Esbozos culturales

La Hispania diversa y múltiple, y la cándida conmemoración hispánica

Una revisión histórica sobre el debate entre Hispania y España con una cuestionante de fondo: más allá de los términos, ¿qué conmemora esa cándida “hispanidad”?
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:00

Óscar Rivera Rodas Escritor

Persisten las voces que exhortan celebrar el 12 de octubre el “día de la hispanidad”. Otras, a conmemorar octubre el “mes de la hispanidad”. ¿Cuál es el sentido de estos requerimientos que conmueven a mentes ingenuas? Hispania tuvo una historia por siglos de mestizaje complejo y heterogéneo debido a múltiples sometimientos étnicos, lingüísticos y culturales. La edición digital del diccionario de la Real Academia Española dice de “hispanidad”: “Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura hispánica”. ¿Pueblos de lengua y cultura hispánica? Explica que hispánica o hispánico proceden del latín hispanicus; y se relaciona con “la antigua Hispania”. Pero, respecto a “hispania” advierte: “Aviso: La palabra hispania no está en el Diccionario”. Asombrosa noticia.

 Sólo queda la historiografía. Antonio del Villar, en su Historia general de España y de sus Indias (7 volúmenes), dice en el primero: “Hispania”, “se pierde en la noche de la más remota antigüedad” (1861: 15), y señala a los fenicios. Pero Fenicia es una realidad desaparecida y su idioma “lengua muerta”, de origen semítico, hablada por antiguas regiones de Siria y Líbano. Revisemos la historia de Hispania.

Hispania fenicia

 Del Villar se ocupa de la Hispania fenicia, pero también señala otra dominación más antigua: los Celtas en España que dieron a ésta “un carácter de notable energía”, y proporcionaron “un nuevo principio de progreso intelectual, al adoptar en parte las artes de los fenicios y al enriquecerse con sus ideas”; agrega: “La gran influencia moral e intelectual de los fenicios sobre la antigua Hispania no puede ponerse en duda, y sorprende que la mayor parte de los historiadores hayan relegado casi al olvido este importante período de la historia de la Península” (1861: 51). 

 En el Apéndice al primer tomo, Del Villar señala al historiador griego Scylax, por ocuparse de Hispania, y escribe: “Hemos dicho no tener noticia de los primeros pueblos de Hispania sino por los escritos de los griegos y romanos. El primer autor antiguo (entre aquellos cuyos escritos han llegado hasta nosotros) que habló de España fue un escritor griego anterior a Heródoto, Scylax” (1861: 327). La existencia de Hispania se remonta, pues, a épocas oscuras anteriores a los griegos.

 Historiadores españoles vuelven hoy su atención a las incursiones fenicias en Hispania. Carlos G. Wagner en su artículo “Fenicios y cartagineses en la Península Ibérica” (Madrid, 1987), señala que las navegaciones fenicias se realizaron con anterioridad al siglo X a.C. (1987: 323); que existen suficientes indicios en “las propias tradiciones recordadas por los griegos, que sugieren una temprana penetración fenicia en el Mediterráneo, que de cualquier forma no sería posterior al siglo IX a.C.”. (1987: 324).

 El estudio de los fenicios obliga a buscar fuentes indirectas: greco-latinas o disciplinas arqueológicas. José María Blázquez Martínez (1926-2016), en su artículo “La religiosidad en el mundo fenicio del sur de Hispania” (2006), escribió que “la arqueología nos ha dejado rastro de los lugares sagrados diseminados a lo largo del Mediterráneo, y concretamente en el sur de Hispania”; y agregó: “Evidentemente, los fenicios trajeron a la Península Ibérica sus creencias y temores, y con ellos su religión, como los griegos hicieron con la suya” (2006: 80); señala uno de los grandes santuarios fenicios: el Herakleion construido en Cádiz. 

 

Hispania romana

 A fines del siglo III a.C. iniciaron los romanos su dominación de Hispania. Hallaron diversidad de pueblos, etnias y lenguajes. El historiador alemán Theodor Mommsen (1817-1903), premio Nobel de Literatura en 1902, en su Historia de Roma (9 volúmenes, Madrid: 1876-1877), escribió: “Auxiliados por la fortuna, arrojaron los ejércitos romanos a los fenicios fuera de España y de Sicilia, y destruyeron las alianzas” (1876, 3: 213); después de “una guerra de trece años, dejaba España de pertenecer a los Cartagineses para convertirse en provincia romana” (Ibíd.: 241). 

