Aullidos de la calle

La culpa no es de Dios

Dirty God es una historia difícil de contar, que narra la vida de Jade, una joven que se recupera de un ataque con ácido que perpetró su expareja.
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:00

Mónica Heinrich V. 
Reseñista y cinéfila de corazón

“Quería que tuviéramos el mismo tatuaje: Una golondrina que vuela. Pensé que era amor”. Así empieza Dirty God, con esa frase dicha por su protagonista en off y escondida en un fondo negro. 

Dirty god es una historia difícil de ver y difícil de contar. Difícil de ver por nuestra posición de espectadores vulnerables ante las tragedias ajenas/propias y difícil de contar para la directora holandesa Sacha Polak, porque una película que hace un comentario social tan abierto puede naufragar en la porno-miseria o en el excesivo afán de buscar la lágrima fácil.

Jade (Vicky Knight) es una joven de unos veinte años a la que dan de alta del hospital. Se ha recuperado de un ataque con ácido que perpetró su expareja. La chica tuvo una hija con ese sujeto y cuando sale del hospital el reencuentro con su hija es muy triste. La mitad de su cara está llena de cicatrices, al igual que parte de sus hombros y brazos, por lo que la niña no la reconoce.

El guion, coescrito por la misma directora y la debutante Susan Farrell, se centra con delicadeza en cómo Jade se reincorpora o trata de reincoporarse a la vida que tenía antes del ataque. 

Uno de sus puntos fuertes es que es muy sutil incluso en las escenas que pueden sentirse direccionadas a ser golpes bajos. Jade, más allá de las cicatrices y el trauma, es hija de una mamá soltera que roba ropa y después la revende en su pequeño departamento. Su contexto social y económico no es el mejor. 

Se intuye que su vida anterior al ataque tampoco era el mejor. Aunque Jade es una víctima, y se lo deja claro en muchas escenas, no es la víctima inmaculada que se suele ver en este tipo de películas. Jade es un personaje más complejo que puede ser tremendamente egoísta e irresponsable. 

Dirty God trata de llevarnos por los triunfos y fracasos (más fracasos) de su protagonista en este redescubrimiento del mundo. Un mundo en el que su juventud ya no es una muleta para evadirse en una discoteca o con sus amigos. Por eso, Jade no se resigna a sus cicatrices, a ese rostro que cree es mirado con asco, burla o rechazo. Así que toma una decisión que la llevará a vivir otras experiencias con giros que cualquier adulto pensante esperaría.

El tono del filme es minimalista. La cámara y las luces dibujan el mundo de Jade con primeros planos, con claros-oscuros, con paneos sobre las cicatrices. Todo se cuenta con pequeños gestos, pequeñas escenas, pequeñas situaciones. Incluso los momentos que podrían vivirse con mucho más escándalo o exageración, se manejan con sobriedad. 

La secuencia en la que Jade cuenta cómo pasó el ataque es una de las más importantes, ahí se condensa el evento traumático que desencandenó todo, el morbo del espectador y las expectativas que podás tener respecto al origen del ataque, esa secuencia está muy bien planteada en cuanto a locación, metáfora del lugar y manera en la que se relata el hecho.

Dirty God es un viaje interior, el villano, el horrible sujeto que pensó condenarla cuando le arrojó el ácido será mostrado pocas veces, generalmente en una alegoría a las golondrinas mencionadas al principio. Como una forma de contrastar el ataque con el amor que la protagonista menciona como parte de la relación. Para mí, ese recurso no funcionó y no era necesario, pero habrá quien le encuentre cierta poesía.

La película tiene su mejor aliada en su protagonista, en Vicky Knight una actriz que en el 2003 quedó con el 33% de su cuerpo quemado por un accidente en el bar de su abuelo. Vicky construye una Jade llena de matices. No está solo deprimida, ni sufriente, también ríe, bromea, se excita, quiere tener sexo, quiere seguir siendo la chica joven que fue, y sabe que ya no es la chica joven que fue. 

Sí, sí. Hemos visto historias parecidas muchas veces. Vidas de mierda que se vuelven más difíciles aún. Hay directores/guionistas que llevan a sus personajes hasta el borde del abismo, y el espectador es torturado para aceptar que las vidas de mierda tienen muy pocas probabilidades de cambiar. 

La directora Polak, en su primer filme hablado en inglés, elige el camino de la esperanza. Elige darle a Jade,  y a todas las Jades del mundo, una chance de reconstruir su vida y de descubrir, quizás, de qué trata realmente el amor.

 

 

 

 


   

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