Ensayo

Reflexión sobre la vida y el cuerpo

¿Cuál es la dimensión social y emocional de los cementerios en los ritos de despedida? ¿Hay que enterrar o cremar a los muertos?
domingo, 1 de noviembre de 2020 · 00:00

Natalia Pabón Sainz
Literata

 

A mi mamá y papá, quienes hace un tiempo me preguntaron qué pensaba sobre cremar a mis abuelos.

Partamos por la noción de cementerio como un lugar simbólico donde se nos es permitido otorgar un espacio físico a una vida ausente. Esto parece muy trivial o tal vez muy profundo, pero analizando a fondo para comprender qué es lo mejor, uno se da cuenta que más vale invertir mucho tiempo en la decisión.

Me pongo a pensar qué es la vida en relación al cuerpo humano, por ende, cómo comprendemos al mismísimo cuerpo sin la vida habitual; pues si el cuerpo queda inerte entonces la vida que ocupaba ese espacio necesita ser suplida con algo más. Dado que no comprendemos qué pasa con toda esa energía una vez que la muerte toca la puerta, como es natural, inventamos ritos y creencias para apaciguar las dudas. Todavía no he planteado sobre los sentimientos, ese aspecto viene más adelante porque complica la relación que estoy intentando destacar.

Es de saber popular que desde siempre los humanos hemos temido a lo inconcluso, a lo que no se ve, a ese otro tan ajeno, a lo opuesto de todo lo que nos hace sentir cómodos. Por eso la muerte nos espanta, no la comprendemos. Su antítesis, la vida, es nuestra esperanza y la certidumbre que buscamos. 

No en vano las religiones del mundo prometen “otra vida” y hasta una “vida eterna” o una “salvación”. Todas estas promesas están separadas del mismo cuerpo, aunque irónicamente poseen una forma, no importa cual, lo que importa es que se trate de algo familiar para que así podamos identificarnos con esa ficción que se nos cuenta.

Antes de la transición de lo certero a lo ignorado nos acostumbramos a un individuo que existe, a un ser que ríe, llora, piensa, se mueve, abraza y sobre todo, tiene vida tangible. 

El cuerpo, como elemento catalizador, es el que hace posible esa vida que conocemos. Así relacionamos ambos principios –la vida y el cuerpo– y los comprendemos como uno. ¿Qué pasa cuando un componente de la ecuación se ausenta? No sabemos, entonces tememos y por ende sufrimos ante la incertidumbre y el vacío. Quizás por eso la muerte es tan dura con los vivos. 

Un antropólogo o historiador podrían darnos cátedra sobre el origen de los cementerios y concluir en que fueron creados para evitar que se enterrasen cuerpos en casas con el fin de prevenir plagas y enfermedades. 

En cuanto a lo emocional, yo diría que el cementerio es una solución inteligente al problema de ausencias: este logra darle un espacio simbólico –y hasta físico– al cuerpo. Un espacio donde uno puede sentir presente el recuerdo de la vida que solía ocupar ese cuerpo, y así tal vez adormecer el dolor o sensación de extrañeza por no comprender dicha ausencia.

Para mi eso es el cementerio: una representación simbólica de la vida en un cuerpo que ya no la tiene, con el fin que sus seres queridos —los del muerto— encontremos un sitio donde ponernos en contacto con lo desconocido. Suena macabro, pero es más una idea romántica y hasta efectiva. 

Les pido que imaginen una visita cualquiera al cementerio y se acuerden cómo en algunos nichos los adultos indican a los niños a persignarse o a hablarle al muerto. Al hablarle directamente se podría decir que cierran la posibilidad de otro contacto íntimo. Vale objetar y decir que en una iglesia también puedes comunicarte con ese ser, sin embargo en un templo lo haces a través de una deidad. 

A veces vemos a personas frente a una tumba por horas, puede ser porque simplemente necesita una conversación personal, sin intermediarios, sin dioses que los juzguen, sin pedir un favor a terceros. Aún así siguen persignándose y de rato en rato invocan a los cielos con la mirada y las manos levantadas, pero lo hacen por medio del muerto.  

Por lo tanto, la posibilidad de un contacto íntimo –sin mediadores– no debería limitarse al cementerio, ese espacio simbólico puede tomar cualquier forma y localidad. Puedes construir tu propio espacio simbólico en la mesa de tu casa cada primero de noviembre con una tantawawa, o tener una urna sobre el mueble recibidor, o puedes dejar las cenizas en el río y decir que tu espacio de contacto es la salida de tu casa, en un avión, en una plaza. 

Siendo más románticos tirados a lo cursi, en una flor, un amanecer, una brisa de aire fresco, en un cielo estrellado. ¿Qué quizás no es suficiente el tiempo el alba? Entonces en un otoño, o mejor una piedra. Ese espacio simbólico puede ser uno mismo, o simplemente la mano, cuando te sientes observado te pones un guante, mejor el pie, así con un zapato te alejas del recuerdo. 

En fin… tarde o temprano nos toca pensar en la importancia del cementerio para cada uno y se debe comprender qué significa tener a los restos de los seres queridos ahí. 

Quizás de rato en rato uno se siente lejos de lo que lo acerca a ese recuerdo de vida, tal vez el cementerio simplemente da miedo o pesar, son emociones muy personales. Yo no puedo decir si es mejor optar por la cremación o el entierro. Lo que sí puedo hacer –y creo haberlo logrado– es compartir mi reflexión sobre el cementerio en relación a la vida y al cuerpo.

 

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