En Hispania “las ciudades griegas y fenicias de la costa... se sometieron tanto más voluntariamente a la dominación romana” (Ibíd.: 300). Describe una variedad de lenguajes: “Hallamos entre los Iberos una escritura nacional muy extendida, que se divide en dos ramas principales: una entre el Ebro y los Pirineos, y la otra en Andalucía. Ambas se subdividían en una porción de ramales, y se remontaban hasta tiempos muy antiguos, aproximándose más al antiguo alfabeto griego que al de los Fenicios”.

 Añade: “Una parte de España, por lo menos, se asimiló rápidamente a los usos y la civilización romana, y hasta se latinizó antes que las demás provincias transmarítimas” (Ibíd.: 301). Conviene añadir que existían dos Hispanias: la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior.

 Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), en su Historia de España y de la civilización española (Barcelona, 1900), afirma que los romanos dominaron pronto por la “falta de organización de los indígenas”, pues “las tribus y los grupos pequeños de tribus peleaban independientemente”; además, “carecían de todo sentido de unidad”; los romanos, en cambio, “eran un pueblo organizado y fuerte; de cultura superior que ofrecía muchas ventajas, y empeñados, cada día más, en dominar la península” (1900: 89). 

Floreció la lengua latina en Hispania, lo cual “muestra bien que el latín había arraigado mucho en la península, al menos en ciertas regiones y ciudades”; aunque agrega: “El latín fue bastardeándose al contacto con el habla popular y por influjo de las deformaciones que las clases incultas producen siempre en el lenguaje” (Ibíd.: 135).

 Antonio Tovar (1911-1985) y José María Blázquez, en su Historia de la Hispania Romana (Madrid: 1975) agregan una nota más a la diversidad de etnias y lenguas: “Hay que tener en cuenta también que la conquista romana en su primer siglo y medio, casi hasta la guerra de Sertorio, no es exclusivamente romana, ni aun latina, sino que los itálicos y otros elementos de la no unificada Italia de entonces tienen un papel muy importante” (1975: 159). 

Hispania visigoda

 Altamira señala el año 414 d.C., cuando los visigodos, germánicos orientales, penetraron “en España, atravesando los Pirineos orientales y apoderándose de Barcelona” (1900: 160). 

Ya ocupaban territorios franceses. La diversidad étnica y social de Hispania favoreció el dominio de los visigodos. Escribe: “La población de España era ya muy heterogénea y mezclada cuando llegaron los Bárbaros”; y con éstos “se complicó aún más, pudiendo distinguirse” tipos distintos: “el germano, representado por las diferentes tribus invasoras; el romano-latino, a que pertenecía gran número de los habitantes de la península,...; el romano-bizantino” (1900: 189; cursivas propias).

 Del Villar, en su Historia general de España, especifica esta nueva dominación: “España goda. Desde el año 413 hasta el 711 de muestra era”. Explica: “no hicieron los Godos variación alguna, antes bien se acomodaron al uso de los vencidos” (1862, 2: 217). 

Leovigildo (519-586), rey visigodo entre los años 568 a 586, es recordado con admiración en la historia de España. Pervive hoy su memoria en un monumento en la Plaza de Oriente, Madrid, frente al Palacio Real. 

 El historiador británico Roger Collins (1949), autor de La España Visigoda 409-711 (Barcelona: 2005), plantea dos interrogantes: “quiénes eran realmente ‘los visigodos’ y qué clase de entidad formaban”; no es posible responder porque aparecen dificultades “al hacer investigaciones similares sobre la naturaleza y la composición de los demás pueblos germánicos y no germánicos que se mencionan en las fuentes históricas relativas a aquellos siglos”. (2005: 20). 

La identidad de esta etnia es incierta para este moderno historiador, que escribe: “para lo que ahora nos interesa es suficiente aceptar que los godos que llegaron a hacerse dueños de Hispania a lo largo del siglo V procedían de una confederación de distintos grupos étnicos”; agrega que formaron “un ejército mercenario que intentaba asegurarse un empleo proporcionado por sucesivos regímenes imperiales y, cuando no había perspectivas de conseguirlo, se veía cada vez más obligado a actuar en función de sus propios intereses. (2005: 29-30). La dominación visigoda en Hispania duró tres siglos.

 

Hispania islámica, o Al-Ándalus

 Altamira recuerda la fecha precisa de la invasión árabe a Hispania: domingo 19 de Julio de 711, y lamenta: “los invasores habían encontrado escasa resistencia y más bien simpatía en la masa de la población civil, que les abría, a veces, las puertas de las ciudades”. (1900: 187-188). 

