Reseña

Canto helénico en el Ande (epigramas griegos)

Estos poemas representan el mayor esfuerzo formal de Tamayo, “pues en ningún otro libro de versos el poeta se ciñe a un patrón métrico tan severo”.
domingo, 15 de noviembre de 2020 · 00:00

Ignacio Vera de Rada  
Escritor

“Sangre de América en ritmos de Homero!” Ese verso resuena en mi cabeza, y evoca el aturdimiento que sentía cuando, muy jovencito, dedicaba mis tardes enteras leyendo a Tamayo en el jardín de la casa.

Envuelto en una bolsita de terciopelo, como si de una joya se tratase, tengo en mi estante un libro único. Me lo obsequió hace varios años mi entrañable amiga Regina P. Tamayo (+), cuando nos fuimos a tomar un café en el centro de La Paz. Se trata de la primera edición de los Epigramas griegos (1945), escritos por su abuelo, Franz Tamayo. El libro está tan nuevo que las páginas aún siguen unidas entre sí y acaso despiden el olor de la tinta; probablemente la hoja de metal nunca desgarre ese papel que quiero para siempre intacto.

Cada epigrama parecería tener sonido, el último de una vida consagrada al arte antes que a la transitoria política. Cuando uno los lee, parecería asistir a una sinfonía de Beethoven. El fondo de los versos no es contemplativo o tranquilo, como sí es el de La Prometheida o el del Scopas, libros en los que la línea y la pauta sosegada parecerían primar. Tiene, por el contrario, un tono de denuncia. Los Epigramas son una mezcla de sonoridad estentórea y profunda erudición. Si en sus tragedias líricas leemos y escuchamos al poeta sentimental, en los Epigramas y los Nuevos rubáyát somos testigos del escepticismo de un filósofo desencantado e irónico. Un pensamiento doloroso, que mira hacia lo que no es más: arte, ética, ciencia, historia.

Por la musicalidad, los Epigramas son un preciosismo. Parecen poemas consagrados a la sonoridad antes que al contenido. Si en La Prometheida asistimos a una sinfonía debida al manejo de las palabras y a una prestidigitación en el uso de los acentos, en Epigramas griegos deleitamos el oído gracias al metro usado por el poeta: el hexámetro. Sonoramente hablando, se parecen a la Marcha Radetzky de Strauss; tienen el mismo ritmo, con subidas y bajadas tonales a intervalos breves.

La profesora y crítica Dora Gómez de Fernández se encargó de estudiar éste y otros libros de Tamayo. Hay que tener, como ella, una profunda ilustración en diversidad de temas para comprender y valorar con justedad los Epigramas (y en realidad toda la obra poética tamayana). Gómez identifica en estas poesías asuntos estéticos y del alma, obituarios, temas telúricos e incluso madrigales. Mas sucede como con las grandes obras maestras de la música clásica, que tienen de historia y de contenido conceptual tanto como de técnica y plástica sonora: con el solo hecho de escucharlas el oído profano en música logra deleitarse. Así, leer los Epigramas griegos en voz alta significa un hecho de sonora plasticidad y, por tanto, de regocijo auditivo supremo.

Estos poemas representan el mayor esfuerzo formal de Tamayo, pues en ningún otro libro de versos el poeta se ciñe a un patrón métrico tan severo y hasta despótico como son los hexámetros bucólicos (de los versos impares) y los hexámetros teliambos trímetros (de los impares). “En molde tan apretado, estrecho, rígido y tiránico, pudo encerrar el poeta ideas, impresiones, emociones de asombrosa variedad y riqueza”, dice Gómez. Se rige, pues, en pies métricos y no en sílabas castellanas. Según el estudio de Gómez, los versos impares constan de 3 dáctilos, un troqueo, una cesura (o pausa), un dáctilo y un troqueo. En los 3 dáctilos y el troqueo, yo no veo sino un endecasílabo de gaita gallega, con una melodía sinigual, y un pentasílabo luego, con especial acentuación. Por otro lado, los versos pares constan de un dáctilo, un troqueo, un yambo, una cesura, y nuevamente un dáctilo, un troqueo y un yambo, lo que es igual a dos octosílabos pero con especial acentuación, claro está.

