueda de capitales, de la innovación industrial y las explotaciones mineras y petroleras; y en especial de cómo todo ello favoreció el desarrollo científico, académico y literario del país a través de una tecnología de la lectura, de la administración o de la música y mediante su difusión crítica en revistas y periódicos o tertulias políticas literarias.

  Sobre los actores protagonistas de esta época, unos están tratados de modo colectivo, como el pueblo de Cochabamba, y otros de modo particularizado y repartidos en tres generaciones: aquellos que llevaron adelante las reformas de 1880 (Narciso Campero, Aniceto Arce, Gregorio Pacheco, Julio Lucas Jaimes, Nataniel Aguirre, José Manuel Pando o Manuel Vicente Ballivián); los que las continuaron, aunque con una mirada más crítica (Rigoberto Paredes, Alcides Arguedas, Franz Tamayo, Armando Chirveches, Abel Alarcón, Arthur Posnansky, Bautista Saavedra, Belisario Díaz Romero o Eduardo Diez de Medina); y los que vivieron su decadencia y lideraron la transición hacia el período nacionalista (Carlos Medinaceli y Gustavo Adolfo Otero). 

Respecto a estos actores, lo importante de las investigaciones que contiene este libro es su tratamiento en positivo en el sentido de no ser demonizados de antemano por pertenecer a las élites políticas, económicas e intelectuales o elaborar productos culturales útiles al poder. 

Sobre las fuentes, destaca la importancia concedida a las publicaciones periódicas Las Verdades, El Comercio, El Comercio de Bolivia, La Reforma, El Imparcial, El Tiempo, El Nacional, El Diario, El Estado, La Gaceta del Norte, y de revistas como Atlántida, Última, Gaceta de Bolivia, Ilustración, Semana Gráfica, Apuntes, Revista de Bolivia, Variedades, Kollasuyo y Estudios Sociales, tanto en su calidad de documento, como en su calidad de objetos de estudio en sí mismos. 

Actuaron: 1) de vehículo de opinión política y pública a favor o en contra de las reformas liberales y de los proyectos gubernamentales y privados de modernización; 2) de generadores de nuevos valores y nuevas visiones económicas, sociales y étnicas; y 3) de potenciadores ideológicos de inesperadas formas de intervención política y pública, produciéndose con todo ello una transformación y ampliación del consumo cultural y de las exigencias sociales anexas. 

Este triple esfuerzo en temas, actores y fuentes revela un elemento común en todas las investigaciones del libro: la trascendencia práctica en lo social, lo político y lo económico del discurso liberal civilizatorio. 

Su desarrollo histórico narrativo y práctico daba noticia de los sistemas de valores y normas que rigieron la sociedad boliviana de la época, de la naturaleza de la lucha entre partidos, de la expresión política de los grupos sociales en pugna o del uso público de la denuncia/crítica política. 

Dicho discurso sobre el progreso también informaba sobre los dilemas que este representó para quienes lo perpetraron, para quienes lo sufrieron o para quienes lo usaron con intención de ampliar el círculo de poder o de lograr un cambio institucional más profundo que conllevara la transformación del sistema político. 

En suma, a través de la versatilidad de dicho discurso modernizador todos los estudios subrayan indirectamente la impronta de la sociedad civil boliviana en el desarrollo del Estado. 

El libro está compuesto por una introducción, catorce artículos con una prosa muy cuidada y un índice onomástico muy útil. 

Para otorgarle mayor claridad expositiva, las coordinadoras han dividido el texto en tres secciones. La primera, sociedad, está a cargo de Huascar Rodríguez, Kurmi Soto, Santusa Marca, Fernando Hurtado e Ivana Gabriela Molina; la segunda, economía, ha sido trabajada por Cristina Machicado, Juan José Anaya, José Octavio Orsag y Daniel H. Luján; y la tercera, literatura, es responsabilidad de Pilar Mendieta, Fernanda Lola Carrasco, Ximena Soruco, Freddy R. Vargas y Pedro Brusiloff. 

Pese a esta división, no hay ruptura entre los artículos, ya sea porque coinciden en las fuentes, el objeto de estudio o los actores, o ya sea porque mantienen un sugerente diálogo entre historia, ciencia, literatura, arte y mercado. Es más, los autores sostienen de manera relacionada tres proposiciones empíricas compartidas que contribuyen a modificar algunos lugares comunes historiográficos sobre el período abordado. 

La primera proposición consiste en mostrar la existencia de una poderosa e internacional élite letrada que empleó la escritura como potente arma de poder político. Lo hizo en contextos bélicos, como muestra el caso de Julio Lucas Jaimes en la Guerra del Pacífico y su papel en la construcción de un discurso cívico-patriótico a través de la dramaturgia, y mediante la prensa y la sociabilidad artística de veladas, salones y tertulias, de las que son un buen ejemplo las tertulias de la Sociedad Progresista. 

El resultado fue la emergencia de influyentes lobbies literarios comprometidos con actividades políticas. Estos espacios facilitaron las connivencias políticas y también crearon puntos de encuentro entre antagonistas, a la vez que sirvieron de espacios para las discusiones pedagógicas, como la ocurrida entre Franz Tamayo y Felipe Segundo Guzmán, polemizada en El Diario y La Época. 