 Leoncio Cid y Farpón, en La conquista de España por los árabes: estudio histórico-crítico (Ávila: 1894), destacó la conquista musulmana: “la sumisión de España, que a las legiones de Roma costó dos siglos de cruenta lucha, acababa de realizarse por el pueblo árabe con pasmosa facilidad”. (1894: 225). Además, la “evidente prueba de la prudencia y del tacto, que los musulmanes emplearon para asegurar la posesión y el dominio del Islam en nuestro suelo” (Ibíd.: 226); “la tolerancia en los primeros instantes hizo la mayor y mejor parte de la campaña a favor de los musulmanes”, agrega (Ibíd.: 227- 228).

 Pensamiento similar ofrece Modesto Lafuente (1806-1866), en su Historia general de España (en 24 volúmenes, Barcelona: 1887-1890). El primer emir del gobierno de Hispania fue el joven Abdelaziz, quien “habiendo fijado su asiento en Sevilla, dedicóse a regularizar la administración de las ciudades sometidas”; “estableció magistrados con el nombre de alcaides; dejó a los españoles sus jueces, sus obispos, sus sacerdotes, sus templos y sus ritos, de tal manera que los vencidos no eran tanto esclavos como tributarios de los vencedores”; comenta con asombro: 

“Indulgencia admirable, ni usada en las anteriores conquistas, ni esperada de tales conquistadores”; el joven emir Abdelaziz mostró “su clemencia y su moderación para con los cristianos” (1987, 2: 135).

 El imperio árabe en España duró ocho siglos. Lafuente ocupó 6 volúmenes de su historia (del 2º al 7º) para narrar la conquista de Al-Ándalus, nombre de la España islámica. Tras 800 años de dominio, y con similar benignidad, el último sultán Abu Abd Allah Muhammad ibn Aysa (1459-1533), nacido en Granada, y llamado por los españoles Boabdil, entregó el 2 de enero de 1492 las llaves de la ciudad al rey Fernando, con un breve discurso, que, según Lafuente, dijo: 

“Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado; estas son, señor, las llaves de este paraíso; esta ciudad y reino te entregamos, pues así lo quiere Alá, y confiamos en que usarás de tu triunfo con generosidad y con clemencia”. 

El monarca cristiano le abrazó”; agrega Lafuente: “Despidióse el infortunado príncipe con su familia, dejando a todos enternecidos y profundamente afectados con esta escena”. (1888, 7: 18).

El mismo 1492, Colón llegó al Caribe, y décadas después las milicias españolas invadieron América, llevando la experiencia y herencia islámica de ocho siglos.

 

Hispania: “oculta”, “tierra de conejos”

 Recordemos que el diccionario de la RAE advierte: “Aviso: La palabra hispania no está en el Diccionario”. La razón es simple: el significado de Hispania.

 Para buscar ese significado hay que volver a la Hispania fenicia que introdujo el nombre Spania, convertido después por los romanos en Hispania. Pero el término Spania, procede de span fenicio, y acepta dos significados: oculto y conejo.

 Lafuente admite sólo al primero y dice: “«escondido”, por estar esta comarca como escondida y oculta para ellos a una extremidad del mundo”; y agrega: “Parécenos la significación de ‘conejo’, a que se presta también la palabra span, fundamento demasiado pueril para poner nombre a toda una región, por más conejos que en ella se encontraran”. (1887, 1: 12, nota 2).

 Tovar y Blázquez, en su Historia de la Hispania Romana, basándose en fuentes greco-latinas, dicen: “Toda Hispania era un gigantesco coto de caza... Una verdadera plaga para la agricultura y los montes fue la abundancia de conejos, animal nativo de la Península, de donde procede incluso su nombre”. (1975: 221).

Las palabras Hispania y España preocupan todavía a los historiadores españoles. El 2004, quinto centenario de la muerte de Isabel la Católica (1451-1504), realizaron en Madrid la conferencia El concepto de España a través de la Historia, organizada por el Colegio Libre de Eméritos. Publicaron después el libro editado por Vicente Palacio Atard, De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos (Madrid, 2005). La disertación de Blázquez Martínez reiteró la etimología de Hispania (2005: 19), pero señaló la tendencia actual de negar que Hispania signifique “tierra de conejos”. 

Volvemos a la pregunta inicial: ¿qué conmemora la cándida “hispanidad”? Acaso la dominación fenicia, o el sometimiento romano, o la supremacía visigoda, o el imperio musulmán, o simplemente un buen plato de conejo de Castilla al ajillo...

