Especial

Ludwig, el genio de 250 años que retumba a 3.600 msnm

domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:00

Weimar Arancibia
Músico

 

El año 2020 nos encuentra encerrados, distanciados, tantas veces solos y en silencio. Aun así es difícil evadir los bramidos de una celebración que resuena abrumadoramente copando salas de conciertos, conservatorios y conversatorios que plantean reflexiones estéticas y proponen análisis filosóficos para comprender y explicar la vigencia intercultural de la música del inmortal genio de Bonn. Pero ¿por qué el discurso presente en la música de Beethoven nos sigue interpelando?

Hoy es domingo, coexisto con la pandemia, salgo de casa descubriendo mi inconsciente necesidad de habitar esta difícil y saturada ciudad. Me sumerjo en la urbe para mirarla o, lo que es mejor, para escucharla. El paisaje me sobrecoge, se filtran algunos ladridos y hasta algún fantasma anunciando la ruta de una desaparecida línea de minibús.

 No sé si es sólo una alucinación sonora que me permite apreciar, muy al fondo, una banda que deja descifrar los graves tonos de un cadencioso ritmo de bolero de caballería cuyas oscuras tonalidades evocan al perfume de los abuelos; tocando el horizonte, escucho una infinita melodía circular pentafónica tejida por ancestrales hebras arca ira.

Aprender escuchar al mundo antes que mirarlo es mi más alto logro en todas estas décadas. Escucho esperanza, saturación, vacío, ruido blanco, texturas áridas, o rumores tan desesperados como los gritos de la naturaleza ante la inclemencia del fuego encendido por la codicia extractivista. Es aquí y ahora donde coexisten simultáneamente violentos acordes beethovenianos que, eléctricos y agresivos, desdibujan líneas melódicas y se adentran resonantes en mi árido paisaje acústico. Una combinación aparentemente extraña y anacrónica termina siendo pertinente y me animo a imaginar pertinencias similares cuando a la humanidad le tocó atravesar tantas otras crisis y catástrofes.

La imagen que nuestra memoria atesora nos proyecta un Beethoven de ceño fruncido y un cabello cuya desprolijidad pareciera alejarse deliberadamente de la típica peluca empolvada. Ayudado por el mito, imagino el temperamento fuerte y carácter explosivo de un hombre consciente de su genio que, alejado de las normas y códigos sociales, propondría fuertes discursos estéticos. Sin duda alguna su música confirma categóricamente las suposiciones propuestas por su imagen. Su discurso musical –más que buscar complacer o mucho menos entretener– expresa las profundas necesidades de su espíritu. 

De esta manera Beethoven encarnó, y hasta acaso ayudó a crear, la imagen del solitario artista romántico e incomprendido que cotidianamente lidió con intensos disturbios personales, un creador mortificado por su sordera, y un comprometido con las causas justas y profundos ideales de su tiempo. Icono revolucionario, encarna la figura del artista (héroe y santo) que vence las adversidades para lograr su obra que es su verdad.

Es así como su música nos tiene, nos transporta o encuentra en esos precisos lugares de desolación, frustración, soledad, rabia, tristeza absoluta, pero también de redención y de honestos reencuentros con nuestros credos más profundos y nuestras más anheladas quimeras.

Existen quienes alegan que la música de Beethoven representa un colonialismo cultural contemporáneo y que esta conmemoración de los 250 años abrumó las programaciones de las salas de conciertos; sin embargo, las causas para justificar esta celebración son más que suficientes. 

La música de Beethoven no sólo redefinió los cánones de la música de tradición escrita, sino también fue precursora de la liberación del arte por el arte, propuso un profundo discurso personal acorde a las turbulencias de su vida, y un concreto discurso político acorde a sus convicciones, hechos que posicionan a Beethoven como piedra angular del desarrollo de la música. 

La hermandad universal, el amor por la naturaleza, la libertad, el clamor por la justicia, son conceptos vivos en obras como su sexta y novena sinfonías o su ópera Fidelio. Las transformaciones del lenguaje orquestal, innovaciones rítmicas y armónicas, profundas connotaciones extramusicales, están notablemente presentes en obras como su tercera sinfonía Eroica. En ella declama su profunda convicción política acorde a los ideales de la revolución francesa; la partitura del primer movimiento se convierte en un verdadero campo de batalla: en varios momentos el nuevo orden –figurado en acentuadas y reiterativas hemiolas– confronta la antigua hegemonía, figurada rítmicamente en el 3 por 4. 

Es posible que estos giros narrativos no sean evidentes en una primera audición, sin embargo su fuerte presencia nos cautiva seductoramente. 

Su quinta sinfonía es una travesía desde un oscuro y perplejo do menor al glorioso brillante Do Mayor del cuarto movimiento; un triunfo heroico ante la adversidad. De manera catártica, esta travesía evoca nuestras batallas personales, desde las cotidianas hasta las que definen nuestra existencia. Esta es, quizás, una de las razones por las que esta sinfonía resuena álgidamente en nuestro espíritu. 

Retorno a la inmensidad de mi paisaje visual y acústico. Entre mis travesías por esta ciudad llena de subidas y bajadas, de conflictos y reclamos, vuelvo a sentir las contradicciones, las dualidades, los acentos sorpresivos, las tensiones de séptimas de dominante, los cortantes contratiempos y los inesperados giros armónicos. 

Una revolución continua que me despierta e interpela, me ayuda a entender el mundo a través de los sonidos. Pareciera que no hay crisis lo suficientemente fuerte para detener a esta música que suena una vez más tan vibrante, shockeante, rebelde, viva y cuya autenticidad toca la parte más noble de nuestro ser. 

Música que en estos 250 años no deja de proclamar una firme creencia en el ser humano. Tal vez por eso no pierde su vigencia. Tal vez por eso suena más pertinente que nunca.