En ocasiones, dichos espacios de sociabilidad y publicidad se hicieron eco de un antiliberalismo que socavaba y vaciaba de sentido a la sociedad que había conformado la estructura de la era liberal, como reflejaba la novela El honorable poroto, de Gustavo Adolfo Otero, poseyendo otra de sus obras, Cabezas, un carácter más general de desacralización de personalidades de la política y de las letras mediante un cuestionamiento del capital cultural letrado. 

Esa crisis del ethos liberal también es advertida en La Chaskañawi, de Carlos Medinaceli, haciéndose patente la importancia política y social de los procesos de socialización, más que los criterios tradicionales de geografía y raza. 

La segunda proposición incide en mostrar que el interés y la participación de la población en la transformación política y social del país en términos de modernización no se redujo a las elites, sino que estuvieron comprometidos con ella todos los grupos sociales (y sin distinción de género), mostrándose que la separación entre blancos y mestizos fue más un discurso racial que una práctica. 

El caso de Cochabamba evidencia esa ausencia de ruptura en términos del accionar político en la Guerra Federal, mientras que el caso de La Paz niega una ruptura cultural entre élites y pueblo mediante la reconstrucción de los consumos culturales y los lugares de esparcimiento (teatro, circo, espectáculos deportivos, corridas de toros, peleas de gallos o casinos). 

Y no solo existía una participación social múltiple en los espacios comunes de sociabilidad, sino que sus integrantes compartían el despliegue asociacionista en la conformación de clubes lúdicos. 

El fenómeno de la transgresión social implícito en la masificación de los consumos culturales, tuvo en las fiestas, en la música y en los círculos musicales otro ejemplo en el caso del empresario privado Gerardo Argote, responsable de la grabación del Himno Nacional y ejemplo de cómo las tecnologías musicales transformaron el hogar burgués, sin que la nueva sensibilidad sonora dejara de ser compatible con la música popular como evidencian los registros sonoros del momento. 

A juzgar por las memorias escritas por algunos intelectuales de principios del siglo XX, esa trasgresión social tuvo su contraparte en la configuración del cuerpo señorial frente a la representación del cuerpo cholo. 

La tercera proposición versa sobre la innovación cultural y tecnológica boliviana, expresada para el caso paceño en el estudio de los libros, las bibliotecas y las condiciones en las que se escribía y se publicaba en La Paz. 

Ligado a su crecimiento urbano resultó muy relevante la ampliación de las innovaciones tecnológicas a la escritura en el formato de revistas y periódicos, y el crecimiento de instrumentos en torno al consumo literario y musical o a la educación técnica profesional, como fueron las máquinas de escribir, lápices, plumas estilográficas, bolígrafos, cajas registradoras, fonógrafos, pianos y pianolas. 

El peso de la tecnología en la modernización de Bolivia está igualmente presente en el consumo empresarial, minero e industrial, apareciendo la etapa liberal conformada por pioneros privados conscientes del papel del conocimiento científico en la inversión de capitales, como ejemplifica la Empresa Minera Monte Blanco.

 Si el papel de la toma fotográfica fue esencial en la legitimación de la vida moderna en zonas mineras aisladas, el desarrollo del conocimiento geológico resultó básico para la consolidación de la producción industrial de petróleo en Bolivia. 

Y la historia de las explotaciones minera y petrolera no solo estuvo mediada por la consolidación de las relaciones bilaterales entre Bolivia y Estados Unidos, sino que congregó a múltiples actores como políticos accionistas, sociedades geográficas nacionales y extranjeras, universidades europeas y estadounidenses, al igual que a una comunidad de científicos y un Estado interesado en promover estas aventuras privadas. 

Cabe aquí señalar que el papel de las sociedades geográficas, como la de La Paz, fue también cardinal en el ámbito social-cultural, como da fe su gestión para la rehabilitar a la población aymara tras los sucesos de Mohoza y para el desarrollo de un nacionalismo arqueológico con el reconocimiento de Tiwanaku como el origen del imperio incaico. Los consumos culturales y los juegos de poder presentes en las empresas mineras también reaparecen en la explotación gomera para el caso de la Amazonia boliviana. 

La actuación de la prensa, como La Gaceta del Norte, de Antonio Vaca Díez, a favor de las empresas económicas no solo daba cuenta de una actividad capitalista, sino de la confianza en un esfuerzo de crecimiento y transformación sociales basado en la capacidad civilizatoria de la modernización liberal. 

Dada la riqueza investigadora y el esfuerzo de sus autores por desmontar tópicos muy arraigados en la historiografía bolivianista, este libro constituye una invitación no solo a continuar repensando historiográficamente la era liberal. 

Sus reflexiones también alertan de que la fortaleza de esta época no debe inducir a minusvalorar las formas partidarias y los modos de sociabilidad anteriores, ya que en gran medida fueron las creaciones de los publicistas de finales del siglo XIX y principios del XX las que política e intelectualmente ayudaron a reducir gran parte de la vida republicana decimonónica a un estereotipo de violencia y desgobierno.

 Insisto en que Vértigo liberal es un libro magnífico e innovador, de notables coherencia y calidad académicas, que necesita lectores que difundan y divulguen el cambio historiográfico que representa.

 

 

 

 


   

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