Eso sí, al igual que Scopas y La Prometheida, los Epigramas griegos son un canto para el porvenir; sobrepasan lo que Bolivia puede comprender. El poeta se convierte en escultor de formas marmóreas, provechosas solo para un ojo instruido, idealista y por demás visionario. Podría decirse que son piezas aisladas, o tal vez incluso que todas conforman una sola poesía, un canto a la vida en su mayor dimensión. 

Acaso pasó más desapercibida que sus tragedias líricas. Porque Tamayo, más que pensador y político, fue un eximio artista, un esteta refinado, sabio y exquisito hasta la exageración, cuya creación estuvo –y está todavía– allende las limitadas fronteras de nuestra psiquis colectiva, enfrascada en la política y las peleas.

Las tumbas de Esquilo, Horacio y Safo son homenajeadas. El vate se compara con Parménide y Heráclito. Y luego el amor: ¡Claribel inmortal! Y la evolución del pensar, del sentir, del amar. El amar…, que aventaja a cualquier ciencia, a cualquier razón; lo solo que perdura en el tiempo y el espacio: “Magos escrutan estrellas. Poetas leen y amantes/ Ojos que amor encendió en juventud y beldad./ Viejas Caldeas difuntas! Son burlas vuestras sapiencias/ Junto al saber que el doncel bebe en pupilas de amor!”

Hablando de la poesía clásica, se sabe que el epigrama –sobre todo el latino y no tanto así el griego– era una composición breve, de tono satírico y mordaz, que expresaba un pensamiento o un adagio. Tamayo combina esa concepción con la musicalidad y los recursos del modernismo rubendariesco, del que siempre –menos en las Odas quizá– se sirvió. El concepto de los poemas es variado; Tamayo no tiene, como no lo tuvo para escribir los Nuevos rubáyát, un hilo conductor referido al fondo. Al final del libro, el autor inscribe una nota aclaratoria en la que afirma que la obra es una emulación de la Antología griega, y como sabemos, esta obra clásica es un compendio de piezas que abarcan desde la antigüedad griega hasta el Impero bizantino. Sus temas son variados y de una profunda sabiduría. 

Y los de Tamayo no son menos profundos. En sus hexámetros encontramos una sabiduría y una erudición tales, que solamente podemos digerir con un buen entendimiento y una vastísima cultura, no solamente por el tratamiento del lenguaje (cultismos, arcaísmos y neologismos), sino por las referencias históricas, filosóficas y mitológicas que hacen. No por nada la librería editorial paceña Juventud, que reeditó la obra de Tamayo en los años 80, se refirió a la obra poética del ilustre escritor como una creación tal vez dirigida al porvenir más que a su tiempo. La editorial Juventud realizó una labor tipográfica verdaderamente encomiable; la edición de los Epigramas, por ejemplo, está meticulosamente cuidada y casi parece un facsímil de la edición original de 1945.

Por ser éste el último poemario de Tamayo, los textos de crítica que varios de sus indagadores escribieron sobre sus obras ya no contienen páginas dedicadas a él. Quizás por eso deba ser ahora el que más atención literario-filosófica merezca.

Son 75 años de su publicación. Un libro que quedó en el silencio, como las más de las creaciones elevadas que se publican en los ambientes poco amigables al arte, la ciencia y el espíritu. Porque la altura, como lo dijo el mismo poeta indio, puede ser “pedestal de gloria o peana de suplicio” para el que se encumbra. Además, como lo dijo él también en un proverbio, las grandes obras son como las altas montañas: todos saben de su existencia, pocos sin embargo se atreven a subir a ellas. El epigrama 32 expone toda la dimensión y la soberbia del arte tamayano, inaccesible para los gustos populares: “Como una estatua de bronce el poema rígido esplende,/ torso vibrante, a la vez melos de ton señoril./ Odio el desorden que se orna en andrajos multicolores:/ Miente belleza y vigor en su imponencia locuaz./ Arte es un reino de cetros que admite solo diademas./ Para la plebe servil no abre su regio dintel!”

Cierro el libro-joyel que me regalara Regina en julio de 2016, y leo su dedicatoria entrañable: “Sean tus caminos, los caminos de Dios”.

 

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