Obituario

Silvestre Chao, el guardián de la tradición tacana

Don Chili falleció esta semana. Fue un gran narrador oral que creaba y recreaba sus tradiciones y las narraciones de su pueblo.
domingo, 25 de octubre de 2020 · 00:00

Cleverth   Cárdenas Plaza
 Profesor universitario

Don Chili, como le decían en Tumupasa, era un gran narrador oral, un excelente músico, autoridad originaria y, sobre todo, un hombre bueno. Tuve la dicha de conocerlo el año en que me iniciaba en la investigación sobre oralidad. Murió esta semana. Desconozco si le hicieron algún homenaje como guardián de la tradición, ignoro si se le dio algún tipo de reconocimiento en vida; lo que sí sé es que fue muy apreciado y siempre se lo requería para conocer su opinión en aspectos importantes de la comunidad. Se fue una persona importante, pero como vivió en un pueblito perdido en la amazonía no habrá obituarios y casi ninguna autoridad se manifestará.  

Con él, gracias a la carrera de Literatura, me acerqué al espíritu del monte: el Babachibute. Mediante el Taller de cultura popular, regentado por Lucy Jemio, conocí y ayudé a difundir las aventuras de un cazador desafortunado, una traición familiar y el dueño del monte arreglando un entuerto. Con esta narración identificamos que la conducta y las normas locales de los tacanas estaban cifradas en sus cuentos. Para el mundo tacana el espíritu del monte o Babachibute –que también es conocido como epereji que en su lengua significa amigo– es quien se encarga de ayudarlos en la caza y en la sobrevivencia cotidiana, pero también es el que protege a los animales y la naturaleza, muchas veces castigando la ambición o la traición humana. 

Cuando comencé a pensar en la gran pérdida que significa la partida de don Chili, también reflexioné sobre el modo cómo los académicos, escritores y lectores en general nos acercamos a conocer las narraciones de otros mundos de la vida. Esas reflexiones que incluso se traducen en sencillas publicaciones, señalan el modo cómo los editores o compiladores comprenden la oralidad y el modo cómo algún público se acerca a conocer a los otros. 

Es que hay un lugar común al que suelen acudir todos los antropólogos, sociólogos, historiadores e incluso los literatos cuando señalan que: los relatos de la tradición oral pertenecen a las comunidades y son de todos. Incuestionablemente esa afirmación tiene el valor de una certeza, aquello de que esas historias pertenecen a la colectividad y a la comunidad de donde emanan y sería una impostura, incluso algo poco ético que algunas personas se apropien de esas historias como si se tratara de su autoría. ¿Cómo se enfrenta el problema de la autoría del saber popular oral? y ¿cómo se reflexiona sobre otras formas de conocimiento?

El pensamiento moderno se caracteriza por ser un pensamiento fácil de comprender y precisamente en ello radica su candidez y el éxito que tiene. Una de sus características es que ordena el mundo y los significados alrededor de él con  un aparataje que atrae por su binarismo y sus implicaciones: la ciencia. 

Así, lo que no corresponde a ese orden es calificado y definido como no científico, es decir falso. En relación al tema que tratamos se suele definir la oralidad como aquello que no se escribe y las sociedades orales son descritas como ágrafas, iletradas o no escriturales. Es notable que son organizadas por aquello que el pensamiento moderno definiría como una carencia. De ese mismo modo, el conocimiento de estas sociedades suele declararse como saber o conocimientos locales a diferencia del moderno que se describe como ciencia que correspondería al conocimiento “universal” o “universalizable”. Demostrando que, tal como lo define la propia Unesco, los conocimientos locales serían: saberes, habilidades y filosofías de los pueblos de larga historia en relación a su medio ambiente. En cambio, el conocimiento científico se describe como universal y verificable. Evidentemente, y para no extenderme demasiado, estoy constriñendo las definiciones, porque me interesa que quede el significado más que un debate descriptivo. 

Así, el conocimiento científico tiene autor y presupone que hay una intencionalidad individual de aportar al conocimiento humano; en cambio, el saber es descrito como algo que al interactuar con el medio ambiente y pertenecer a una colectividad pertenece a todos y si pertenece a todos no pertenece a nadie. Aquello, ha sido interpretado como el óbice que da licencia para que quien quiera use esos conocimientos, “saberes”, locales- y los registren a su nombre. 

Eso ocurrió con el conocimiento medicinal de las comunidades, con las narraciones orales, con las taxonomías locales, con muchos de sus conocimientos. Por eso, siempre que aparece un libro de narraciones orales reviso si el compilador tuvo el tino de describir sus fuentes: los lugares exactos de los que proceden los relatos, los narradores y  la fecha y contexto en el que se aproximó a esos conocimientos. 

Porque esa simple acción evidenciaría la ética del editor o compilador, demostraría que por lo menos, aunque de modo simbólico, se reconozca a la persona que brindó la información colectiva. Evidentemente, eso no ocurre en todos los casos y ahí es posible percatarse de la ética y honestidad –o quizá el desconocimiento de principios éticos básicos– del “investigador” o difusor cultural.

Si el conocimiento científico tiene autor al que se le reconoce todo, incluso el derecho de registro de patentes y depósitos legales; y al conocimiento local no se le reconoce autoría, más que la colectiva, ¿no estamos frente a un sistema discriminatorio? ¿Por qué la propiedad colectiva sigue significando el derecho de que quien sea la pueda usar?, ¿por qué la legislación internacional, mucho más la nacional, sigue omitiendo los derechos que tienen los portadores de esos conocimientos? Pero bueno, dejo esas preguntas abiertas, asumiendo que todo debate es sano y necesario.   

Casualmente, me enteré de la muerte de don Silvestre Chao por medio de las redes sociales demostrando que la conectividad ahora sí es global. De ese modo, me di a la tarea de escribir estas líneas, con el corazón apretado, con inmensas ganas de llorar y con una gran pena, porque en muy pocas ocasiones se tiene la posibilidad de agradecer a una persona importante. Se fue un grande, un gran narrador oral que creaba y recreaba sus tradiciones y las narraciones de su pueblo; era la memoria viva de su comunidad y era también la expresión de que el mundo tacana sobrevive al embate global. Es cierto, no era el único narrador, pero cuando se sentaba a hablar y contar los relatos dejaba la impresión justa de un tiempo remoto, cuando el mundo era tierno. 

 

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