Contante y sonante

Sueño con serpientes

Calipso no está, no estuvo desde hace tres años o más, cuando decidió correr por el mundo detrás de sus ideales...
domingo, 4 de octubre de 2020 · 00:00

Óscar García
Músico y poeta

En el fondo, un círculo de fuego. En medio del círculo, una serpiente alada con ojos de tristeza infinita, quemando las viejas fotos de su pasado inmediato. Suena Wagner, algo de Wagner, algo tan furioso y destinado al arte, que toda inmaculable sonoridad de un acorde humilde se empaña y se siente apocado, sin arte, sin el empuje de la pasión. 

Todo esto pasa en un jardín en el que se han secado todas las plantas que en su momento fueron plantas florecidas, se ha secado el geranio y los jazmines, había una siempre viva que ahora está muerta. Ni en los cementerios se mueren las siempre vivas, aguantan hasta que se hacen olvido pero no muerte. 

Se aburren, ya no saben qué cosa cantar. Tejen y destejen chales heredados de las abuelas como si estuvieran esperando algo o alguien. Todo en silencio. Silencio de a ratos porque de pronto emerge ya no Wagner sino un poderoso Kantu de Qiabaya rebotando en las paredes enhiestas de la montañas que fueron alguna vez blancas y que cada vez se parecen más a todas las gamas de marrones que se pasean en los paisajes depredados. 

Una luz cruza la habitación, con su capa, como la capa de Blancanieves pero en un color escarlata hermoso y nunca visto, hasta ahora. El libertador Simón se afeita frente a un espejo de considerable tamaño, colgado en la pared con empapelado victoriano. Dice algo que no se escucha. Lo repite, mueve los labios como si quisiera dejarse entender. Sólo se logra entender la palabra impostura, nada más. 

La imagen se repite de pronto haciéndose remolino y se mezcla con las aguas de una lluvia intensa y densa, que limpia y que se lleva las penas y toda clase de cositas, cajitas, canicas, diminutas prendas de vestir, el anillo de promoción que con tanto orgullo se usó tres días y una noche. 

La última noche en la que los machos salen a ser devorados por las hembras que los esperan en una taberna verde, sentadas en toda clase de sofás que serían el objeto de estudio de la carrera de historia de la Universidad de Salamanca o del Instituto comercial e Historia que queda en la esquina sin nombre y de mala reputación. 

¿Estás ahí calipso? Pregunta como con un leve ataque de preocupación. No hay respuesta alguna. Calipso no está, no estuvo desde hace tres años o más, cuando decidió correr por el mundo detrás de sus ideales. Sus ideales eran todas las personas bien dotadas que con un lenguaje extranjero le sacaran una leve humedad en la comisura de los labios. 

Sin respuesta y sin Calipso, abre una ventana que da a otra ventana. Abre la siguiente, da a otra ventana y así hasta que por fin, la última ventana da a una puerta cerrada con siete llaves. Busca las llaves en una caja de herramientas que habrá sido de su trastatarabuelo. Asume que habrá sido la caja de herramientas de un hombre. Las mujeres no usaban herramientas, usaban utensilios. Al menos eso se cree. 

En la antigua sociedad Vikinga, las mujeres usaban hachas y navegaban sus hermosuras haciendo que una baba se prefigure en la comisura de los labios de todos los reinantes circundantes, que usaban armas y herramientas y toda clase de venenos para librarse de sus adversarios. Como ahora se usa jueces, antes fueron venenos y flechas. 

Hoy son fiscales, jueces y tinterillos que con un expediente hacen de la vida un viaje. Basta un expediente para pasar seis meses sin nada más que hacer. 

No encuentra las llaves en la caja de herramientas y cuando se percata, la puerta cerrada ha desaparecido y en lugar de ella hay un bosque de lápices de colores y de cada lápiz sale un pájaro volando hacia el confín del universo y una vez llegando al confín cada pájaro canta una canción humana pero embellecida por esos silbidos que además de música tienen la capacidad inmediata de seducir sin tanto artificio ni discurso ni eso de andar pisando huevos, que tienen los humanos.

 En el confín del universo los pájaros silban y las estrellas caen a sus patas sin chistar. El aroma de el dí después de la fogata es intenso, penetrante. Huele todo a ahumado. Tela ahumada, carne, lecho, cabellos. Todo como si hubiera sido pasado por un incendio sin parangón en la historia del planeta arruinado por sus inquilinos. Huele todo a quemado, huele a muerte premeditada, a incendiarios a cambio de un cuarto del precio regular de un trozo de caquita de paloma. Huele a desolación y una nube gris, la única alrededor, llora.

Despierta, con susto. Empieza a toser. Se había dormido o desmayado o vaya uno a saber qué clase de desvanecimiento, en medio del humo provocado por los incendios de todos los bosques del mundo.

 

 

 

 


   

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