 

Persisten las voces que exhortan celebrar el 12 de octubre el “día de la hispanidad”. Otras, a conmemorar octubre el “mes de la hispanidad”. ¿Cuál es el sentido de estos requerimientos que conmueven a mentes ingenuas? Hispania tuvo una historia por siglos de mestizaje complejo y heterogéneo debido a múltiples sometimientos étnicos, lingüísticos y culturales. La edición digital del diccionario de la Real Academia Española dice de “hispanidad”: “Carácter genérico de todos los pueblos de lengua y cultura hispánica”. ¿Pueblos de lengua y cultura hispánica? Explica que hispánica o hispánico proceden del latín hispanicus; y se relaciona con “la antigua Hispania”. Pero, respecto a “hispania” advierte: “Aviso: La palabra hispania no está en el Diccionario”. Asombrosa noticia.

 Sólo queda la historiografía. Antonio del Villar, en su Historia general de España y de sus Indias (7 volúmenes), dice en el primero: “Hispania”, “se pierde en la noche de la más remota antigüedad” (1861: 15), y señala a los fenicios. Pero Fenicia es una realidad desaparecida y su idioma “lengua muerta”, de origen semítico, hablada por antiguas regiones de Siria y Líbano. Revisemos la historia de Hispania.

Hispania fenicia

 Del Villar se ocupa de la Hispania fenicia, pero también señala otra dominación más antigua: los Celtas en España que dieron a ésta “un carácter de notable energía”, y proporcionaron “un nuevo principio de progreso intelectual, al adoptar en parte las artes de los fenicios y al enriquecerse con sus ideas”; agrega: “La gran influencia moral e intelectual de los fenicios sobre la antigua Hispania no puede ponerse en duda, y sorprende que la mayor parte de los historiadores hayan relegado casi al olvido este importante período de la historia de la Península” (1861: 51). 

 En el Apéndice al primer tomo, Del Villar señala al historiador griego Scylax, por ocuparse de Hispania, y escribe: “Hemos dicho no tener noticia de los primeros pueblos de Hispania sino por los escritos de los griegos y romanos. El primer autor antiguo (entre aquellos cuyos escritos han llegado hasta nosotros) que habló de España fue un escritor griego anterior a Heródoto, Scylax” (1861: 327). La existencia de Hispania se remonta, pues, a épocas oscuras anteriores a los griegos.

 Historiadores españoles vuelven hoy su atención a las incursiones fenicias en Hispania. Carlos G. Wagner en su artículo “Fenicios y cartagineses en la Península Ibérica” (Madrid, 1987), señala que las navegaciones fenicias se realizaron con anterioridad al siglo X a.C. (1987: 323); que existen suficientes indicios en “las propias tradiciones recordadas por los griegos, que sugieren una temprana penetración fenicia en el Mediterráneo, que de cualquier forma no sería posterior al siglo IX a.C.”. (1987: 324).

 El estudio de los fenicios obliga a buscar fuentes indirectas: greco-latinas o disciplinas arqueológicas. José María Blázquez Martínez (1926-2016), en su artículo “La religiosidad en el mundo fenicio del sur de Hispania” (2006), escribió que “la arqueología nos ha dejado rastro de los lugares sagrados diseminados a lo largo del Mediterráneo, y concretamente en el sur de Hispania”; y agregó: “Evidentemente, los fenicios trajeron a la Península Ibérica sus creencias y temores, y con ellos su religión, como los griegos hicieron con la suya” (2006: 80); señala uno de los grandes santuarios fenicios: el Herakleion construido en Cádiz. 

 

Hispania romana

 A fines del siglo III a.C. iniciaron los romanos su dominación de Hispania. Hallaron diversidad de pueblos, etnias y lenguajes. El historiador alemán Theodor Mommsen (1817-1903), premio Nobel de Literatura en 1902, en su Historia de Roma (9 volúmenes, Madrid: 1876-1877), escribió: “Auxiliados por la fortuna, arrojaron los ejércitos romanos a los fenicios fuera de España y de Sicilia, y destruyeron las alianzas” (1876, 3: 213); después de “una guerra de trece años, dejaba España de pertenecer a los Cartagineses para convertirse en provincia romana” (Ibíd.: 241). 

