Obituario

Quino en los recuerdos

El autor relata su acercamiento y experiencia con el gran viñetista argentino, tímido en su trato con la gente, pero extrovertido con la pluma.
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:00

Jorge Manuel Soruco Ruiz
Periodista

 

20 años atrás el estand del Club del Cómic en la Feria Internacional del Libro de La Paz fue atendido por una sola persona durante casi dos horas, ya que los integrantes nos turnábamos para ver a Joaquín Salvador Lavado, el genial Quino.

Aunque el encuentro fue muy breve -apenas un tartamudeante “es un honor conocerlo” y un gracias corto, pero cálido- la impresión de ver en vivo y en directo a uno de los arquitectos de mi niñez fue indescriptible. 

14 años después tuve una segunda oportunidad para hablar con el historietista argentino, en una videoconferencia organizada por el Espacio Patiño en conmemoración de los 50 años de Mafalda.

Cuando me tocó el turno, pregunté si existía posibilidad alguna de que creara nuevas aventuras para su hija más conocida. “No”, respondió categórico, “Muchas cosas han cambiado y ya no estoy tan cerca de los niños como para poder presentarlos adecuadamente. Hace 50 años podía utilizar lo que veía y escuchaba de mis primos menores y sobrinos, buscaba que mis personajes fueran lo más creíbles posible”.

Y lo logró. Durante casi 10 años (entre 1964 y 1973) Quino plasmó en las viñetas a una pandilla de niños muy real. Su líder era una muchachita que nació vieja, cargando el peso del mundo y cuestionándolo todo. Uno de sus amigos era un representante de los pequeños comerciantes latinoamericanos. Su mejor (y durante mucho tiempo única) amiga era un avatar del sector arribista, racista y reaccionario de la clase media latinoamericana. 

Las viñetas trataban (e interpelaban) los acontecimientos políticos argentinos y mundiales, pero los niños de ese Buenos Aires en blanco y negro actuaban como menores de edad.

En una tira Mafalda podía cuestionar con incisivo humor la Guerra Fría y en la siguiente angustiarse junto a Felipe por regresar a clases. Tanto escuchaba las noticias como el último hit de The Beatles; su boca explotaba con los “¡Bang, bang!” de su revolver de vaquero, a la par que soltaba preguntas sobre sociopolítica.

Esa dualidad hizo que yo, como millones de niños, podamos engancharnos con esa amiga bidimensional, pese a que muchos chistes recién los entendimos en su totalidad años después.

Un placer aparte consistía en identificar e identificarse con los personajes. O ver qué características teníamos de ellos. En mi caso, combino la tendencia de Felipe a perderme en la imaginación, el egoísmo inocente de Miguelito y algo de la pasión de la protagonista, mientras que mi hermana es pura Mafalda con un toque de Manolito. Y huelga decir que conocí a más de una Susanita, Libertad y Guille.

Mafalda fue una de mis primeras compañeras de lectura. Solo bastó que uno de mis primos me prestara el Mafalda volumen 3 de ediciones La Flor para que torturara a mis padres para conseguir más. Así, al poco tiempo me obsequiaron 10 años con Mafalda, edición tapa dura. Le siguieron Mafalda inédita y Todo Mafalda. 

Ya en la adolescencia, conocí al otro Quino, ese rebosante de humor negro, cuyas tiras están recopiladas en 23 álbumes. 

Allí mostró su maestría del humor y del cómic: no necesitaba de globos de diálogo para contar una idea, solo el dibujo bastaba, aunque tampoco desdeñó el texto. Rompió con el diseño tradicional de la tira de periódico, en ocasiones una sola viñeta bastaba para contar una epopeya.

Quino tocó una infinidad de temas, desde la sempiterna política (nunca muy alejada de su pluma) hasta a la religión; de la salud al deporte; de la vida a la muerte. Su obra, como con la de otros grandes de las viñetas, llegó al cine y la televisión, con cortos elaborados en Argentina y Cuba, proyectados en la Cinemateca Boliviana cuando estaba en las calles Indaburo y Pichincha del centro paceño.

Quino era tímido en su trato con la gente, pero extrovertido con la pluma. No tuvo temor de hablar de la muerte con humor, siempre consciente de su cercanía. Algo que uno puede notar en los mensajes de las redes sociales que incluyen algunas tiras sobre el tema.

Quizá de esta forma se preparó, y nos preparó a nosotros, sobre su eventual partida, dejando en el mundo a una niña tan fuerte que seguirá encabezando su enorme legado.