En Hispania “las ciudades griegas y fenicias de la costa... se sometieron tanto más voluntariamente a la dominación romana” (Ibíd.: 300). Describe una variedad de lenguajes: “Hallamos entre los Iberos una escritura nacional muy extendida, que se divide en dos ramas principales: una entre el Ebro y los Pirineos, y la otra en Andalucía. Ambas se subdividían en una porción de ramales, y se remontaban hasta tiempos muy antiguos, aproximándose más al antiguo alfabeto griego que al de los Fenicios”.

 Añade: “Una parte de España, por lo menos, se asimiló rápidamente a los usos y la civilización romana, y hasta se latinizó antes que las demás provincias transmarítimas” (Ibíd.: 301). Conviene añadir que existían dos Hispanias: la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior.

 Rafael Altamira y Crevea (1866-1951), en su Historia de España y de la civilización española (Barcelona, 1900), afirma que los romanos dominaron pronto por la “falta de organización de los indígenas”, pues “las tribus y los grupos pequeños de tribus peleaban independientemente”; además, “carecían de todo sentido de unidad”; los romanos, en cambio, “eran un pueblo organizado y fuerte; de cultura superior que ofrecía muchas ventajas, y empeñados, cada día más, en dominar la península” (1900: 89). 

Floreció la lengua latina en Hispania, lo cual “muestra bien que el latín había arraigado mucho en la península, al menos en ciertas regiones y ciudades”; aunque agrega: “El latín fue bastardeándose al contacto con el habla popular y por influjo de las deformaciones que las clases incultas producen siempre en el lenguaje” (Ibíd.: 135).

 Antonio Tovar (1911-1985) y José María Blázquez, en su Historia de la Hispania Romana (Madrid: 1975) agregan una nota más a la diversidad de etnias y lenguas: “Hay que tener en cuenta también que la conquista romana en su primer siglo y medio, casi hasta la guerra de Sertorio, no es exclusivamente romana, ni aun latina, sino que los itálicos y otros elementos de la no unificada Italia de entonces tienen un papel muy importante” (1975: 159). 

 

Hispania visigoda

 Altamira señala el año 414 d.C., cuando los visigodos, germánicos orientales, penetraron “en España, atravesando los Pirineos orientales y apoderándose de Barcelona” (1900: 160). 

Ya ocupaban territorios franceses. La diversidad étnica y social de Hispania favoreció el dominio de los visigodos. Escribe: “La población de España era ya muy heterogénea y mezclada cuando llegaron los Bárbaros”; y con éstos “se complicó aún más, pudiendo distinguirse” tipos distintos: “el germano, representado por las diferentes tribus invasoras; el romano-latino, a que pertenecía gran número de los habitantes de la península,...; el romano-bizantino” (1900: 189; cursivas propias).

 Del Villar, en su Historia general de España, especifica esta nueva dominación: “España goda. Desde el año 413 hasta el 711 de muestra era”. Explica: “no hicieron los Godos variación alguna, antes bien se acomodaron al uso de los vencidos” (1862, 2: 217). 

Leovigildo (519-586), rey visigodo entre los años 568 a 586, es recordado con admiración en la historia de España. Pervive hoy su memoria en un monumento en la Plaza de Oriente, Madrid, frente al Palacio Real. 

 El historiador británico Roger Collins (1949), autor de La España Visigoda 409-711 (Barcelona: 2005), plantea dos interrogantes: “quiénes eran realmente ‘los visigodos’ y qué clase de entidad formaban”; no es posible responder porque aparecen dificultades “al hacer investigaciones similares sobre la naturaleza y la composición de los demás pueblos germánicos y no germánicos que se mencionan en las fuentes históricas relativas a aquellos siglos”. (2005: 20). 

La identidad de esta etnia es incierta para este moderno historiador, que escribe: “para lo que ahora nos interesa es suficiente aceptar que los godos que llegaron a hacerse dueños de Hispania a lo largo del siglo V procedían de una confederación de distintos grupos étnicos”; agrega que formaron “un ejército mercenario que intentaba asegurarse un empleo proporcionado por sucesivos regímenes imperiales y, cuando no había perspectivas de conseguirlo, se veía cada vez más obligado a actuar en función de sus propios intereses. (2005: 29-30). La dominación visigoda en Hispania duró tres siglos.

 

Hispania islámica, o Al-Ándalus

 Altamira recuerda la fecha precisa de la invasión árabe a Hispania: domingo 19 de Julio de 711, y lamenta: “los invasores habían encontrado escasa resistencia y más bien simpatía en la masa de la población civil, que les abría, a veces, las puertas de las ciudades”. (1900: 187-188). 

 Leoncio Cid y Farpón, en La conquista de España por los árabes: estudio histórico-crítico (Ávila: 1894), destacó la conquista musulmana: “la sumisión de España, que a las legiones de Roma costó dos siglos de cruenta lucha, acababa de realizarse por el pueblo árabe con pasmosa facilidad”. (1894: 225). Además, la “evidente prueba de la prudencia y del tacto, que los musulmanes emplearon para asegurar la posesión y el dominio del Islam en nuestro suelo” (Ibíd.: 226); “la tolerancia en los primeros instantes hizo la mayor y mejor parte de la campaña a favor de los musulmanes”, agrega (Ibíd.: 227- 228).

 Pensamiento similar ofrece Modesto Lafuente (1806-1866), en su Historia general de España (en 24 volúmenes, Barcelona: 1887-1890). El primer emir del gobierno de Hispania fue el joven Abdelaziz, quien “habiendo fijado su asiento en Sevilla, dedicóse a regularizar la administración de las ciudades sometidas”; “estableció magistrados con el nombre de alcaides; dejó a los españoles sus jueces, sus obispos, sus sacerdotes, sus templos y sus ritos, de tal manera que los vencidos no eran tanto esclavos como tributarios de los vencedores”; comenta con asombro: 

“Indulgencia admirable, ni usada en las anteriores conquistas, ni esperada de tales conquistadores”; el joven emir Abdelaziz mostró “su clemencia y su moderación para con los cristianos” (1987, 2: 135).

 El imperio árabe en España duró ocho siglos. Lafuente ocupó 6 volúmenes de su historia (del 2º al 7º) para narrar la conquista de Al-Ándalus, nombre de la España islámica. Tras 800 años de dominio, y con similar benignidad, el último sultán Abu Abd Allah Muhammad ibn Aysa (1459-1533), nacido en Granada, y llamado por los españoles Boabdil, entregó el 2 de enero de 1492 las llaves de la ciudad al rey Fernando, con un breve discurso, que, según Lafuente, dijo: 

“Tuyos somos, rey poderoso y ensalzado; estas son, señor, las llaves de este paraíso; esta ciudad y reino te entregamos, pues así lo quiere Alá, y confiamos en que usarás de tu triunfo con generosidad y con clemencia”. 

El monarca cristiano le abrazó”; agrega Lafuente: “Despidióse el infortunado príncipe con su familia, dejando a todos enternecidos y profundamente afectados con esta escena”. (1888, 7: 18).

El mismo 1492, Colón llegó al Caribe, y décadas después las milicias españolas invadieron América, llevando la experiencia y herencia islámica de ocho siglos.

 

Hispania: “oculta”, “tierra de conejos”

 Recordemos que el diccionario de la RAE advierte: “Aviso: La palabra hispania no está en el Diccionario”. La razón es simple: el significado de Hispania.

 Para buscar ese significado hay que volver a la Hispania fenicia que introdujo el nombre Spania, convertido después por los romanos en Hispania. Pero el término Spania, procede de span fenicio, y acepta dos significados: oculto y conejo.

 Lafuente admite sólo al primero y dice: “«escondido”, por estar esta comarca como escondida y oculta para ellos a una extremidad del mundo”; y agrega: “Parécenos la significación de ‘conejo’, a que se presta también la palabra span, fundamento demasiado pueril para poner nombre a toda una región, por más conejos que en ella se encontraran”. (1887, 1: 12, nota 2).

 Tovar y Blázquez, en su Historia de la Hispania Romana, basándose en fuentes greco-latinas, dicen: “Toda Hispania era un gigantesco coto de caza... Una verdadera plaga para la agricultura y los montes fue la abundancia de conejos, animal nativo de la Península, de donde procede incluso su nombre”. (1975: 221).

Las palabras Hispania y España preocupan todavía a los historiadores españoles. El 2004, quinto centenario de la muerte de Isabel la Católica (1451-1504), realizaron en Madrid la conferencia El concepto de España a través de la Historia, organizada por el Colegio Libre de Eméritos. Publicaron después el libro editado por Vicente Palacio Atard, De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos (Madrid, 2005). La disertación de Blázquez Martínez reiteró la etimología de Hispania (2005: 19), pero señaló la tendencia actual de negar que Hispania signifique “tierra de conejos”. 

Volvemos a la pregunta inicial: ¿qué conmemora la cándida “hispanidad”? Acaso la dominación fenicia, o el sometimiento romano, o la supremacía visigoda, o el imperio musulmán, o simplemente un buen plato de conejo de Castilla al ajillo...